Lunes, 03 de marzo de 2008

POSIBLES PAUTAS PARA LA HOMILÍA del Día del Seminario, publicados en materiales llegados a la parroquia para la celebración.

 

Comentario Vocacional

 

Los textos bíblicos que nos presenta la liturgia de hoy nos dan elementos muy interesantes para reflexionar en torno al lema del Día del Seminario: «Si escuchas hoy Su voz».


Juan nos presenta el séptimo signo de su evangelio, que por ser el último aparece como el culmen de todos ellos, bien porque es el más rico y elaborado, bien porque presenta a Jesús enfrentándose al mayor drama del hombre, la muerte. Sabemos que todo signo en el cuarto evangelio pretende tres finalidades: la liberación del hombre, la provocación de la fe y la clarificación de posturas en torno a la persona de Jesús. Tres aspectos que se dejan fácilmente iluminar desde una perspectiva vocacional.

El punto de partida es la muerte de Lázaro, un amigo de Jesús. Una muerte que aparece repetida una y otra vez y a la que se le deja hacer su trabajo durante cuatro días (v. 39) para asegurarse que, al final, Lázaro está bien muerto (vv. 14, 21, 32, 37, 39).Y todo ello envuelto en un sentimiento de realismo humano: ya es demasiado tarde para intentar hacer algo. Ante la muerte sólo queda llorar.


Este fatalismo ante la muerte, ciega la fe y la esperanza de los presentes en Jesús. ¿Qué esperan ellos de Jesús? Le han visto hacerotros signos (v. 37) y saben que si Él hubiera estado antes, Lázaro no habría muerto (vv. 21, 32). Incluso Marta que hace una confesión de fe pascual (v. 27) se muestra frágil y sin convicciones cuando advierte a Jesús que «ya huele mal» (v. 39). Para ellos la muerte es un punto de no retorno ante el cual Jesús no puede hacer nada.


Nosotros sabemos por experiencia lo que es la muerte. La hemos visto pasar de cerca y… también de lejos, en catástrofes naturales, guerras, atentados. Hemos llorado y mucho. Porque la muerte es una certeza ineludible. Y porque sabemos que un día moriremos, la muerte nos plantea el sentido de la vida: vivir, ¿por qué?, ¿para qué? Sin embargo también hablamos de muerte en un sentido más figurativo desde un punto de vista más psicológico, emotivo o espiritual: depresión, desorientación, angustia, desesperación… Cuando no encontramos sentido a la vida estamos muertos. Y en esta situación personal y social, ¿qué esperamos de Jesús? ¿Es también para nosotros la muerte demasiado fuerte para ser vencida por ella?


El milagro de Jesús consta simplemente de dos versículos (vv. 43-44), sin embargo hasta llegar a ese punto, Juan ha elaborado un relato muy rico. Podemos señalar por ejemplo que ante la muerte de Lázaro Jesús tiene la determinación de ir y de enfrentarse a ella, siendo por ello un anticipo de la actitud hacia su propia muerte.


Además, Jesús se conmueve y llora con los que lloran. Sin embargo, sus lágrimas no son reflejo de una resignación humana, sino de unasolidaridad y una empatía total con los que sufren. Él nunca fue ajeno a nuestro dolor.


La palabra de Jesús es una palabra liberadora ("¡ven fuera!") que vence la muerte y todas sus manifestaciones. Es una palabra que hace libre al hombre y le permite caminar ("Desatadlo y dejadlo andar"). Nadie se esperaba este poder de Jesús, de tal modo que este signo se convierte también en una manifestación de su propia identidad: «Yo soy la resurrección y la vida». Jesús expresa de este modo el sentido profundo de su misión que no es otra cosa que comunicar a los hombres la Vida plena de Dios. Esa vida no es sólo la vida eterna después de la muerte. Gracias a Jesús la Vida se hace una realidad presente para todos los creyentes, una realidad cotidiana. «El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». La Vida que Él nos promete es salvación para el que experimenta la muerte en el presente, y también una esperanza ante una amenaza futura de la misma.

Convendría atreverse a preguntarse: ¿Qué le pasaría hoy a mi vida si escucho hoy su voz que me dice «¡ven fuera!»? ¿Qué me pasaría si hoy me dejara desatar por Él? ¿Qué  cambiaría si hoy lo aceptara como la fuente de mi vida?


Pero las palabras y los gestos de Jesús siempre interpelan. Él realiza el signo con una intención clara de provocar la fe (vv. 15, 42) por eso plantea directamente la pregunta a Marta: ¿Crees esto? Es una pregunta fundamental y radical que va dirigida al núcleo central de nuestra fe. Y su respuesta es una preciosa confesión de fe: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y nosotros que somos hoy invitados a escuchar su voz, ¿también le creemos? Hay que subrayar que a pesar de esta confesión Marta expresa también la duda en el signo (v. 39), ¿pero no hace esto sino reflejar nuestra propia experiencia de fe que tiene momentos pendulares de luz y de obscuridad?

Al final, como una consecuencia, todos los que están presentes toman una postura. Es la respuesta ante la invitación, la llamada y la apelación de Jesús. El último versículo de hoy dice que muchos judíos «al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él». Sin embargo en la perícopa que sigue, el Sanedrín toma la decisión de matarlo (v. 53). En definitiva, un singo de vida conducirá a Jesús a la muerte.

Pero si contemplamos a Lázaro, el muerto bien muerto que no dice nada en todo el relato, veremos que él es imagen de todo aquel que se adhiere al proyecto de Jesús.


No tengamos miedo a escuchar su voz, porque nos va la Vida en ello.

 

Puntos claves para la homilía

• Tomar conciencia de la realidad de la muerte y la actitud de resignación que a veces tenemos frente a ella. No olvidar las «situaciones de muerte» en nosotros mismos y en la sociedad.


• Si escuchas hoy su voz… (¡ven fuera!) descubrirás el sentido de la vida, dejarás atrás la muerte y quedarás liberado.


• No se puede escuchar su voz y quedar indiferente, requiere una respuesta.


• Es preciso pedir a Dios el don de la fe que nos haga descubrir a Jesús como «la Resurrección y la vida». ¿Qué significa para mí creer en Jesús? Llegar a consecuencias concretas y cotidianas.

Para profundizar: Nuevas Vocaciones para una Nueva Europa n.16 «La existencia de cada uno es fruto del amor creador del Padre, de su voluntad eficiente, de su Palabra creadora. El acto creador del Padre tiene la dinámica de una invitación, de una llamada a la vida.


El hombre viene a la vida porque es amado, pensado y querido por una Voluntad buena que lo ha preferido a la no existencia, que lo ha amado antes de que fuese, conocido antes de formarlo en el seno materno, consagrado antes de que saliese a la luz (cf. Jer 1, 5; Is 49, 1-5; Gál 1, 15). La vocación, por tanto, es lo que explica, en la raíz, el misterio de la vida del hombre, y ella misma es misterio de predilección y gratuidad absoluta. (...)

Reconocer al Padre significa que nosotros existimos a su manera, habiéndonos creado a su imagen (Sab 2, 23). En esto, pues, se contiene la fundamental vocación del hombre: la vocación a la vida y a una vida concebida al instante a semejanza de la divina. Si el Padre es el eterno manantial, la total gratuidad, la fuente perenne de la existencia y del amor, el hombre está llamado, en la medida corta y limitada de su existir, a ser como Él; y, por tanto, a «dar vida», a hacerse cargo de la vida de otro.

El acto creador del Padre, pues, es lo que provoca el conocimiento de que la vida es una entrega a la libertad del hombre, llamado a dar una respuesta personalísima y original, responsable y llena de gratitud».

 Su Voz


Publicado por verdenaranja @ 23:21
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios