Lunes, 04 de febrero de 2008
Homil?a de Su Em. El Cardenal Antonio Ca?izares Llovera, Arzobispo de Toledo (Espa?a) en la misa celebrada el domingo 3 de febrero en la Catedral Primada de Toledo

HOMIL?A DEL SR. CARDENAL ARZOBISPO DE TOLEDO

DON ANTONIO CA?IZARES LLOVERA



S. I. Catedral Primada
3 de febrero de 2008


Las bienaventuranzas proclamadas por Jes?s pertenecen al n?cleo de la fe y de la existencia cristiana. Manifiestan, en primer lugar la obra que Dios realiza en nosotros haci?ndonos semejantes a su Hijo y capaces de tener sus sentimientos, de confianza plena en el Padre, de amor y de perd?n hacia todos. Las bienaventuranzas son, en efecto, como el retrato que Jes?s traz? de s? mismo; son la expresi?n de la vida que ?l encarn? y vivi? hist?ricamente; aquella vida que sus disc?pulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos; la que les llen? de gozo y de alegr?a plena. Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad. Nos muestran el Camino que es Cristo para todos los hombres. El camino de Cristo est? resumido en las bienaventuranzas, ?nico camino hacia la dicha eterna a la que aspira el coraz?n del hombre. El destino que Cristo arrostr? y consum? felizmente es programa moral y de vida para sus seguidores. Ser cristiano es vivir en Cristo, vivir la misma vida de Cristo, vivir como ?l vivi?. Por eso las bienaventuranzas proclamadas por Jes?s en el Monte iluminan las acciones y las actitudes caracter?sticas de la vida cristiana. Son su propia luz, son Jes?s mismo, luz que ilumina a todas las naciones. Ellas son la riqueza de la Iglesia, porque su ?nica riqueza y su ?nica fuerza es Cristo.

La Iglesia no tiene otra Palabra que decir que Cristo, ni otra riqueza que Cristo, ni otro poder que el de Cristo que vino a servir y no a ser servido. Pero esta Palabra no la callar? jam?s, no la silenciar? a pesar de los poderes de este mundo que quisieran silenciada o verla reducida a los espacios sacrales, no la dejar? morir nunca. Esta riqueza no la dilapidar?, ni dejar? de compartirla con los hombres, ni cesar? de ofrecerla a todos, que no imponerla a nadie. Nunca, adem?s renunciar? a esta fuerza o este poder de Jesucristo que es servir a los hombres, ayudar a los hombres, amar a los hombres, defender a los hombres. Porque no tiene otra palabra, ni otra riqueza, ni otra fuerza que Cristo, no le importar? otra cosa m?s que servir al hombre, apostar por el hombre. Y por eso defender? la vida humana en todas las fases de su existencia, desde su concepci?n, hasta su muerte natural, y mostrar? como camino y orientaci?n para la sociedad c?mo se viola esta suprema y fundamental exigencia del hombre con el aborto, con la eutanasia, con la manipulaci?n de los embriones humanos, o con el terrorismo. Y por eso mismo, proclamar? sin cesar y reivindicar? en cualquier circunstancia la dignidad e inviolabilidad de todo ser humano y los derechos fundamentales que le corresponden al hombre, incluidos los de la libertad de conciencia y de libertad religiosa en toda su extensi?n, as? como todos los correspondientes a la libertad de la educaci?n. Y por lo mismo proclamar? a tiempo y a destiempo el evangelio y la verdad de la familia, y pedir? a todos trabajar por la familia, porque trabajar por ella es trabajar por el hombre y no hacerlo es ir contra el hombre, camino de la Iglesia, como lo es Cristo. A la Iglesia, como a Cristo, le importa el hombre de manera fundamental, porque le importa por encima de todo Dios, que en su Hijo ha amado al hombre hasta el extremo y quiere la felicidad para ?l. ?sa es la ra?z de su actuaci?n, aunque esto le traiga sinsabores, insultos, descalificaciones, y aunque as? se vea sometida a juicios falsos e injustos que descalifican -lo siento- por s? mismos a quienes los hacen. Ese es el camino de las bienaventuranzas, de la bella y verdadera aventura que recorri? Cristo, verdadero autorretrato suyo.

