S?bado, 16 de febrero de 2008

Día 17 de Febrero
II Domingo de Cuaresma

Santa Misa

 

En primer lugar: la elección. Al monte suben con Jesús solamente algunos que Jesús determina para participar con Él en algo muy especial. Lo mismo sucede en el Cenáculo. Muchos otros, también partidarios del Señor y de su doctrina, no son invitados ese día tan singular. Recordemos a las multitudes que le seguían, o a aquellos setenta y dos enviados en cierta ocasión a predicar en su nombre. No es, por tanto, un derecho que todos tengan, participar en todos los aspectos de la misión que Cristo ha venido a traer al mundo. Aunque el Señor salvará a todos los hombres –dio su Vida por todos–, se apoyará sólo en algunos para ciertos ministerios: en los que Él designe con una específica llamada o vocación. Se trata, por eso, de un especial privilegio, puesto que, en su origen, no hay mérito alguno por parte de los elegidos.

         Sí existe, sin embargo, deber de gratitud en uno u otro caso, aunque la respuesta a la llamada pueda representar una trabajosa tarea, que en ciertos momentos se hace más ardua, pues configura al que la recibe con Cristo paciente en la Cruz. Pero por esto mismo es la misión más excelsa en que podemos pensar, la que mayor bien reporta a la humanidad y la que, de suyo, reviste de más honor a quien la lleva a cabo. Pensemos sobre todo en ser uno con Cristo al celebrar la Eucaristía.

         Por supuesto, no tenemos capacidad para valorar adecuadamente lo que supone una Misa, para los que participan en la celebración, y menos todavía si comulgan sacramentalmente. De la tarea del sacerdote celebrante lo mejor será no decir nada, y encomendarnos al Paráclito para que nos inspire, por poco que sea, algo de lo que supone celebrar verdaderamente el mismo Sacrificio Redentor de Jesucristo.

         En segundo lugar, se ve con claridad que, en ambos momentos, se requiere la fe en Jesús como Mesías, y en la divinidad del mensaje y del don que se difunde. Una fe que, como la llamada o vocación, se recibe necesariamente al modo de don y se puede, sin embargo, acrecentar, pero como incremento del don divino: en la medida en que Dios nos otorga más fe. Bueno es, por tanto, pedir incesantemente esta virtud, junto a la esperanza y a la caridad, que tienen también a Dios mismo como objeto. La categoría del ser humano, en última instancia, dependerá siempre de su fe, esperanza y caridad. Y, concretando más aún, se puede afirmar sin ninguna duda que, en definitiva, la categoría de una persona depende de la fe que tenga en la Santa Misa.

         El tercer elemento, que hoy consideramos, presente en el Tabor así como en la Eucaristía, es el contenido del mensaje o don que se difunde. Como en la cumbre del monte Pedro percibe algo muy especial que invade a los presentes e invita a prolongar ese momento y le hace exclamar: ¡Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas...!, declara el príncipe de los apóstoles con toda franqueza; con la comunión eucarística se difunde y participa, de modo objetivo, una nueva existencia, sobrenatural, inexplicable, debida a un don de Dios a los hombres muy singula: la comunión espiritual y efectiva con la Trinidad.

         No es habitual, en todo caso, percibir bienestar alguno por recibir sacramentalmente el Cuerpo del Señor cuando comulgamos, a pesar de que todo acto de fe, en cuanto que incluye el convencimiento de recibir el afecto divino, tiende a inundarnos de paz. Sin embargo, aunque no se refleje sensiblemente, a menos que sea esa la voluntad de Dios, por la comunión eucarística participamos ya realmente de la vida divina, según las palabras del propio Cristo: el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

         María no es sacerdote. Sin embargo, nadie como Ella ha participado en el Sacrificio del Hijo de Dios hecho hombre. Concluímos, por tanto, suplicándo: Yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad y devoción; con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

NOVEDADES FLUVIUM




Publicado por verdenaranja @ 22:57  | Espiritualidad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios