Domingo, 03 de febrero de 2008
Discurso que dirigi? Benedicto XVI a los participantes en el congreso interacad?mico sobre el tema ?La identidad cambiante del individuo?, organizado, entre otras instituciones, por la Academia de las Ciencias de Par?s y por la Academia Pontificia de las Ciencias.

Ciudad del Vaticano, 28 enero 2008.


Se?ores cancilleres,
excelencias,
queridos amigos acad?micos,
Se?oras y se?ores:

Con mucho gusto os doy la bienvenida al final de vuestro coloquio que se ha concluido aqu?, en Roma, despu?s de haberse desarrollado en el Instituto de Francia, en Par&iac! ute;s, consagrado al tema ?La identidad cambiante del individuo?.

Doy las gracias ante todo al pr?ncipe Gabriel de Broglie por las palabras de saludo con las que ha querido introducir este encuentro. Quisiera saludar al mismo tiempo a los miembros de todas las instituciones que organizan este encuentro: la Academia Pontificia de las Ciencias y la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, la Academia de las Ciencias Morales y Pol?ticas de Francia, la Academia de las Ciencias de Francia, el Instituto Cat?lico de Par?s. Me alegra el que por vez primera se haya podido instaurar una colaboraci?n interacad?mica de esta naturaleza, abriendo el camino a amplias investigaciones interdisciplinares cada vez m?s fecundas.

En el momento en el que las ciencias exactas, naturales y humanas han alcanzado prodigiosos avances en el conocimiento del ser humano y de su universo, la tentaci?n consiste en q! uerer circunscribir totalmente la identidad del ser humano y de encerrarle en el saber que podemos tener. Para evitar este peligro, es necesario dejar espacio a la investigaci?n antropol?gica, a la filosof?a y a la teolog?a, que permiten mostrar y mantener el misterio propio del hombre, pues una ciencia no puede decir qui?n es el hombre, de d?nde viene o ad?nde va. La ciencia del hombre se convierte, por tanto, en la m?s necesaria de todas las ciencias. Es lo que dec?a Juan Pablo II en la enc?clica ?Fides et ratio?: ?Un gran reto que tenemos es el de saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del fen?meno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia; incluso cuando ?sta expresa y pone de manifiesto la interioridad del hombre y su espiritualidad, es necesario que la reflexi?n especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se apoya? (n. 83).

El hombre constituye algo que va m?s all? de lo que se puede ver o de lo que se puede percibir por la experiencia. Descuidar la cuesti?n sobre el ser humano lleva inevitablemente a negar la b?squeda de la verdad objetiva sobre el ser en su integridad y, de este modo, a la incapacidad para reconocer el fundamento sobre el que se apoya la dignidad del hombre, de todo hombre, desde su fase embrionaria hasta su muerte natural.

A lo largo de vuestro coloquio, hab?is experimentado que las ciencias, la filosof?a y la teolog?a pueden ayudarse a percibir la identidad del hombre, que est? en constante devenir. A partir de la cuesti?n sobre el nuevo ser surgido de la fusi?n celular, que lleva en s? un patrimonio gen?tico nuevo y espec?fico, hab?is pr! esentado elementos esenciales del misterio del hombre, caracterizado por la alteridad: ser creado por Dios, ser a imagen de Dios, ser amado hecho para amar. En cuanto ser humano, nunca est? encerrado en s? mismo; siempre conlleva una alteridad y se encuentra desde su origen en interacci?n con otros seres humanos, como nos lo revelan cada vez m?s las ciencias humanas. No es posible dejar de evocar la maravillosa meditaci?n del salmista sobre el ser humano, formado en lo secreto del seno de su madre y al mismo tiempo conocido en su identidad y misterio ?nicamente por Dios, que le ama y protege (Cf. Salmo 138 [139], 1-16).

El hombre no es fruto del azar, ni de un conjunto de circunstancias, ni de determinismos, ni de interacciones fisicoqu?micas; es un ser que goza de una libertad que, teniendo en cuenta su naturaleza, la trasciende y es el signo del misterio de alteridad que lo habita. Desde esta perspectiva el gran p! ensador Pascal dec?a que ?el hombre sobrepasa infinitamente al hombre?. Esta libertad, propia del ser humano, hace que pueda orientar su vida hacia un fin, que por sus actos puede orientarse hacia la felicidad a la que est? llamado para la eternidad. Esta libertad pone de manifiesto que la existencia del hombre tiene un sentido. En el ejercicio de su aut?ntica libertad, la persona realiza su vocaci?n; se cumple; da forma a su identidad profunda. En el ejercicio de su libertad ejerce tambi?n su responsabilidad sobre sus actos. En este sentido, la dignidad particular del ser humano es al mismo tiempo un don de Dios y la promesa de un porvenir.

El hombre tiene una capacidad espec?fica: discernir lo bueno y el bien. Impresa en ?l como un sello, la sind?resis le lleva a hacer el bien. Movido por ella, el hombre est? llamado a desarrollar su conciencia por la formaci?n y por el ejercicio para or! ientarse libremente en su existencia, fund?ndose en las leyes esenciales que son la ley natural y la ley moral. En nuestra ?poca, cuando el desarrollo de las ciencias atrae y seduce por las posibilidades ofrecidas, es m?s importante que nunca educar las conciencias de nuestros contempor?neos para que la ciencia no se transforme en el criterio del bien, y el hombre sea respetado como centro de la creaci?n y no se convierta en objeto de manipulaciones ideol?gicas, de decisiones arbitrarias, ni tampoco de abuso de los m?s fuertes sobre los m?s d?biles. Se trata de peligros cuyas manifestaciones hemos podido conocer a lo largo de la historia humana, y en particular en el siglo XX.

Todo progreso cient?fico debe ser tambi?n un progreso de amor, llamado a ponerse al servicio del hombre y de la humanidad y de ofrecer su contribuci?n a la edificaci?n de la identidad de las personas. En efect! o, como subrayaba en la enc?clica ?Deus caritas est?, ?El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido tambi?n el tiempo... El amor es "?xtasis", pero no en el sentido de arrebato moment?neo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en s? mismo hacia su liberaci?n en la entrega de s? y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo? (n. 6).

El amor permite salir de s? mismo para descubrir y reconocer al otro; al abrirse a la alteridad, afirma tambi?n la identidad del sujeto, pues el otro me revela a m? mismo. Es la experiencia que han hecho numerosos creyentes a lo largo de la Biblia, a partir de Abraham. El modelo por excelencia del amor es Cristo. En el acto de e! ntrega de su vida por los hermanos, al darse totalmente, se manifiesta su identidad profunda y la clave de lectura del misterio insondable de su ser y de su misi?n.

Encomendando vuestra investigaci?n a la intercesi?n de santo Tom?s de Aquino, a quien la Iglesia honra en este d?a, quien sigue siendo un ?aut?ntico modelo para quienes buscan la verdad? (?Fides et ratio?, n. 78), os aseguro mi oraci?n por vosotros, por vuestras familias, por vuestros colaboradores y os imparto con afecto la bendici?n apost?lica.
Publicado por verdenaranja @ 22:24  | Habla el Papa
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