Jueves, 06 de marzo de 2008

Contenido teológico pastoral del lema del "Día del Sminario 2008": Si Escuchas Hoy Su Voz, publicado en folleto de materiales para la celebración de la jornada.

DÍA DEL SEMINARIO 2008
Si Escuchas Hoy Su Voz"

CONTENIDO TEOLÓGICO PASTORAL
DIÁLOGO DE ESCUCHAS



«El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 33, 11). Dios y Moisés son amigos íntimos. Unas veces habla Dios y Moisés acoge. Otras, Moisés pide o se queja y Dios escucha (Ex 33, 18-34, 28). Su relación está entreverada de palabras y escuchas. En estos diálogos, es tan importante lo que se dice como lo que se calla. Son tan significativas las palabras del Señor y las quejas de Moisés, como los silencios respectivos. Y es que para que una amistad sea auténtica son necesarias grandes dosis de escucha. Porque toda palabra, incluso la más fascinante y reveladora –la divina–, necesita de alguien que la escuche para alcanzar su objetivo: comunicarse. Dios no sólo pide que el creyente escuche su Palabra y acepte la vocación. Antes de exigir nada, Dios es el primero que escucha el clamor de su criatura. Por eso, el creyente que se sabe oído y amado se siente impulsado a acoger la palabra de su Señor.

 

Con este ensayo pretendemos mostrar algunos rasgos de la escucha en la Biblia desde el punto de vista de un diálogo entre dos: Dios y el hombre, que se escuchan mutuamente. En primer lugar trataremos la escucha de Dios, que lleva a la acción de gracias de sus fieles. En segundo lugar, partiremos del mandato de la ley, «¡Escucha, Israel!», para comprender cómo el creyente debe escuchar la voz del Señor. También contemplaremos el modelo de algunos creyentes –Abrahán, Samuel, María, etc.– paradigmas de escucha fiel. Por último, estudiaremos los reversos negativos de la escucha: la sordera del hombre ante Dios y el silencio de Dios ante la invocación del hombre, experiencia desconcertante en este diálogo mutuo.

 

Evidentemente, existen muchos modelos diferentes de escuchas en la Biblia. Las diferencias de tiempo, autor, lugar, lengua y experiencia religiosa  otras tantas perspectivas sobre la escucha bíblica. Ofrecemos, no obstante, un intento de síntesis, sin pretender agotar el tema, que aporte algunas claves de lectura y un buen arsenal de citas que ayuden al estudio y la oración personal sobre este apasionante tema.

 

I. Primero Dios

 

La liberación de Egipto fue la experiencia fundante del pueblo. No por su grandeza sino por amor gratuito, Dios eligió y rescató a su pueblo de la esclavitud de Egipto (Dt 7, 8). Al poner por escrito esta experiencia de liberación, los textos subrayan la escucha de Dios: «Los israelitas gemían y se quejaban de su servidumbre, el clamor de su servidumbre subió a Dios.

Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac yJacob». (Ex 2, 23b-24; cf. Nm 20, 16). Y más adelante, el Señor le dice a Moisés en el relato de su vocación: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos” (Ex 3,7; cf. 3,9). Porque el Señor ha escuchado la aflicción de su pueblo, Moisés es enviado a liberarlo. De la escucha de Dios surge la vocación del hombre.

 

Sí, Dios escucha y actúa. Por eso el creyente lo alaba y le da gracias. Multitud de Salmos expresan esta experiencia de salvación («Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante»: 116, 1; cf. 4, 4; 6, 9; 10, 17; 18, 7; 28, 6; etc.). Ahora bien, el Señor escucha sobre todo al débil, al pobre, al huérfano, a la viuda y al justo (Ex 22, 22-26; Salmo 34, 7; 102, 21; Eclo 21, 5; St 5, 4; 1Pe 3, 12; etc.), mientras que desoye a injustos y sanguinarios (Is 1, 15; Mi 3, 4; Jn 9, 31; etc.).

Prototipo de esta escucha del afligido es la historia de Agar, la esclava de Abrahán. Agar, al quedarse embarazada, era maltratada por su señora, la estéril Sara. Así que tuvo que huir al desierto. El ángel del Señor la encontró, le anunció que iba a dar a luz un hijo y le ordenó: «le llamarás Ismael, porque el Señor ha escuchado tu aflicción» (Gn 16, 11). Ismael significa precisamente eso (isma-: escucha; -el: Dios). Pero el drama de Agar no termina ahí. Agar retorna con Abrahán y Sara, tras el consejo del ángel. Y Sara

vuelve a las andadas. Al ver que su hijo Isaac juega con el hijo de la esclava, obliga a su marido a despedir a Agar. De nuevo la esclavita con su chiquillo vaga errante por el desierto. La situación se torna desesperada. Cuando se queda sin agua, deja al niño tras una mata y se aleja para no ver morir a la criatura. Pero «Dios escuchó la voz del chiquillo» (Gn 21, 17) y los salvó de la muerte, haciendo ver a Agar un pozo de agua. El nombre de Ismael se hizo verdad. Efectivamente, Dios escucha al afligido. Jesús también alaba a su Padre Dios porque escucha su oración confiada. El relato de Lázaro (Jn 11) servirá para que todos descubran que Él es el Enviado, a quien Dios escucha siempre: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado» (Jn 11, 41-42). Jesús, que se siente oído por Dios, exhorta a sus discípulos a que le pidan: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7, 7; Lc 11, 9).

Esta experiencia de asistencia y escucha divina provoca una gran confianza. Por ello, la comunidad del discípulo amado confiesa: «en esto está la confianza que tenemos en Él: en que si le pedimos algo según su voluntad, Él nos escucha» (1 Jn 5, 14).

 

II. ¡Escucha, Israel!

 

Como el éxodo se inició por la escucha divina, así también el mandato principal de la ley, confirmado por Jesús, consiste en esto mismo: «¡Escucha Israel!» (Mc 12, 29; Dt 6, 4). A escucha de Dios, escucha del hombre. Si el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26), entonces él debe reproducir en su vida las mismas actitudes de Dios: ¡el hombre está llamado a escuchar como lo hace el mismo Dios!

Pero, ¿a quién debe escuchar? Desde pequeño, conviene que el niño atienda a sus padres («Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, no olvides la enseñanza de tu madre», Prov 1, 8). La literatura sapiencial tiene en alta consideración este aprendizaje de la escucha en familia que hace madurar. Si el niño ejercita desde pequeño su oído, de mayor alcanzará sabiduría (Prov 4, 1-3; 5, 1-7; 8, 32-36; etc.), porque «oído que escucha la reprensión saludable tendrá un lugar entre los sabios» (Prov 15, 31). Ya adulto, el creyente debe escuchar la ley dada por Dios (Dt 5, 1; 13, 5; etc.) y la palabra divina pronunciada por los profetas (Am 3, 1-2; Is 28, 23; 48, 16; etc.). Marcos retoma este mandato principal del Antiguo Testamento en el pasaje de la transfiguración. La escena es muy solemne. El aspecto de Jesús es de un blanco resplandeciente. Moisés y Elías, la ley y la profecía, están presentes, y Pedro queda desconcertado por tanto misterio. Entonces, la nube los envuelve y una voz del cielo dice: «Este es mi hijo amado, escuchadle» (Mc 9, 7; 2 Pe 1,18). Dios declara a Jesús como su hijo y le da la autoridad de la escucha. Si el antiguo pueblo debía escuchar la ley y a los profetas, el nuevo pueblo debe escuchar las palabras de Jesús. Él es la Palabra de Dios definitiva a quien el creyente debe prestar atención: «En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final,

nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio

del cual ha ido realizando las edades del mundo» (Hb 1, 1-2). Ninguna palabra

es más importante ni nada es más urgente que escuchar a Jesús, como nos enseña el maestro en su encuentro con Marta y María, las hermanas de Lázaro (Lc 10, 42).

 

Jesús extendió el mandato de escucharle a sus seguidores. Desde el inicio de

su ministerio, el maestro fue llamando a discípulos para acompañarlos y prepararlos a la misión. De ahí que también les dé la autoridad de la escucha: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10, 16).

 

Dar oídos a la ley, a los profetas, a Jesús, a sus discípulos, pero... ¿de qué modo debe el hombre escuchar todas estas palabras? La carta de Santiago posee un excelente resumen de las principales actitudes que la tradición bíblica recoge en torno a la escucha del creyente (1, 19-27). En primer lugar, él exhorta a sacrificar la palabra propia para dejar paso a la palabra del otro: «que todo hombre sea pronto para escuchar, lento para hablar y lento para la ira» (v. 19). Esta actitud de escucha no implica sólo estar en silencio (Prov 11, 12), ni siquiera se reduce a una capacidad intelectual. Escuchar consiste sobre todo en acoger, como María que guardaba las palabras y las meditaba en su corazón

