Lunes, 18 de febrero de 2008

 

Enrique Monasterio

Un safari en mi pasillo


Símbolos de poder han existido siempre y seguirán existiendo por los siglos de los siglos. La corona de los monarcas, el penacho de plumas del jefe sioux, los galones y estrellas de los militares y los arreos indumentarios de los alcaldes, cumplen esa función: significan que quienes los ostentan tienen autoridad y, por tanto, deben ser tratados con respeto y reverencia.

        La mayor parte de estos signos son convencionales y podrían ser sustituidos por otros igualmente arbitrarios. Entre una corona de oro y una boina colorada no hay, en el fondo, tanta diferencia. Sin embargo algunos distintivos sí que tienen relación directa y práctica con la potestad que significan. Así, por ejemplo, la vara de mando que todavía hoy llevan ciertos munícipes, fue al principio un contundente garrote para desanimar a los díscolos. 

        Este siglo que comienza tiene también sus propios signos de poder, actualizados por la tecnología. Ahora, en las familias, el símbolo de la autoridad, la esencia misma de la patria potestad, se concentra en un aparatito minúsculo y lleno de botones, que, con toda lógica, se llama "el mando": me refiero al mando a distancia, por supuesto.

        El invento tiene pocos años. Yo lo vi por primera vez en 1980, en casa de un amigo que me invitó a ver un partido de fútbol. Cuatro lustros después, el mando ha aprendido latín: abre el garaje de la casa, enciende la tele, pone un disco, graba una película, modula el volumen, cambia de canal, reemplaza el compacto, conecta la alarma, activa el lavaplatos, acuna al bebé…

        Con un mando a distancia los terroristas hacen volar por los aires sus coches-bomba, y con otro algo más complejo Bush y Putin pueden mandar el Planeta a freír monas.

        Hace algún tiempo, un perturbado, en un ataque de surrealismo lírico, secuestró un avión utilizando como arma el  mando a distancia de su televisor. Y pocos años antes, en Nápoles, un enérgico marido acuchillaba a su mujer, porque le escondía el mando cada vez que la tele transmitía un partido de Maradona. 

        Tengo para mí que, si Jesús hubiese venido a la tierra en el siglo XXI, no habría prometido a San Pedro las llaves del Reino, sino el mando a distancia, que viene a ser lo mismo.

         El caso es que los hogares de España se han llenado de mandos y de confusión. Los niños manejan unos y los padres otros, con lo que la guerra digital se hace inevitable. Por otra parte, estos artilugios tienen la tendencia a esconderse bajo los cojines de los sofás, a mimetizarse en las estanterías de las habitaciones y a desaparecer en el dormitorio de los chicos. De ahí que, cuando el padre de familia necesita encender la televisión y toma el mando, lo más normal es que ponga en marcha el de la batidora o suene el tocadiscos con el último alarido de U2.

Además, como la capacidad tecnológica de los adolescentes es mayor que la de los adultos, los chavales se van haciendo con el mando en la mayoría de las casa: ellos controlan la tele, programan y graban las películas con sorprendente anticipación, manipulan, bobinan, rebobinan, mezclan imágenes, borran, cliquean, resetean…, y todo a tanta velocidad que no hay padre, madre ni abuela capaz de seguirlos. 

        El problema es grave. Ya sabíamos desde hace tiempo que la batalla entre generaciones pintaba mal para los padres, pero lo que se avecina puede ser definitivo. Si los progenitores no vencen esta contienda, muy pronto serán controlados por una cuadrilla de androides impúberes, que no se despegarán del sofá materno ni con agua caliente.

        Quiero decir que la lucha por apoderarse del mando a distancia es una verdadera guerra civil a escala familiar en la que está en juego el futuro de la civilización occidental. 

        ¿Y qué pueden hacer los padres de familia? 

        Mi hermano Toni, que es hombre práctico pero autoritario, sugiere que se invente un mando capaz de controlarlo todo e incluso de paralizar a niños, suegras y cuñadas cuando sea necesario. Kloster pide que se expida un carné de manejar mandos a distancia, igual que el de conducir, tras someter al candidato a penosas pruebas psicotécnicas. 

        Y uno, que debe cerrar ya el artículo, siente la tentación de elaborar un bando alertando al personal, como el alcalde de Móstoles en 1808, de que "la Patria (potestad) está en peligro y hay que venir a salvarla". Esta vez los culpables no son los franceses, sino el letargo de los padres y la Tribu Danone, que se ha quedado con el mando.

 

 

 

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