Domingo, 03 de febrero de 2008
Comentario a las lecturas del Domingo Cuarto del Tiempo Ordinario, publicado en el Diario de Avisos el domingo 3 de Febrero de 2008 bajo el ep?grafe "el domingo, fiesta de los cristianos".

El castillo de la
dicha


DANIEL PADILLA


El hombre, que duda cabe, es un buscador de dicha. Todos sus pasos, todos sus proyectos, todas sus idas y venidas, todas sus intrigas y preocupaciones, hasta sus sufrimientos voluntarios, todo, son pasos que, consciente o inconscientemente, ayudan a buscar la dicha, la felicidad, la alegr?a. Lo que pasa es que, en ese camino padece muchos espejismos y se lanza tras de todo lo que brilla, olvidando que "no es oro todo lo que reluce". As?, mil veces gasta su vida en cosas que, m?s que dicha, dan desdicha.

Santa Teresa, en su Castillo interior, nos descubre la aventura del alma que, para "unirse con Dios" va escalando unas "moradas", -siete- desde los s?tanos m?s abyectos hasta las azoteas m?s trans-parentes. Pues bien, en este tema de la dicha, el hombre, un poco a ciegas y a lo loco, sigue un itinerario parecido. Va escalando moradas y va deteni?ndose en los diferentes estratos de dicha que descubre. A veces se detiene tanto, que ni siquiera sospecha que pueda haber alegr?as superiores, aunque eso s?, m?s arriesgadas.

As?, unas veces se contenta con la alegr?a puramente sensual, acumuladora cuantitativa de placeres fisicos. Albert Camus fue cantor decisivo de este tipo de felicidad. "Puesto que la vida es breve y absurda -parece decir en sus obras- , viv?mosla al m?ximo". En alguna de ellas, dice a las claras: "No hay que avergonzarse de ser dichoso".
Otras alegr?as son m?s intelectuales y elevadas. Por ejemplo, la del sabio que, investigando, llega a un "descubrimiento". As? Arqu?medes, que, al salir de la ba?era, se da cuenta de que "un s?lido, sumergido en el l?quido, pierde peso igual al del l?quido que desaloja". Entonces, lleno de alegr?a formula su "principio" y ex-clama: "?Eureka: lo encontr?!".
M?s elevada a?n est? la alegr?a de los sentimientos. Por ejemplo, la del amor. El simple amor humano, en la faceta que quieran -amante y amada, padre e hijos, esposo y esposa- llena a los que se aman de una dicha desbordadora. Todos constatamos vivencias de esas.

Pero he aqu?, amigos, que hay otras moradas muy superiores en este Castillo. Las formul? un d?a Jes?s en una monta?a de Galilea: "Dichosos los pobres... Dichosos los mansos... Dichosos los que lloran... Dichosos los perseguidos...". Suenan, ya lo ven, a "cuadratura del c?rculo" a "mundo al rev?s", a la "l?gica del absurdo". Y, sin embargo, son la quintaesencia del Evangelio, llevan al reencuentro del "para?so perdido"; son las recetas aut?nticas de la dicha. Y todos los dem?s son suced?neos.

Pero uno, esa es la verdad, ante estas recetas, anda confuso. Atra?do y asustado al mismo tiempo. Por una parte, uno cree que no llegar? nunca a ese "sentirse feliz" en el dolor, en la pobreza, en la persecuci?n. ?C?mo va uno, tan pusil?nime y fr?gil, a "alegrarse cuando le insulten y persigan"? Pero, por otra parte, lanzando la mirada a la historia, se encuentra con un Pablo que dice: "Salto de gozo en mis tribulaciones".

Vean a los m?rtires entreg?ndose a las fieras con la sonrisa en los labios. O escuchen a Francisco de As?s decirle a Fray Le?n: "Si al llegar a Santa Mar?a de los Angeles, abrumados por el fr?o, el hambre, la lluvia y el lodo, sale el portero y nos recibe a bastonazos, y nos revuelca en la nieve, y nos dice que no somos frailes si-no unos bribones que le queremos enga?ar; si nosotros lo sufrimos todo con paciencia por amor a Cristo bendito, escribe, ?oh Fray Le?n! que "en eso" est? la perfecta alegr?a".

Si. Creo que en el Castillo de la dicha hay muchas moradas. Pero la m?s verdadera y ?nica es la que est? m?s encumbrada. A contrapelo casi siempre de lo que dictan nuestros sentidos. Por eso dec?a San Agust?n: "No hay muchas felicidades, sino una sola".
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