(Lc 2, 19.51). Por ello, Santiago une al ser «pronto para escuchar» el ser «lento para la ira» y la exhortación siguiente: «desechad toda inmundicia y abundancia de mal y recibid con docilidad la palabra» (Sant 1, 21). Esta palabra escuchada y acogida debe ser cumplida y practicada: «Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos, pues quien escucha la Palabra y no la pone en práctica se parece a aquel que se miraba la cara en el espejo y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era» (vv. 22-24; cf. Ez 33, 32). Ya el mismo Jesús exhorta al cumplimiento de la Palabra escuchada, corrigiendo al mismo tiempo a los que pensaban que los lazos familiares eran más importantes que los lazos de la fe: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él repuso. Mejor: ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!» (Lc 11, 27-28).

 

Por tanto, la escucha está íntimamente unida a la fe y a la obediencia. Por un lado, Pablo dirá que «la fe viene de la escucha» (Rom 10, 17). Así, por ejemplo, el proceso de fe de Lidia comienza por la escucha atenta de la predicación de Pablo y sus compañeros (Hch 16, 14). Por otro lado, escucha y obediencia están tan unidos en las lenguas bíblicas, que en hebreo «obedecer» se dice con el giro «escuchar a la voz de» (Gn 26, 5; Ex 19, 5; etc.); y en griego «obedecer» (ypakouô) es un compuesto del verbo escuchar (akouô).

En resumen, la amistad del hombre con Dios presupone la escucha mutua. Si Dios escucha nuestras aflicciones, también nosotros debemos escuchar –obedecer– su voz. Esta actitud de acogida es la mejor garantía para recibir la bendición de Dios (Dt 28, 1-2). Dos creyentes, verdaderos amigos de Dios, ejemplifican esta intuición: Abrahán y Samuel. A Abrahán, el padre de los creyentes, le reconoce el ángel de Dios: «por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber escuchado mi voz» (Gn 22, 18; 26, 5). También Samuel, aconsejado por Elí, responde con franqueza a la llamada del Señor: «¡Habla que tu siervo escucha!» (1 Sm 3,10).

 

III. El hombre de oídos sordos

 

Pero no siempre las mujeres y los hombres de la Biblia han escuchado la voz del Señor. La historia bíblica está marcada por los oídos sordos de tantos a las repetidas llamadas del cielo. Dios mismo se queja con amargura, por boca de Jeremías, de la sordera de su pueblo: «su oído es incircunciso y no pueden entender» (Jr 6, 10), «es que han abandonado mi Ley que yo les propuse, y no han escuchado mi voz ni la han seguido» (9,12; cf. Sal 81). La circuncisión significaba para un judío la extirpación de un trozo de piel del pene como signo de pertenencia al pueblo elegido. Así pues, tener el «oído incircunciso» significa tener el oído cerrado a Dios y, por ende, ser un pecador similar a los gentiles. También Esteban, en Hechos 7, 51, echa en cara a los que le persiguen la incircuncisión de sus oídos: «¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres».

 

En el cuarto evangelio, en la polémica con los dirigentes del pueblo, Jesús dice con aspereza: «... vosotros no podéis escuchar mi palabra... el que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios» (Jn 8, 43.47). Estos «hijos del diablo» (8, 44) se contraponen a la oveja fiel que escucha, reconoce y sigue la voz de su pastor (10, 3-4.8.16.27).

 

¿Cómo reacciona Dios ante esta sordera tan ingrata? Diversas reacciones divinas se acumulan y complementan en los libros bíblicos. A la rebelión del pueblo en Números 14, un pueblo que «me ha puesto a prueba ya diez veces y no ha escuchado mi voz» (v. 22), le sigue tanto el castigo –no verán la tierra prometida (v. 23.32)– como el perdón de Caleb (v. 24), Josué (v. 30) y los hijos de aquella generación rebelde (v. 31.33). El Deuteronomio subraya también la seriedad de esta sordera: «Si un hombre no escucha mis palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello» (18, 19).

 

Dios relee la historia de su pueblo al profeta Jeremías desde esta clave de la no-escucha en 7, 16-34. Ellos han sido rebeldes desde el día en que él los sacó de Egipto (v. 25), pero ni han obedecido la ley ni han escuchado a los profetas; muy al contrario, han adorado a otros dioses. Por eso, el Señor no escuchará la intercesión de Jeremías por su pueblo, sino que los castigará con el fuego y la muerte.

 

El Señor envía constantemente sus profetas, Jeremías y Ezequiel, para dejar constancia de esta desobediencia pertinaz. Tras mandar a Ezequiel, Dios le dice explícitamente a su profeta: «Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son casa rebelde, sabrán que había un profeta en medio de ellos» (Ez 2, 5; cf. 2, 7).

 

El autor de Hebreos aplica esta rebelión del pueblo, en base al Salmo 95, a su comunidad: «Temamos, no sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros crea que ha perdido la oportunidad. También nosotros hemos recibido la buena noticia, igual que ellos; pero el mensaje que oyeron de nada les sirvió, porque no se adhirieron por la fe a los que lo habían escuchado » (Hb 4, 1-2; cf. 1 Cor 10, 1-13). Los creyentes deben aceptar el mensaje que escuchan para entrar en el descanso de Dios. Escuchar y acoger la Palabra de Dios o no hacerlo no es una cuestión opinable, tiene graves consecuencias.

 

Pero, ante la experiencia de castigo y opresión –sobre todo ante el exilio de Babilonia– el pueblo reconoce su sordera. Paradigmático es, en este sentido, el libro de Baruc. En una confesión colectiva de sus pecados, el pueblo dice: «le hemos desobedecido, no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios, ni hemos cumplido los mandamientos que el Señor nos había dado» (Bar 1, 18; cf. 1, 19.21; 2, 10.24; Dn 3, 29; 9, 6.10.14). Por eso, piden una segunda oportunidad, sin aducir ya ningún mérito personal, sino confiando sólo en el propio honor de Dios: «Escucha, Señor, nuestra oración y nuestra súplica; líbranos por tu honor y haz que ganemos el favor de los que nos deportaron, para que conozca todo el mundo que tú eres el Señor, nuestro Dios, y que has dado tu nombre a Israel y a su descendencia» (Bar 2, 14-15; cf. 2, 16; 3, 2.4; Dn 9, 17-19).

El Dios de la Biblia es un Dios que tiene paciencia, perdona y da segundas oportunidades. Así dice Dios: «sé que no me escucharán, porque son un pueblo testarudo; pero en su destierro se convertirán de corazón y reconocerán que yo soy el Señor, su Dios. Entonces yo les daré un corazón y unos oídos atentos» (Bar 2, 30-31). El mismo envío del Hijo en la plenitud de los tiempos es un modo de dar una nueva oportunidad, según la parábola de los viñadores (Mc 12, 1-12).

 

En el fondo, escuchar a Dios es también una gracia. El Señor abre el oído de su siervo (Is 50, 5) y promete un futuro venturoso en el que los oídos de los que escuchan oirán (Is 32, 3; cf. 29, 18; 35, 5). Este futuro se hace realidad en Jesús, que abre los oídos de los sordos (cf. Mc 7, 31-37; Mt 11, 5; Lc 7, 21; etc.). También en el tiempo de la primera Iglesia, Dios sigue abriendo el corazón de sus discípulos –Lidia, en Hechos 16, 14, por ejemplo– para que acojan las palabras pronunciadas por los apóstoles.

 

IV. El silencio de Dios

 

Que Dios escuche al hombre y que el hombre escuche a Dios son actitudes lógicas. Que el hombre desoiga a Dios también entra dentro de lo imaginable, dada la debilidad humana. Pero, ¿cómo interpretar el silencio de Dios ante la súplica de su criatura? Este problema necesitaría de consideraciones más pausadas y amplias1, sin embargo nos ceñimos a algunos apuntes someros.

 

Las más de las veces, Dios no escucha a causa del pecado y la rebeldía del hombre: «Como no han escuchado cuando les he hablado, tampoco los escucharé cuando me llamen» (Zac 7, 13; cf. Is 57, 11; Jr 7,16; Miq 3, 4; Hab 1, 13). Este silencio debe hacer recapacitar al hombre sobre el pecado propio. En ocasiones, este silencio es expresión de un final trágico, como en la última consulta de Saúl, a la que Dios no responde (1Sm 28, 3-25).

 

Hay textos todavía más desconcertantes en los que el pecado del creyente no es importante o, sencillamente, no aparece. El afligido suplica pero Dios sigue en silencio (Sal 22, 2-3; 83, 2). Incluso algunos pasajes muestran  a un Dios hostil en cierta medida al hombre (Sal 88; Jb 30, 20). Este silencio puede ser interpretado como un tiempo para que el creyente madure (cf. Is 63, 7-64,11), pero dicha explicación no le quita misterio a dicho silencio.

