Domingo, 03 de febrero de 2008
Carta que ha enviado Benedicto XVI a la di?cesis y a la ciudad de Roma sobre la tarea urgente de la educaci?n.

Ciudad del Vaticano, 29 enero 2008.



Queridos fieles de Roma:

He querido dirigirme a vosotros con esta carta para hablaros de un problema que vosotros mismos experiment?is y en el que est?n comprometidos los diferentes componentes de nuestra Iglesia: el problema de la educaci?n. Todos nos preocupamos profundamente por el bien de las personas que amamos, en particular de nuestros ni?os, adolescentes y j?venes. Sabemos, de hecho, que de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Debemos, por tanto, preocuparnos por la formaci?n de las futuras generaci! ones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, por su salud no s?lo f?sica sino tambi?n moral.

Ahora bien, educar nunca ha sido f?cil, y hoy parece ser cada vez m?s dif?cil. Lo saben bien los padres de familia, los maestros, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Se habla, por este motivo, de una gran ?emergencia educativa?, confirmada por los fracasos que encuentran con demasiada frecuencia nuestros esfuerzos por formar persona s?lidas, capaces de colaborar con los dem?s, y de dar un sentido a la propia vida. Entonces se echa la culpa espont?neamente a las nuevas generaciones, como si los ni?os que hoy nacen fueran diferentes a los que nac?an en el pasado. Se habla, adem?s de una ?fractura entre las generaciones?, que ciertamente existe y tiene su peso, pero es m?s bien el efecto y no ! la causa de la falta de transmisi?n de certezas y de valores.

Por tanto, ?tenemos que echar la culpa a los adultos de hoy que ya no son capaces de educar? Ciertamente es fuerte la tentaci?n de renunciar, tanto entre los padres como entre los maestros, y en general entre los educadores, e incluso se da el riesgo de no comprender ni siquiera cu?l es su papel o incluso la misi?n que se les ha confiado. En realidad, no s?lo est?n en causa las responsabilidades personales de los adulos y de los j?venes, que ciertamente existen y no deben esconderse, sino tambi?n un ambiente difundido, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien, en ?ltima instancia, de la bondad de la vida. Se hace dif?cil, entonces, transmitir de una generaci?n a otra algo v?lido y cierto, reglas de comportamiento, ob! jetivos cre?bles sobre los que se puede construir la propia vida.

Queridos hermanos y hermanas de Roma: ante esta situaci?n quisiera deciros algo muy sencillo: ?No teng?is miedo! Todas estas dificultades, de hecho, no son insuperables. Son m?s bien, por as? decir, la otra cara de la moneda de ese don grande y precioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en el campo t?cnico o econ?mico, en donde los progresos de hoy pueden sumarse a los del pasado, en el ?mbito de la formaci?n y del crecimiento moral de las personas no se da una posibilidad semejante de acumulaci?n, pues la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generaci?n tiene que tomar nueva y personalmente sus decisiones. Incluso los valores m?s grandes del pasado no pueden ser simplemente heredados, tienen que ser asumidos y renova! dos a trav?s de una opci?n personal, que con frecuencia cuesta.

Ahora bien, cuando se tambalean los cimientos y faltan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores se siente de manera urgente: en concreto, aumenta hoy la exigencia de una educaci?n que sea realmente tal. La piden los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la piden tantos maestros, que viven la triste experiencia de la degradaci?n de sus escuelas; la pide la sociedad en su conjunto, que ve c?mo se ponen en duda las mismas bases de la convivencia; la piden en su intimidad los mimos muchachos y j?venes, que no quieren quedar abandonados ante los desaf?os de la vida. Quien cree en Jesucristo tiene, adem?s, un ulterior y m?s intenso motivo para no tener miedo: sabe que Dios no nos abandona, que su amor nos alcanza all? donde estamos y como estamos, con nuestras miserias y debilidades, para ofr! ecernos una nueva posibilidad de bien.

Queridos hermanos y hermanas: para hacer m?s concretas mis reflexiones puede ser ?til encontrar algunos requisitos comunes para una aut?ntica educaci?n. Ante todo, necesita esa cercan?a y esa confianza que nacen del amor: pienso en esa primera y fundamental experiencia del amor que hacen los ni?os, o que al menos deber?an hacer, con sus padres. Pero todo aut?ntico educador sabe que para educar tiene que dar algo de s? mismo y que s?lo as? puede ayudar a sus alumnos a superar los ego?smos para poder, a su vez, ser capaces del aut?ntico amor.

En un ni?o peque?o ya se da, adem?s, un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, ser?a una educaci?n sumamente pobre la que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a ! un lado la gran pregunta sobre la verdad, sobre todo sobre esa verdad que puede ser la gu?a de la vida.

El sufrimiento de la verdad tambi?n forma parte de nuestra vida. Por este motivo, al tratar de proteger a los j?venes de toda dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de criar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas fr?giles y poco generosas: la capacidad de amar corresponde, de hecho, a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.

De este modo, queridos amigos de Roma, llegamos al punto que quiz? es el m?s delicado en la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas d?a tras d?a en peque?as cosas, no se forma el car?cter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltar?n en el futuro. La relaci?n educativa es ante todo el encuentro entre dos libertades y la educaci?n lograda es una formaci?n al uso correcto de la libertad. A medida en que va creciendo el ni?o, se convierte en un adolescente y despu?s un joven; tenemos que aceptar por tanto el riesgo de la libertad, permaneciendo siempre atentos a ayudar a los j?venes a corregir ideas o decisiones equivocadas. Lo que nunca tenemos que hacer es apoyarle en los errores, fingir que no los vemos, o peor a?n compartirlos, como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano.

La educaci?n no puede prescindir del prestigio que hace cre?ble el ejercicio de la autoridad. ?sta es fruto de experiencia y competencia, pero se logra sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la involucraci?n personal, expresi?n del amor aut?ntico. El educador es, por tanto, un testigo de la verdad y del bien: ciertamente ?l tambi?n es fr?gil, y puede tener fallos, pero tratar&aacu! te; de ponerse siempre nuevamente en sinton?a con su misi?n.

Queridos fieles de Roma, de estas simples consideraciones se ve c?mo en la educaci?n es decisivo el sentido de responsabilidad: responsabilidad del educador, ciertamente, pero tambi?n, en la medida en que va creciendo con la edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del joven que entra en el mundo del trabajo. Es responsable quien sabe dar respuestas a s? mismo y a los dem?s. Quien cree busca, adem?s y ante todo responder a Dios, que le ha amado antes.

La responsabilidad es, en primer lugar, personal; pero tambi?n hay una responsabilidad que compartimos juntos, como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma naci?n, como miembros de la familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un ?nico Dios y miembros de la Iglesia. De hecho, las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad! en que vivimos y la imagen que ofrece de s? misma a trav?s de los medios de comunicaci?n, ejercen una gran influencia en la formaci?n de las nuevas generaciones, para el bien y con frecuencia tambi?n para el mal. Ahora bien, la sociedad no es algo abstracto; al final somos nosotros mismos, todos juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que escogemos, si bien los papeles y la responsabilidad de cada uno son diferentes. Es necesaria, por tanto, la contribuci?n de cada uno de nosotros, de cada persona, familia o grupo social para que la sociedad, comenzando por nuestra ciudad de Roma se convierta en un ambiente m?s favorable a la educaci?n.

Por ?ltimo quisiera proponeros un pensamiento que he desarrollado en la reciente carta enc?clica ?Spe salvi? sobre la esperanza cristiana: s?lo una esperanza fiable puede ser alma de la educaci?n, como de toda la vida. Hoy nuestra esperanza es acechada por muchas partes y tambi?n nosotros corremos el riesgo, como los antiguos paganos, hombres ?sin esperanza y sin Dios en este mundo?? como escrib?a el ap?stol Pablo a los cristianos de ?feso (Efesios 2, 12). De aqu? nace precisamente la dificultad quiz? a?n m?s profunda para realizar una aut?ntica obra educativa: en la ra?z de la crisis de la educaci?n se da, de hecho, una crisis de confianza en la vida.

Por tanto, no puedo terminar esta carta sin una calurosa invitaci?n a poner en Dios nuestra esperanza. S?lo ?l es la esperanza que resiste a todas las decepciones; s?lo su amor no puede ser destruido por la muerte; s?lo la justicia y la miseri! cordia pueden sanar las injusticias y recompensar los sufrimientos padecidos. La esperanza que se dirige a Dios no es nunca esperanza s?lo para m?, al mismo tiempo es siempre esperanza para los dem?s: no nos a?sla, sino que nos hace solidarios en el bien, nos estimula a educarnos rec?procamente en la verdad y el amor.

Os saludo con afecto y os garantizo un especial recuerdo en la oraci?n, mientras os env?o a todos mi bendici?n.

Vaticano, 21 de enero de 2008


BENEDICTUS PP. XVI
Publicado por verdenaranja @ 22:19  | Habla el Papa
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