S?bado, 02 de febrero de 2008
D?a 3 de Febrero
IV Domingo del Tiempo Ordinario



Felices pero ante Dios



Consideremos en este domingo que Dios Nuestro Padre nos aguarda como todos los padres, deseando la alegr?a con ?l de sus hijos. Queremos fijarnos, por eso, antes que nada en ?l; porque nuestro deseo es agradarle y ?nicamente sentirnos a gusto con la propia conducta, si cumplimos as? su voluntad. Es muy conveniente que no olvidemos el objeto de ese af?n nuestro cuando deseamos la santidad: deseamos amar a Dios. Siempre ser? ?l el punto de referencia de la calidad de nuestra vida, de modo que las propias impresiones de bondad, de progreso, de optimismo..., ser? necesario que las maticemos a la luz de su Palabra hecha carne, que es Jesucristo.

No nos extra?e, por esto, la ense?anza que hoy ofrece la Iglesia para nuestra meditaci?n. Contemplamos al Se?or hablando al pueblo desde el monte. Parece que quiere que escuchemos m?s solemnemente su voz; parece decirnos que lo que va a indicar es importante para nosotros, ante todo porque de ?l procede. Y pronuncia las Bienaventuranzas. Nos ense?a qui?nes son en realidad buenos; no buenos en cierto sentido, en alg?n aspecto en particular, sino buenos para ?l: completamente buenos; y, por eso, dignos de premio eterno, aunque no les vayan bien las cosas, por el momento, en este mundo caduco.

Sin duda sorprender?a esta lecci?n a los contempor?neos de Jes?s de Nazaret, habituados, como muchos hoy d?a, a valorar la calidad de la vida con criterios materiales de ?xito o fracaso. Exito o fracaso para la pobre criatura que somos los hombres. Porque se nos olvida, a pesar de que tenemos fe, que ha querido Dios destinarnos a ser, por la Gracia, mucho m?s grandiosos de lo que naturalmente somos capaces: el sentido de la vida nuestra s?lo se entiende desde su infinitud: desde la eternidad de Dios. ?Qu? importa que nos vaya bien o mal para quien nos observa sin fe? Nuestra realidad no se capta ?nicamente con la luz de este mundo, con la sola raz?n natural. Si as? fuera, har?an bien en lamentarse los pobres, y los que sufren, y los que padecen persecuci?n injustamente, provenga de donde provenga la injusticia.

Pero tenemos en Jesucristo el punto de referencia v?lido y exclusivo de nosotros mismos, no ya porque debamos imitar su conducta, sino porque los hombres estamos llamados a vivir su misma vida: he aqu? la categor?a humana, el fundamento de la dignidad propia de los hombres. No tendr?is vida en vosotros, dir? a los que aspiran a vivir s?lo para s?, y no seg?n la vida abundante que ha venido a traernos: he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia, afirmaba. Se refiere Jes?s a esa vida sobrenatural, que nace en el cristiano por el bautismo y es de relaci?n con la Trinidad.

Dios es amor, concluye san Juan. Pero la vida del hombre no siempre lo es. Nuestra vida no puede ser en Dios, por tanto, sino mediante una entrega de ?l mismo a su criatura. As? nos hace sus hijos y por ello es posible llevar una existencia plena, aunque no lo sea para nuestra corta mirada, porque humanamente tal vez no logramos una satisfacci?n completa. Los bienaventurados son, seg?n las palabras del Se?or, mujeres y hombres que, habiendo alcanzado la perfecci?n ante Dios, no han logrado en muchos casos, sin embargo ?no se han ocupado de ello?, una plenitud seg?n este mundo. De ese modo, seg?n el mundo, se sienten bienaventurados quiz?s los que viven para sus riquezas, los que triunfan seg?n los criterios de moda y son aplaudidos por otros como ellos, y, en general, los que no sienten una preocupaci?n especial por el Reino de Dios.

?Que se alegre el coraz?n de los que buscan al Se?or!, canta la Liturgia. Con todo derecho, en efecto, se llenan de alegr?a esos justos ?que Dios contempla? que se afanan ante todo por establecer el Evangelio en el mundo. Casi no se preocupan de m?s, confiando en el Se?or que dijo: es digno el trabajador de su salario y todo se os dar? por a?adidura, si busc?is primero el Reino de Dios y su justicia. Los cristianos debemos vivir de fe. No queremos pensar que nuestra vida es ?nicamente resultado de nuestro esfuerzo; pues, as? como sin Dios pierde su sentido de la vida humana ?como el sarmiento sin la vid, seg?n las palabras de Cristo?, del mismo modo sin el auxilio divino no podemos agradarle. Tenemos raz?n, en cambio, al sentirnos tranquilos, a pesar de nuestros defectos, si confiamos en Nuestro Padre Dios. Nos acogemos a su amor omnipotente, esperando que nos har? santos a pesar de la debilidad que sentimos: no queremos ser flojos en su amor y nos dolemos ?procurando mejorar? arrepentidos por las infidelidades cometidas.

Contemplar a la Madre de Dios, Madre nuestra, confirma nuestro optimismo. Y brota espont?nea en cada uno la acci?n de gracias.


Publicado por verdenaranja @ 16:30  | Espiritualidad
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