 

El creyente reacciona de diferentes modos ante este silencio: justifica a Dios, se queja, confía firmemente en su fe, etc. Dios, en Job 38-41, rechaza la actitud del que quiere justificar a Dios y explicar con razones humanas las razones divinas, al desestimar la actitud de los tres amigos de Job y de Elihú (Jb 32-37). En cambio, tanto el grito quejoso del llagado Job, como la confianza sin reservas de los tres jóvenes, en Daniel 3, son propuestos como modélicos.

 

Digno de mención es el acto de fe de los tres jóvenes ante Nabucodonosor, que los va a arrojar al horno encendido: «Si el Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego abrasador y de tu poder, majestad, nos librará.

 

Pero, si no lo hace, has de saber, majestad, que nosotros no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has erigido» (Dn 3,17-18). Ellos admiten la posibilidad de que Dios permanezca en silencio y no los libre, pero ni aún así serán infieles a su Dios. Esta actitud fiel, concebida en el umbral del Nuevo Testamento, nos lleva al acontecimiento de la cruz.

 

Todos los pasajes anteriores sobre el silencio de Dios culminan en el silencio de la cruz. Marcos describe la agonía de Jesús, el único justo, a partir de este silencio. La voz divina que había hablado en el bautismo y la transfiguración (Mc 1, 11; 9, 7) permanece en silencio en la cruz, ante la súplica («¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!», 15, 34) y el grito del inocente (15, 37) antes de expirar.

 

Este silencio es profundamente revelador. El amor de Dios ha llegado a aceptar la muerte de su Hijo y el enmudecimiento de su Palabra, por respeto a la libertad del hombre, y en favor de su Salvación (1 Cr 15, 3; cf. 5, 3, etc.). Dicha experiencia de amor gratuito es el centro de la fe del apóstol Pablo: «El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?» (Rm 8, 32). Dios carga sobre sí el silencio del pecado, el sufrimiento y la muerte para desarmar su poder. Dicha experiencia de amor es confirmada y sellada por la resurrección del crucificado.

 

El autor de la carta a los Hebreos alude también a la dramática oración de Jesús en su pasión: «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, ofreció oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que lo obedecen en autor de salvación eterna» (Hb 5, 7-9). Este texto parece, a primera vista, contradictorio. Cristo suplica, llora y grita al que puede salvarlo de la muerte. El autor dice que en su angustia es escuchado. Así pues, Dios hace la voluntad de Cristo. Sin embargo, su escucha lleva consigo aprender sufriendo a obedecer hasta morir en la cruz; esto es, someterse dolorosamente a la

voluntad de Dios. ¿Cómo reconciliar estas dos afirmaciones? Si es escuchado ¿por qué muere en cruz? La modalidad de la oración de Jesús resuelve la aparente contradicción. Su súplica es una ofrenda («ofreció oraciones...»; el verbo es típicamente sacerdotal, cf. Ex 29, 3). Así como «todo sumo sacerdote... está constituido en favor de los hombres para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5, 1), del mismo modo Jesús ofrece con su pasión la oración que lo constituye en autor de Salvación eterna. El contenido de su oración es secundario –ser salvado de la cruz–, lo que importa es su actitud ante Dios. Su oración pasa a ser ofrenda, que acepta sobre sí la voluntad de Dios. La voluntad del Cristo se identifica con la del Padre, convirtiendo su oración en búsqueda del proyecto de Dios. Una oración así no puede por menos de ser escuchada. Dios la acepta y transforma el sufrimiento de Jesús en Salvación, ofrecida a todos2.

 

Escuchas divinas y humanas, silencios humanos y divinos. En el desarrollo de este diálogo de escuchas avanza el proyecto salvador de Dios. Porque este es el fin de la escucha bíblica: alcanzar la vida y la salvación. Así lo prometió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida» (Jn 5, 24).

 

1 cf. el interesante artículo de P. BARRADO, «El silencio en el AT. Aproximación a un símbolo ambiguo», Estudios Bíblicos 55 (1997) 5-27; y la tesis de S. BÁEZ ORTEGA, Tiempo de callar y tiempo de hablar. El silencio en la Biblia Hebrea, Roma, Edizioni del Teresianum, 2000.

 

2 cf. A. VANHOYE, Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo según el Nuevo Testamento,

Biblioteca de Estudios Bíblicos 79; Salamanca, Sígueme 42002, 133-155.

 

 

 

 


Publicado por verdenaranja @ 22:59  | Espiritualidad
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