Jueves, 28 de febrero de 2008

Carta semanal del Arzobispo de Valencia don Agustín García-Gasco Vicente para el domingo 27 de Enero de 2008.

La familia nace del "sí" responsable y definitivo


La familia es la fuente e inspiración de la paz. Toda comunidad humana, desde la local hasta la que forman todos los pueblos de la tierra, necesita esta inspiración para conseguir una paz verdadera. Así lo señala Benedicto XVI en el Mensaje de la Paz de 2008. Sólo cuando estamos dispuestos a concebir la humanidad como una gran familia podemos avanzar en el compromiso por la libertad y la justicia para las personas, sin exclusiones ni discriminaciones.


Cuando las sociedades se inspiran en el modelo de la comunidad familiar facilitan la iniciativa y la participación de las personas. El Papa nos advierte que «la familia nace del “sí” responsable y definitivo de un hombre y de una mujer, y vive del “sí” consciente de los hijos que poco a poco van formando parte de ella». La familia nace del compromiso estable y duradero del varón y de la mujer que se dan y se reciben en alianza matrimonial, y crece con la lealtad y la gratitud de los hijos.


La libertad crece en la medida en que somos capaces de establecer relaciones personales consistentes, en la medida que confiamos en los demás y nos hacemos dignos de confianza. Es un error despreciar la capacidad de mantener los propios compromisos, tan esencial para articular los derechos y los deberes en una sociedad libre y democrática. El divorcio no ayuda a promover la capacidad de compromiso. La libertad individual necesaria para los grandes compromisos de la vida puede verse truncada por los vaivenes en las que acaban formándose personas de comportamiento errático.


Quien contrae verdadero matrimonio sabe en qué está comprometiendo su voluntad. El consentimiento y la entrega del varón a la mujer y de la mujer al varón, maduros y responsables, son expresiones de la libertad humana que favorecen una comunidad de vida estable, al servicio de los derechos de los niños a una educación en el amor. Las dificultades propias de la convivencia no llevan fatalmente a tener que romper los compromisos: se puede y se debe ayudar a superarlas, a proponer con esperanza una maduración en el amor y en la entrega.


El sí de los hijos, al que alude Benedicto XVI, introduce en la vida social la lealtad hacia los mayores, hacia aquellos a los que debemos la vida, la nutrición y la educación. Así se expresa la gratitud por los dones recibidos, y se reconoce que nuestros deberes hacia los demás justifican nuestros derechos. La gratitud hacia nuestros padres conduce a reconocer todo lo que hemos recibido de Dios, nuestro Padre.

El Santo Padre señala que «para prosperar, la comunidad familiar necesita del consenso generoso de todos sus miembros” el éxito de la convivencia familiar radica en que pide que todos estén activos para construirla, cada uno desde su propio papel e identidad.


Esta dinámica propia de la vida familiar es altamente beneficiosa para toda comunicación humana, porque consigue favorecer la verdadera participación social activa. El amor que se aprende en la familia debe impregnar todas las relaciones sociales. La familia no es un asunto meramente privado: es la levadura de la mejor convivencia.


El Santo Padre nos insta a que abramos los ojos a esta lógica del amor, imprescindible para construir una paz estable y duradera. Los seres humanos no sólo somos compañeros de viaje. Somos verdaderamente humanos, hijos de un mismo Padre, cuyo Amor es nuestro origen y destino.


Reconocer a Dios en el origen de la familia humana no es un camino más hacia la paz. Es el camino que verdaderamente garantiza la conjunción entre libertad y verdad, entre progreso científico y dignidad humana. «Sobre la base de este principio supremo se puede percibir el valor incondicionado de todo ser humano y, así, poner las premisas para la construcción de una humanidad pacificada. Sin este fundamento trascendente, la sociedad es sólo una agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de hermanos y hermanas, llamados a formar una gran familia».


Es cierto que en muchas ocasiones las vicisitudes del mundo actual ignoran o desprecian la importancia de las relaciones familiares. Las personas que formamos la Iglesia en Valencia tenemos un compromiso para convertir en realidad la conciliación de la vida laboral y familiar, la superación de las crisis matrimoniales mediante la mediación familiar o la formación de los hijos.


Las familias cristianas tienen encomendadas la labor de ser fuente, luz y fermento de la comunidad. Ignorar, desnaturalizar, o desfigurar la esencia de la familia es una causa de desestructuración de la propia sociedad. El amor a la familia, apoyado en el amor de Dios, garantiza un futuro en paz. En el espejo de las virtudes familiares está llamado a mirarse lo mejor de una convivencia verdaderamente humana.


Con mi bendición y afecto,


Publicado por verdenaranja @ 23:17  | Hablan los obispos
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