En las bienaventuranzas, en Jes?s, tenemos la afirmaci?n de Dios como Dios, como lo s?lo ?nico y necesario, como el ?nico que basta y llena el coraz?n del hombre, que ama al hombre, que apuesta por ?l, que quiere su felicidad y le muestra el camino para ella, que quiere que viva y le ofrece un futuro grande, que colma de esperanza verdadera. Inseparablemente, Jes?s, en ?l y en el camino que nos indica, el suyo, el que ?l sigui?, el de las bienaventuranzas, nos muestra la verdad del hombre llamado a la dicha plena y total, querido por ?l hasta lo insospechado y haci?ndole as? ver su grandeza y su dignidad, as? como a la meta y vocaci?n a la que est? convocado. Las bienaventuranzas son el camino de realizaci?n del hombre que camina en la verdad de ser y vivirse como siendo de Dios, perteneciendo a Dios, apoy?ndose en Dios, confiando en ?l; nos muestran el camino de la libertad que no est? en el tener y en el acumular sino en el ser hombre criatura de Dios; nos muestran la senda de la esperanza: hay un futuro para el hombre, la vida tiene un sentido. Dios y hombre, la verdad de Dios y la verdad del hombre, inseparables, la uni?n de Dios y el hombre camino y meta de felicidad, de libertad, de amor, de misericordia, de justicia, de consuelo, de verdadera riqueza humana, de paz, de limpieza de miras y de verdad, de felicidad que se hace eterna.

Ah?, en las bienaventuranzas, est? la dicha y la alegr?a del hombre. Ah? est? la vocaci?n a la que hemos sido llamados: hemos sido llamados por Dios a ser felices. As?, las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Deseo que Dios ha puesto en el coraz?n del hombre a fin de atraerlo hacia ?l, el ?nico que lo puede satisfacer. Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin ?ltimo de nuestros actos humanos: Dios, por puro amor y benevolencia infinita, por misericordia eterna, nos llama a su propia bienaventuranza, a su felicidad y a su dicha que no tienen medida, a la alegr?a completa que en El se encuentra, al amor donde el coraz?n de todo hombre encuentra su reposo y consuelo.

Las bienaventuranzas, as?, son promesas parad?jicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones y anuncian las bendiciones y las recompensas ya iniciadas por el amor y la misericordia insondable de Dios Padre manifestadas en su Hijo. Aunque el sufrimiento y la desesperanza parezcan llenar el mundo, Dios hace todo lo que hace para la vida y el gozo del hombre: Para la vida y el gozo del hombre, Dios ha creado el mundo, y nos ha dado el ser. Y para nuestra vida y nuestro gozo, destruidos por el pecado, ha venido el Hijo de Dios a nuestra carne, y la ha unido a s?, con un amor esponsal, y la vivifica con su Esp?ritu Santo y pueda recorrer la bella, dichosa y buena aventura que El mismo recorri? en el camino hacia el Padre.

Las palabras de Cristo hablan de sufrimiento, de pobreza, de hambre, de persecuci?n, de llanto, de falta de paz y de injusticia, de mentira y de insultos. Hablan del sufrimiento del hombre en su vida temporal. Pero no se detienen ah?. Hablan de dicha, de alegr?a; proclama dichosos y felices, bienaventurados, precisamente, a los pobres, a los sufridos, a los que lloran, a los que tienen hambre de justicia, a los perseguidos, a los que trabajan por la paz, a los sencillos y limpios de coraz?n, a los calumniados. Y nos hablan de la motivaci?n, de las razones, del porqu? de esta dicha. Hasta ocho veces repite ese por qu?, ense??ndonos las razones por las que son dichosos: "Porque de ellos es el Reino de los cielos", porque de ellos es Dios mismo, amor sin l?mites, abismo sin fondo de misericordia, plenitud de vida y de gracia, justicia y santidad verdaderas, bondad suprema, paz, reconciliaci?n y perd?n para todos, fuente de luz.

Al decir que los que lloran ser?n consolados, Cristo indica, sobre todo, el consuelo definitivo m?s all? de la muerte. Lo ense?a tambi?n la segunda bienaventuranza, porque heredar?n la tierra, refiri?ndose a la propiedad en sentido escatol?gico, definitivo y ?ltimo: la nueva tierra donde habite la justicia, Dios para siempre. Igualmente quedar?n saciados los que tienen hambre y sed de justicia, porque en el Reino de los cielos ?sa ser? su herencia. Los que son misericordiosos encontrar?n misericordia. Los que son limpios de coraz?n contemplar?n a Dios cara a cara, lo cual, seg?n las ense?anzas del Nuevo Testamento, es la esencia propia de la felicidad propia del Reino de Dios. A lo mismo se refiere la bienaventuranza de los que trabajan por la paz, llam?ndolos hijos de Dios. Cuando Jes?s enuncia el ?ltimo de los grupos de los bienaventurados, considerando entre ellos a los perseguidos por causa de la justicia, se repite lo dicho a los primeros, los pobres, los pecadores, los desheredados: "porque de ellos es el Reino de los cielos". Cristo resume las bienaventuranzas dirigi?ndose a los que de alg?n modo son perseguidos y falsamente acusados, exhort?ndoles a la alegr?a: "Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa ser? grande en los cielos".

Las bienaventuranzas nos abren un horizonte nuevo con relaci?n a la vida y a la conducta humana. Son dichosos, pues, quienes se dejan guiar por el esp?ritu de las bienaventuranzas y, ciertamente, heredar?n la tierra, aunque hayan acabado los d?as de su vida terrena. Su victoria y su felicidad es el participar de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, ser asociados a la gloria de su pasi?n y resurrecci?n. ?Es ?sta solamente una promesa de futuro? Las certezas admirables que Jes?s da a sus disc?pulos, ?se refieren s?lo a la vida eterna, a un reino de los cielos m?s all? de la muerte? Sabemos bien, queridos hermanos, que ese Reino est? cerca. Porque ha sido inaugurado con la vida, muerte y resurrecci?n de Cristo. S?, est? cerca, porque tambi?n en buena parte depende de nosotros disc?pulos y seguidores de Jes?s. Somos nosotros, bautizados y confirmados en Cristo, los llamados a acercar ese Reino, a hacerlo visible y actual en este mundo, como preparaci?n a su establecimiento definitivo. Y esto se logra con nuestro esfuerzo y conducta concorde con los preceptos del Se?or, con nuestra fidelidad a su persona, con nuestra identificaci?n y seguimiento.

La bienaventuranza prometida nos coloca, as?, ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro coraz?n de sus malos instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo, a poner en ?l la confianza plena, como un ni?o satisfecho en brazos de su madre, a no esperar de otro la salvaci?n y la dicha definitivas. La bienaventuranza prometida nos ense?a que la verdadera felicidad, la aut?ntica dicha, no reside en la riqueza o en el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por ?til que sea, como las ciencias, las t?cnicas y las artes, ni en ninguna criatura, ni en ning?n poder, sino s?lo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor, nuestro lote y heredad.

Esta es la verdadera felicidad, la aut?ntica alegr?a, la alegr?a de estar dentro del amor de Dios que nos hace hijos suyos. La alegr?a de los hijos es una alegr?a que requiere confianza total en el Padre. Es la alegr?a que tiene su fundamento no en el tener sino en el ser, no en el poder o en el dominio, no en el goce o disfrute individualista o en el bienestar a toda costa, sino en la entrega y donaci?n de nosotros mismos, en el dar una preferencia absoluta a las cosas del Reino. Es la alegr?a profunda y exigente de las bienaventuranzas, la de las personas que viven una entrega total a Dios, aquellas para quienes s?lo Dios basta. Es la felicidad que s?lo en Dios tiene su realizaci?n plena: la alegr?a que nadie podr? quitar, la que es fruto del amor y, por consiguiente, de Dios mismo en persona, que es amor. Las bienaventuranzas, por ello, no son para unos pocos privilegiados, es la ense?anza moral para todos los que siguen a Jesucristo, que asume, adem?s, lo mismo que afirma la raz?n humana y lo eleva y engrandece; no son un camino para el repliegue sino para que se vea en el mundo y se traduzca en los comportamientos humanos; son como el reverso de los diez mandamientos, son con ellos, la voluntad de Dios, el querer de Dios y el cumplimiento de su voluntad. Todo tiene que ver con este camino.

Esto es lo que ense?a la Iglesia, lo que transmite una y otra vez la jerarqu?a de la Iglesia en Espa?a, vuestros Obispos a quienes algunos os pretenden enfrentar y de los que os intentan separar, y a los que no hay d?a que no se les critique. Esto es lo que hicimos y dijimos, por ejemplo, en la Instrucci?n Pastoral de hace dos a?os titulada "Orientaciones Morales ante la situaci?n actual de Espa?a", o en aquella otra Instrucci?n sobre "La valoraci?n moral del terrorismo y sus causas"; y esto es lo que la Comisi?n Permanente de la Conferencia Episcopal hemos dicho en nuestra reciente Nota de "Orientaciones" ante la pr?xima convocatoria electoral, que no se trata de imposiciones, sino de exhortaciones, en modo alguno partidistas, ni tampoco se trata de un texto coyuntural, sino que tiene una raz?n de ser muy profunda y muy en sinton?a con sus anteriores ense?anzas, esto es, con lo que es la verdad del Evangelio, que nunca ha de callar por servicio a los hombres, servicio que reclama obedecer a Dios antes que a los hombres mismos.

No puedo olvidar las palabras de san Pablo a los tesalonicenses en las que afirma que "a pesar de sufrimientos e injurias padecidos, que ya conoc?is, se ha de tener valor para predicaros el Evangelio de Dios en medio de fuerte oposici?n. Nuestra exhortaci?n no proced?a de error o de motivos turbios, ni usaba enga?os, y as? lo predicamos, no para contentar a los hombres, sino a Dios, que aprueba nuestras intenciones... nunca hemos tenido palabras de adulaci?n, ni codicia disimulada. Dios es testigo. No pretendimos honor de los hombres".
Publicado por verdenaranja @ 22:46  | Hablan los obispos
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