Mi?rcoles, 13 de febrero de 2008
Artículo semanal del padre Fernando Lorente, o.h. publicado en EL DÍA el 13 de Febrero de 2008 en la sección Criterios ajo el epigrafe "Luz en el Camino".

Luz en el Camino Fernando Lorente, o.h. *


El mundo y la imagen de Dios



EL FENÓMENO de la secularización y relativismo hace relación, de alguna manera, al silencio de Dios en la sociedad actual. El mundo ya no quiere ser imagen de Dios, sino imagen del hombre. Dios es una lejanía, incluso hasta un cadáver. El hombre actual aspira a ser la única palabra que se escuche. Charles Moeller nos escribió: "Hay períodos en los cuales los hombres toman más claramente conciencia de la ausencia de Dios en el mundo". Más recientemente (l993), uno de los mayores pensadores internacionales apuntaba la gravedad de esta situación: "¡El secularismo deshumaniza la sociedad! Hoy más que nunca se siente la necesidad de Dios. Cuanto más se va secularizando la visión de la vida, tanto más se deshumaniza la sociedad, porque se pierde el justo enfoque de las relaciones entre las personas; y, cuando se debilita el sentido de la trascendencia, la visión misma de la vida y de la historia se empequeñece y se pone en peligro la dignidad y la libertad de la persona humana, que tiene como fuente y meta a Dios". Este peligro, el nuestro, es uno de ellos.

Aquellos seculares desacralizadores -dominados por la fidelidad a una exigencia política o a otras con el mismo imperativo- protestan de que se intente meter a Dios en todo. Pero, mal que les pese, Dios no puede dejar de intervenir en todo sin dejar de ser Dios. Los seguidores de la secularización actual se empeñan en demostrar que cuanto más pueden por sí mismos, válidos del progreso científico y técnico o por metas puramente políticas, intencionadamente dominadoras -por más democráticas que se definan menos- deben a Dios. Aquí está el error más grave, pues de Dios el ser humano tiene la capacidad de ser cada día más suficiente y poderoso.

Cuando esta realidad no se acepta o se la rechaza, por los motivos que sean, nada pude extrañarnos de lo que se está intentando en España: que ciertas fuerzas políticas estén intentando eliminar los signos religiosos cristianos, como los crucifijos y capillas en los hospitales y cárceles

Este secularismo y el relativismo -muy acertadamente señalado por Benedicto XVI y que estamos viviendo en España- conducen a este intento de aislar de Dios del mundo, comenzando en los centros educativos, en las familias, en los trabajos profesionales y políticos. Y Dios existe siempre, independientemente de nuestro querer o de nuestro rechazo. Convenzámonos también de que la existencia de Dios no es sólo problema de inteligencia ni de ideologías políticas, sino de voluntad. Pero también que nadie se olvide de esta advertencia. Prácticamente es muy difícil que no se convenza de la existencia de Dios el que quiera que exista, y casi imposible convencer de ella a quien quiere que no exista, y más si lo rechaza anulando sus signos. Aquí no valen razones para quien recursa escucharlas o las ridiculiza ante los demás. La voluntad suele ser más atea que la razón. Pero esta situación no es para asustarse, ni para polemizar, sino para que los cristianos y sus pastores seamos responsables de la fe cristiana vivida en la obras y así la proclamemos, oportuna e inoportunamente.

Se dice ahora mucho que hay que adaptar el Evangelio a la comprensión y a las exigencias del "hombre de hoy". Deberíamos pensar que, más bien, se ha de presentar el Evangelio del modo más inteligible que se pueda; pero con el intento de adaptar el hombre de hoy a la comprensión y a las exigencias del Evangelio. El Evangelio no desecha el recto pensar humano, sino que lo asume y lo complementa con luces divinas. Toda persona tiene ya de cristiana cuanto tiene de auténticamente humana. Cristo hizo tan suya la causa de los seres humanos, que su Evangelio es incompatible con cuanto atenta contra la naturaleza humana. El amor divino o cristiano del ser humano es más, pero no menos que el amor humano. Por eso, un amor deshumanizado no es humano ni divino: es una falsificación del amor. Hemos de entender que Dios asumió en Cristo al ser humano para humanizar el amor divino y divinizar el humano. Esto es conocer el mundo que nos toca vivir y la imagen de Dios -como presencia suya- que está pasando por él.

* Capellán de la Clínica

S. Juan de Dios


Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios