Lunes, 25 de febrero de 2008

Desde la Delegación de Ensañanza de la Diócesis de Tenerife se nos remite este artículo para nuestra reflexión.



TRANSFORMAR LA CULTURA DE LA MUERTE


(Detrás de este concepto están: aborto, pena de muerte, guerra, eutanasia, hambre, producción y comercio de armamento, injustas condiciones del comercio internacional, los millones de personas que no tienen acceso a la atención sanitaria en países pobres y en los ricos, la destrucción de las selvas tropicales y otros muchos ataques al medio ambiente, la violencia doméstica contra mujeres y niños, o los accidentes que podrían evitarse con mejores condiciones laborales. Todas estas realidades apuntan a una situación en la que la vida humana no se considera como el centro de la organización social)



El difunto cardenal de Chicago, Joseph Bernardin, lanzó en 1983 una propuesta integral conocida como “la túnica sin costura”, con la que animaba a una “ética consecuente con la vida” que no dejaría de lado ninguno de los grandes asuntos relacionados con este tema básica, amplio e interconectado. Bernardín no sólo defendió la necesidad de tal ética consecuente de la vida, sino que además esbozó la actitud necesaria para mantenerla y los principios que deberían darle forma. En otras palabras, propuso una cosmovisión global  y una cultura que buscara encarnar una “ética social heroica”.

 

Escribía así: “Si alguien mantiene, como hacemos nosotros, que el derecho de cada feto a nacer debería ser protegido por la ley civil y apoyado por un consenso civil, entonces nuestras responsabilidades morales, políticas y económicas no se detienen en el momento del nacimiento. Lo que defienden el derecho a la vida de los más débiles entre nosotros deber ser igualmente visibles a la hora de apoyar la calidad de vida de los indefensos entre nosotros: las personas mayores y los jóvenes, los hambrientos y las personas sin hogar, el inmigrante indocumentado y el trabajador en paro. Tal calidad de vida se traduce en posturas políticas y económicas concretas sobre fiscalidad, generación de empleo, políticas de bienestar y protección social, nutrición y programas alimentarios y sanidad”.

 

La coherencia interna del discurso ético requiere claramente que consideremos con la misma fuerza los asuntos de “derecho a la vida” y los de “calidad de vida”. Me gustaría señalar, sin embargo, que un enfoque meramente legal no resolverá estas cuestiones. Aun reconocimiento la importancia de las materias judiciales (decisiones legales sobre el aborto, sobre la cancelación de la deuda externa o sobre el hecho de ir a la guerra tienen consecuencias reales en la vida concreta de las personas), hay otro aspecto que con frecuencia pasa desapercibido.

 

 Me refiero a la práctica de una ética consecuente de la vida en nuestra praxis cotidiana. El problema que tenemos delante no es el de un sistema legal que no protege la vida, sino el de una cultura de violencia, muerte, lucro e interés propio que socava las bases de la vida y la paz. Las comunidades cristianas deben contribuir a esta tarea creando un contexto compartido en el que optar por los pobres, dar a luz y educar a los niños, acoger a los inmigrantes y refugiados, practicar la igualdad de género en las situaciones cotidianas, ayudar a los presos y a las personas con adicciones, o cuidar de los ancianos, sean prácticas comunes que se promueven y se alimentan por la comunidad misma. Solo entonces seremos capaces de hablar consecuentemente de una cultura de la vida y la paz, encarnada en las mentes, cosmovisiones, acciones, hábitos, relaciones, instituciones y estructuras humanas. Sólo entonces podremos hablar de una auténtica transformación de la cultura hacia la noviolencia radical.

 

(Daniel Izusquiza, sj. Enraizados en Jesucristo. Editorial Sal Térrea, 2008. paginas 109-110).


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