Viernes, 29 de febrero de 2008
VATICANO - “La Dominus Iesus y las religiones" de Su Exc. Mons. Angelo Amato, Arzobispo Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe (cuarta parte)

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Por gentil concesión de "L’Osservatore Romano", la Agencia Fides publica el texto integral de la Conferencia del año Académico 2007-2008 del instituto Teológico de Asís, pronunciada por Su Exc. Mons. Angelo Amato, Arzobispo Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sobre el tema “la Dominus Iesus y las religiones". Las traducciones en las diversas lenguas han sido realizadas por la Agencia Fides, no revisadas por el autor.

La doctrina eclesiológica: la Iglesia único sacramento de salvación

En relación a las afirmaciones cristológicas, la Declaración dedica otros tres capítulos a la enunciación de la doctrina eclesiológica, resaltando algunos aspectos esenciales del misterio de la Iglesia.
En correspondencia con la unicidad y la universalidad del misterio salvífico de Cristo, se afirma la existencia de una única Iglesia: «debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: una sola Iglesia católica y apostólica» (n. 16).

En lo que se refiere a la relación entre Iglesia y Reino de Dios, se resalta que la Iglesia es el reino de Cristo ya presente «en germen y en principio» en la historia, aunque su definitiva realización llegará con el fin y el cumplimiento de la historia (n. 18).

En correspondencia con la universalidad salvífica del misterio de Cristo, es motivada la necesidad de la Iglesia para la salvación de la humanidad. En el designio de Dios, la Iglesia, en cuanto «sacramento universal de salvación» (Lumen gentium, n. 48) y en cuanto íntimamente unida a Cristo su cabeza, tiene una imprescindible relación con la salvación de todo hombre.

Sobre las concretas modalidades de actuación de este influjo salvífico, la Declaración afirma: «Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada siempre por medio de Cristo en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona “por caminos que Él sabe”» (DI n. 21). Esta afirmación será profundizada más adelante.

No se puede, por lo tanto, considerar a la Iglesia como un camino de salvación junto a otros, constituidos por otras religiones, las cuales serían complementarias o equivalentes a ella. No se puede reducir la función única y peculiar de la Iglesia, como instrumento de salvación para la humanidad entera: «Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos» (DI n. 22).

La identidad reafirmada

Como se puede observar, la Declaración no dice cosas nuevas. Todo es, en efecto, tomado del magisterio conciliar y post conciliar de la Iglesia. Reafirma, sin embargo, con un lenguaje claro y preciso, algunos elementos doctrinales centrales de la identidad católica, con frecuencia olvidados o negados por tesis ambiguas o erróneas. La investigación teológica no es detenida, más aún es invitada varias veces a proseguir en su reflexión.

En el capítulo sobre la unicidad y la universalidad del misterio salvífico de Cristo, por ejemplo, la teología es «invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la salvación» (n. 14).

Además, debe ser estudiada en toda su profundidad la afirmación conciliar (Lumen gentium, n. 62) sobre la única mediación del Redentor, que no excluye, sino que suscita en las criaturas una propia cooperación: «Se debe profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo» (DI n. 14).

Debe ser ilustrado en modo adecuado el misterioso don de la gracia donada también a los no cristianos: «El Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona “por caminos que Él sabe”. La Teología está tratando de profundizar este argumento» (DI n. 21).

Finalmente, la Declaración desde su introducción precisó que el diálogo interreligioso, así como el diálogo ecuménico, debían continuar su camino, desde el momento que «en la práctica y profundización teórica del diálogo entre la fe cristiana y las otras tradiciones religiosas surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata de afrontar recorriendo nuevas pistas de búsqueda, adelantando propuestas y sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso discernimiento» (DI n. 3). La Declaración ha buscado cerrar solamente aquellos caminos que llevan a calles sin salida. De tal modo el diálogo interreligioso se libera del peligro de una religiosidad universal indiferenciada, con un mínimo común denominador, y lo hace volver al camino de la verdad, en el respeto de la propia identidad así como de aquella de los otros: «De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad, debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo» (DI n. 22). (4- continua) (Agencia Fides 29/2/2008 Líneas: 66 Palabras: 896)


Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios