Viernes, 07 de marzo de 2008

Textos para la reflexión ante el Día del Seminario 2008, que este año se presenta con el lema "Si Escuchas Hoy Su Voz". Texo sacado de folleto para la celebaración de la jornada.


1. EL SACERDOTE, IMAGEN DEL BUEN PASTOR

 

El evangelio que hemos escuchado en este domingo es solamente una parte del gran discurso de Jesús sobre los pastores. En este pasaje, el Señor nos dice tres cosas sobre el verdadero pastor: da su vida por las ovejas; las conoce y ellas lo conocen a él; y está al servicio de la unidad. Antes de reflexionar sobre estas tres características esenciales

del pastor, quizá sea útil recordar brevemente la parte precedente del discurso sobre los pastores, en la que Jesús, antes de designarse como Pastor, nos sorprende diciendo: «Yo soy la puerta» (Jn 10, 7). En el servicio de pastor hay que entrar a través de Él. Jesús pone de relieve con gran claridad esta condición de fondo, afirmando: «El que sube por

otro lado, ese es un ladrón y un salteador» (Jn 10, 1).

 

Llamados a servir

 

Esta palabra «sube» (anabainei) evoca la imagen de alguien que trepa al recinto para llegar, saltando, a donde legítimamente no podría llegar. «Subir»: se puede ver aquí la imagen del arribismo, del intento de llegar «muy alto», de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse, no servir. Es la imagen del hombre que, a través del sacerdocio, quiere llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo.

 

Pero el único camino para subir legítimamente hacia el ministerio de pastor es la cruz. Esta es la verdadera subida, esta es la verdadera  puerta. No desear llegar a ser alguien, sino, por el contrario, ser para los demás, para Cristo, y así, mediante Él y con Él, ser para los hombres que Él busca, que Él quiere conducir por el camino de la vida. Se entra en el sacerdocio a través del sacramento; y esto significa precisamente: a través de la entrega a Cristo, para que Él disponga de mí; para que yo le sirva y siga su llamada, aunque no coincida con mis deseos de autorrealización y estima. Entrar por la puerta,

que es Cristo, quiere decir conocerlo y amarlo cada vez más, para que nuestra voluntad se una a la suya y nuestro actuar llegue a ser uno con su actuar.

 

Queridos amigos, por esta intención queremos orar siempre de nuevo, queremos esforzarnos precisamente por esto, es decir, para que Cristo crezca en nosotros, para que nuestra unión con Él sea cada vez más profunda, de modo que también a través de nosotros sea Cristo mismo quien apaciente.

 

Consideremos ahora más atentamente las tres afirmaciones fundamentales de Jesús sobre el Buen Pastor. La primera, que con gran fuerza impregna todo el discurso sobre los pastores, dice: el pastor da su vida por las ovejas. El misterio de la cruz está en el centro del servicio de Jesús como pastor: es el gran servicio que Él nos presta a todos nosotros. Se entrega a sí mismo, y no sólo en un pasado lejano. En la sagrada Eucaristía realiza esto cada día, se da a sí mismo mediante nuestras manos, se da a nosotros. Por eso, con razón, en el centro de la vida sacerdotal está la sagrada Eucaristía, en la que el sacrificio de Jesús en la cruz está siempre realmente presente entre nosotros.

 

La Eucaristía, escuela de vida

 

A partir de esto aprendemos también qué significa celebrar la Eucaristía de modo adecuado: es encontrarnos con el Señor, que por nosotros se despoja de su gloria divina, se deja humillar hasta la muerte en la cruz y así se entrega a cada uno de nosotros. Es muy importante para el sacerdote la Eucaristía diaria, en la que se expone siempre de nuevo a este misterio; se pone siempre de nuevo a sí mismo en las manos de Dios, experimentando al mismo tiempo la alegría de saber que Él está presente, me acoge, me levanta y me lleva siempre de nuevo, me da la mano, se da a sí mismo.

 

La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender día a día que yo no poseo mi vida para mí mismo. Día a día debo aprender a desprenderme de mí mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otras cosas me parezcan más bellas y más importantes. Dar la vida, no tomarla.

Precisamente así experimentamos la libertad. La libertad de nosotros mismos, la amplitud del ser. Precisamente así, siendo útiles, siendo personas necesarias para el mundo, nuestra vida llega a ser importante y bella. Sólo quien da su vida la encuentra.

 

Conocer con el corazón

 

En segundo lugar el Señor nos dice: «Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre» (Jn 10, 14-15). En esta frase hay dos relaciones, en apariencia muy diversas, que aquí están entrelazadas: la relación entre

Jesús y el Padre, y la relación entre Jesús y los hombres encomendados a Él. Pero ambas relaciones van precisamente juntas porque los hombres, en definitiva, pertenecen al Padre y buscan al Creador, a Dios. Cuando se dan cuenta de que uno habla solamente en su propio nombre y tomando sólo de sí mismo, entonces intuyen que eso es demasiado poco y no puede ser lo que buscan.

 

Pero donde resuena en una persona otra voz, la voz del Creador, del Padre, se abre la puerta de la relación que el hombre espera. Por tanto, así debe ser en nuestro caso. Ante todo, en nuestro interior debemos vivir la relación con Cristo y, por medio de Él, con

el Padre; sólo entonces podemos comprender verdaderamente a los hombres, sólo a la luz de Dios se comprende la profundidad del hombre; entonces quien nos escucha se da  cuenta de que no hablamos de nosotros, de algo, sino del verdadero Pastor.

 

Obviamente, las palabras de Jesús se refieren también a toda la tarea pastoral práctica de acompañar a los hombres, de salir a su encuentro, de estar abiertos a sus necesidades y a sus interrogantes. Desde luego, es fundamental el conocimiento práctico, concreto, de las personas que me han sido encomendadas, y ciertamente es importante entender este «conocer» a los demás en el sentido bíblico: no existe un verdadero conocimiento sin amor, sin una relación interior, sin una profunda aceptación del otro.

 

El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo podemos llegar si el Señor ha abierto nuestro corazón, si nuestro conocimiento no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanos a los hombres.

 

Pidamos siempre de nuevo al Señor que nos conceda este modo de conocer con el corazón de Jesús, de no vincularlos a mí sino al corazón de Jesús, y de crear así una verdadera comunidad.

 

Servidores de la comunión

 

Por último, el Señor nos habla del servicio a la unidad encomendado al pastor: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un sólo rebaño, un sólo pastor» (Jn 10, 16). Es lo mismo que repite san Juan después de la decisión del Sanedrín de matar a Jesús, cuando Caifás dijo que era preferible que muriera uno sólo por el pueblo a que pereciera toda la nación. San Juan reconoce que se trata de palabras proféticas, y añade: «Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52).

 

Se revela la relación entre cruz y unidad; la unidad se paga con la cruz. Pero sobre todo aparece el horizonte universal del actuar de Jesús. Aunque Ezequiel, en su profecía sobre el pastor, se refería al restablecimiento de la unidad entre las tribus dispersas de Israel (cf. Ez 34, 22-24), ahora ya no se trata de la unificación del Israel disperso, sino de todos los hijos de Dios, de la humanidad, de la Iglesia de judíos y paganos. La misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó.

 

Atención a todos y de todos

 

La Iglesia jamás debe contentarse con la multitud de aquellos a quienes, en cierto momento, ha llegado, y decir que los demás están bien así: musulmanes, hindúes... La Iglesia no puede retirarse cómodamente dentro de los límites de su propio ambiente. Tiene por cometido la solicitud universal, debe preocuparse por todos y de todos. Por lo general debemos «traducir» esta gran tarea en nuestras respectivas misiones. Obviamente, un sacerdote, un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y así edifican y sostienen juntos también al sacerdote.

