Domingo, 17 de febrero de 2008

Comentario a las lecturas del domingo segundo de Cuaresma - A publicado en el Diario de Avisos el 17 de Febrero de 2008 bajo el epígrafe "el domingo, fiesta de los cristianos".

¿Tres tiendas
o una sola?

DANIEL PADILLA

Dos son las sensaciones que me invaden ante el pasaje de la transfiguración. Una, de sintonía con el entusiasmo de Pedro. Otra, de aceptación inmediata de la lección re-alista de Jesús. En primer lugar, me enternece la expresión espontánea de Pedro, su admiración ante el portento: "¡Qué bien estamos aquí! ¡Hagamos tres tiendas!". Es el grito de un niño ante lo insólito, ante lo inesperado y agradable. El evangelio recoge varias de estas corazonadas suyas: "Aunque todos te dejen, yo jamás te dejaré", cuando Jesús anunció la traición. "¡Lejos de ti tal cosa!", cuando se encaminaba a su pasión. "A mí no me lavarás los pies nunca", cuando vio al maestro arrodillado, humillado ante sus discípulos. Pero era así: impulsivo, pasional, de emociones repentinas y nobles, un poco atolondrado.

Y a mí me reconforta saber eso: que así de vulnerable y hu-mano era nuestro primer pontífice, aquella "roca" sobre la que Cristo iba a "edificar su Iglesia". Me hace mucho bien. Porque también nosotros somos así. Nos gustan los resultados esplendorosos, las liturgias solemnes y brillantes, las procesiones compactas, los argumentos apologéticos contundentes, las con-versiones fulgurantes. Nos apuntamos fácilmente a un modelo de Iglesia triunfalista y exitosa. Pensando en mí confesaré que en mis años de estudiante, configurado sin duda por el contexto de la época, soñaba en un apostolado deslumbrante. Mi filosofía, mi teología, mis estudios jurídicos serían armas infalibles para "llevar de calle" a mis feligreses. Mis formadores me animaban a rezar por ellos y me vibraban las impaciencias y rotundidades de Javier cantadas en "El divino impaciente", que fue puesto en escena en los jardines del Seminario, bajo la dirección de D. Sotero, un sacerdote extraordinario:

"Desde entonces, mi alma,
decidí correr allá:
que a ese pueblo de letrados,
que, con hambre de verdad,
lleva preguntando siglos,
yo le voy a contestar".

Creo que todos, más o menos, tendemos a eso: a aceptar lo esplendoroso del Tabor, a decir con Pedro: "¡Qué bien estamos aquí!". Y queremos perpetuar nuestros éxitos, las pequeñas "transfiguraciones" que Dios, por su bondad, permite en nuestro camino. Enseguida ponemos "tres tiendas".

Pero les he dicho tambié n que esta página me trae una segunda reacción: la de aceptar la "salida de la visión". "Hora es ya de despertar del sueño", dirá San Pablo. Y Jesús, una vez terminada la escena, invita a los suyos a descender al llano, a lo normal, a silenciar la visión, a abrazarse a la cruz de lo "continuo". Es necesario aprender eso, amigos. La vida monótona, el sudar la camiseta cada día, el atravesar nuestras "no-ches oscuras" con sencillez, es lo que nos llevará al definitivo Tabor. A Jesús le pidieron más de una vez una señal. Pero no cayó en la trampa. San Ignacio de Loyola decía: "La virtud más eminente es hacer sencillamente lo que tenemos que hacer".

El Tabor, por lo tanto, amigos, es la excepción. Lo normal, el pan de cada día, es el discurrir por el llano, con nuestra mochila a cuestas, peregrinos como el pueblo de Israel. Ya llegará el momento de decir como Pedro: "¡Qué bien estamos aquí!". Y podremos poner "tres tiendas". Aunque tres, no. Basta una sola. Definitiva y amplia. "Un tabernáculo perfecto, hecho no por manos de hombres, sino de ángeles".


Publicado por verdenaranja @ 18:34  | Espiritualidad
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