 

Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo «a los caminos y cercados» (Lc 14, 23) para llevar la invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de Él o no han sido tocados interiormente por Él. Este servicio universal, servicio a la unidad, se realiza de muchas maneras. Siempre forma parte de él también el compromiso por la unidad interior de la

Iglesia, para que ella, por encima de todas las diferencias y los límites, sea un signo de la presencia de Dios en el mundo, el único que puede crear dicha unidad. La Iglesia antigua encontró en la escultura de su tiempo la figura del pastor que lleva una oveja sobre sus hombros. Quizá esas imágenes formen parte del sueño idílico de la vida campestre, que había fascinado a la sociedad de entonces. Pero para los cristianos esta figura se ha transformado con toda naturalidad en la imagen de Aquel que ha salido en busca de la oveja perdida, la humanidad; en la imagen de Aquel que nos sigue

hasta nuestros desiertos y nuestras confusiones; en la imagen de Aquel que ha cargado sobre sus hombros a la oveja perdida, que es la humanidad, y la lleva a casa. Se ha convertido en la imagen del verdadero Pastor, Jesucristo. A Él nos encomendamos. A Él os encomendamos a vosotros, queridos hermanos, especialmente en esta hora, para que os conduzca y os lleve todos los días; para que os ayude a ser, por Él y con Él, buenos pastores de su rebaño.

Amén.

(Benedicto XVI, Homilía en el IV Domingo de Pascua, 7 de mayo de 2006)


 

  1. CAPACES DE DIOS E IDÓNEOS PARA SERVIR A LOS HOMBRES

    La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros

(cf. 1 Tm 2, 6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser «para todos», hace que este sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos. En la vida de San Agustín podemos observar de modo conmovedor la misma relación entre amor de Dios y responsabilidad para con los hombres. Tras su conversión a la fe cristiana quiso, junto con algunos amigos de ideas afines, llevar una vida que estuviera dedicada totalmente a la Palabra de Dios y a las cosas eternas. Quiso realizar con valores cristianos el ideal de la vida contemplativa descrito en la gran filosofía griega, eligiendo de este modo «la mejor parte» (Lc 10, 42). Pero las cosas fueron de otra manera. Mientras participaba en la Misa dominical, en la ciudad portuaria de Hipona, fue llamado aparte por el Obispo, fuera de la muchedumbre, y obligado a dejarse ordenar para ejercer el ministerio sacerdotal en aquella ciudad. Fijándose retrospectivamente en aquel momento, escribe en sus Confesiones: «Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mis miserias, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad. Mas tú me lo prohibiste y me tranquilizaste, diciendo: “Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para Él que murió por ellos” (cf. 2 Co 5, 15)». Cristo murió por todos. Vivir para Él significa dejarse

moldear en su «ser-para». [...]

 

Agustín define la oración como un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado.

«Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don]». Agustín se refiere a san Pablo, el cual dice de sí mismo que vive lanzado hacia lo que está por delante (cf. Flp 3, 13). Después usa

una imagen muy bella para describir este proceso de ensanchamiento y preparación del corazón humano. «Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel?» El vaso, es decir

el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados. Aunque Agustín habla directamente sólo de la receptividad

para con Dios, se ve claramente que con este esfuerzo por liberarse del vinagre y de su sabor, el hombre no sólo se hace libre para Dios, sino que se abre también a los demás. En efecto, sólo convirtiéndonos en hijos de Dios podemos estar con nuestro Padre común. Rezar no significa salir de la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad. El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás. En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios. Ha de aprender que no puede rezar contra el otro. Ha de aprender que no puede pedir cosas superficiales y banales que desea en ese momento, la pequeña esperanza equivocada que lo aleja de Dios. Ha de purificar sus deseos y sus esperanzas. Debe liberarse de las mentiras ocultas con que se engaña a sí mismo: Dios las escruta, y la confrontación con Dios obliga al hombre a reconocerlas también. «¿Quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta», ruega el salmista (19[18],13). No reconocer la culpa, la ilusión de inocencia, no me justifica ni me salva,  porque la ofuscación de la conciencia, la incapacidad de reconocer en mí el mal en cuanto tal, es culpa mía. Si Dios no existe, entonces quizás tengo que refugiarme en estas mentiras, porque no hay nadie que pueda perdonarme, nadie que sea el verdadero criterio. En cambio, el encuentro con Dios despierta mi conciencia para que esta ya no me ofrezca más una autojustificación ni sea un simple reflejo de mí mismo y de los contemporáneos que me condicionan, sino que se transforme en capacidad para escuchar el Bien mismo.

 

Para que la oración produzca esta fuerza purificadora debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los Santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente. El Cardenal Nguyen Van Thuan cuenta en su libro de Ejercicios espirituales cómo en su vida hubo largos períodos de incapacidad de rezar y cómo él se aferró a las palabras de la oración de la Iglesia: el Padrenuestro, el Ave María y las oraciones de la Liturgia. En la oración tiene que haber siempre esta interrelación entre oración pública y oración personal. Así podemos hablar a Dios, y así Dios nos habla a nosotros. De este modo se realizan en nosotros las purificaciones, a través de las cuales llegamos a ser capaces de Dios e idóneos para servir a los hombres.

 

(Benedicto XVI, Spe salvi, 28-34)

 

3. LAS VOCACIONES SACERDOTALES, SIGNO ELOCUENTE DE LA VITALIDAD DE NUESTRAS IGLESIAS LOCALES Y ESTÍMULO DECISIVO PARA SU VITALIDAD

 

La vocación, don de Dios y respuesta libre del hombre

 

Las vocaciones son don de Dios y respuesta libre de la persona. La vocación es regalo del Señor que debemos confiada e insistentemente pedir; y es respuesta del hombre a quien debemos animar incesantemente. Respetar la libertad no equivale a proponer con desgana la vocación ni a aguardar pasivamente la respuesta; debemos invitar con entusiasmo, con confianza en Dios, con atrevimiento. Así como la fe es el encuentro personal entre Dios y el hombre, de manera semejante la vocación surge de la confluencia entre la invitación de Dios y la respuesta de la persona. ¡Seamos, como Juan el Bautista (cf. Jn 1, 35ss.), que propició el encuentro entre sus discípulos y Jesús! El encuentro con el Señor es insustituible y el testimonio del encuentro extiende a otros la llamada a acudir a Jesús. ¿Aparece con frecuencia la necesidad de vocaciones en las preces de la Eucaristía, de Laudes y Vísperas? La oración fluye cuando se unen la persuasión de la trascendencia cristiana de las vocaciones, el reconocimiento de que son gracia de Dios y la constatación de nuestra indigencia. A pesar de la penuria persistente, no desistamos de presentarnos ante Dios cargando humildemente con nuestra indigencia.

 

Sin Iniciación cristiana no habrá vocaciones

 

Me parece fundamental lo siguiente: no podemos separar la maduración de la fe y la vocación. Donde la fe no arraiga es inverosímil que brote la vocación; donde no va aconteciendo el encuentro creyente con Jesús es impensable que se oiga su voz: «Ven conmigo y te haré pescador de hombres». Sin Iniciación cristiana en un sentido amplio y real no habrá vocaciones. ¿Residen nuestras dificultades ante todo en la pastoral vocacional o proceden más bien de la pastoral de la fe? ¿Escasez de vocaciones o escasez de niños, adolescentes, jóvenes y adultos seguidores decididos de Jesús en las comunidades cristianas? Hace años afirmó Juan Pablo II: Donde son iniciadas cristianamente las personas surgen vocaciones. La pastoral vocacional nos interroga sobre nuestras comunidades, nuestros grupos, nuestros movimientos, y también sobre los contenidos y pedagogía de la formación. La vocación sacerdotal difícilmente se escucharía, si nuestra aspiración consistiera en promover vocaciones para el voluntariado social cristiano, aunque en el dinamismo de las personas hacia el descubrimiento de la propia vocación el trabajo con los necesitados pueda ser un eslabón importante. En el itinerario de la fe, de la oración y de la vida cristiana como seguimiento de Jesús, cada persona podrá escuchar su peculiar vocación: al matrimonio cristiano, el sacerdocio, la vida consagrada, las misiones, el cuidado de los pobres, enfermos y ancianos, la educación humana y cristiana, la vida profesional ejercida como misión cristiana en medio del mundo… La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios elegido y convocado por Él, nace de la llamada del Evangelio y de la respuesta de la fe, que todos los cristianos compartimos; la «Ecclesia» es la patria de todas las vocaciones porque es el hogar de todos los fieles.

 

Cuando funcionaba satisfactoriamente la transmisión de la fe en las familias, si la vitalidad orante y apostólica de las parroquias era vigorosa, cuando estaba claro y poseído pacíficamente el sentido de la misión sacerdotal, cuando, además, existía en el ambiente un entusiasmo grande…, podían florecer –también impulsadas por otros factores sociales– las vocaciones al sacerdocio como en continuidad natural. Hoy ese clima en general ya no existe, o es poco perceptible. Todos, también niños y adolescentes, estamos sometidos en la convivencia a multitud de mensajes, a veces divergentes del Evangelio. Hay poco tiempo y poca serenidad para que la Palabra de Dios arraigue en el corazón. Desde los primeros años las ocupaciones y solicitaciones son tantas y discurren tan rápidamente que pocas cosas dejan poso en el corazón; por esto, es muy importante favorecer ambientes de cierta duración (por ejemplo Ejercicios Espirituales) para orar, para reflexionar, para escuchar detenidamente. Todas estas circunstancias, y otras que se podrían recordar, hacen especialmente complicada la pastoral de la fe y la pastoral de las vocaciones. Desarrollamos las actividades vocacionales dentro de un ambiente impregnado por el desinterés por Dios, la indiferencia religiosa, la increencia, la descristianización, la marginación de la fe cristiana; en este contexto vital hemos aprendido a valorar cada vocación como un milagro. El sufrimiento de la penuria no debe impedirnos agradecer a Dios las vocaciones recibidas. Estoy persuadido de que actualmente los esfuerzos en la pastoral vocacional son en todas partes mayores que en otros tiempos, aunque los resultados sean en general muy limitados. Debemos unir todos los cristianos, cada uno desde su propia responsabilidad en la Iglesia, nuestra colaboración en esta causa delicada, difícil y decisiva de las vocaciones al ministerio sacerdotal. Apoyemos las iniciativas de los encargados en la diócesis para este importante servicio. Intercambiemos experiencias unas diócesis con otras.


Necesidad de modelos de identificación

 

Para que la vocación sacerdotal resulte invitación históricamente atractiva se necesita, además de la presentación adecuada del ministerio de presbítero, el contacto con sacerdotes que sean imágenes claras e iconos transparentes del Buen Pastor. El ministerio sacerdotal, cuando es vivido por personas concretas de manera ejemplar, se convierte en invitación real a otros. Si recordamos el nacimiento de nuestra vocación, podemos advertir seguramente que el contacto con algún sacerdote ejerció un influjo importante sobre nosotros. También hoy son necesarios los modelos de identificación, sin que impidan la maduración ni limiten la adultez. Los sacerdotes debemos estar cerca de los niños, adolescentes y jóvenes, para que puedan conocer cómo somos, qué hacemos, en qué consiste ser sacerdote. Esta cercanía será también para nosotros un acicate a la dedicación ministerial. Pronto se darán cuenta de que no somos como a veces nos presentan los medios de comunicación. ¿Por qué no se fomentan más en nuestras comunidades los monaguillos? Este hecho no es irrelevante, si recordamos nuestra historia personal y la de otros sacerdotes. Una especie de escuela de monaguillos está siendo en alguna diócesis vivero de vocaciones.

 

La vocación se sueña desde pronto; aplazar la invitación hasta la juventud puede significar, y de hecho ocurre con frecuencia, perder el tiempo oportuno. La vocación se acaricia desde niño, aunque no se pueda tomar la decisión responsable hasta más tarde.

La maduración en la fe de niños, adolescentes y jóvenes implica que se les vaya abriendo a las diferentes vocaciones.

 

La Virgen María dijo sí a Dios consintiendo libre y fielmente a que el Hijo de Dios se encarnara en sus entrañas; así fue María estrella de la esperanza y arca portadora de Dios para la humanidad. ¡Que ella nos enseñe a decir con los labios, con el corazón y con la vida entera: «Aquí estoy», «Hágase en mí según tu palabra».

 

(Mons. Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao, Presidente de la Conferencia Episcopal

Española. Extracto de la homilía en la eucaristía de clausura de las Jornadas Nacionales

de Pastoral Vocacional, Madrid 16-18 de noviembre de 2007).

“Si Escuchas Hoy Su Voz

DÍA DEL SEMINARIO 2008

 


Publicado por verdenaranja @ 0:02  | Espiritualidad
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