Viernes, 07 de marzo de 2008

Lectio divina para la reflexión en el Día del Seminario 2008, publicada en materiales para la celebración de la jornada.


HABLA, SEÑOR, QUE TU SIERVO ESCUCHA

1 SM 3,1 -4,1A


Ambientación

 

A la llamada de Dios –«Samuel, Samuel»– sólo le puede seguir una respuesta: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Así ocurrió con el que sería el primer profeta de Israel. Así lo descubrimos también en la experiencia de María ("Hágase en mí según tu palabra"). Y así sucede en la vida de cada persona a la que Dios ha llamado a lo largo de la Historia. Dispongamos nuestro corazón para escuchar la pala-bra de Aquel que nos conoce y nos llama por nuestro nombre.

 

Lectura atenta del texto (Lectio)

 

Los dos libros de Samuel relatan la transición entre la etapa de las doce tribus de Israel y la constitución de este pueblo como reino. Ante la amenaza de los filisteos y siguiendo el ejemplo de los pueblos vecinos, las diversas tribus buscan unidad y fortaleza bajo la autoridad de un rey. Samuel, el último juez, es el principal protagonista de esta reforma promoviendo la instauración de la monarquía.

 

Proclamación de 1 Sm 3, 1—4,1a.

 

En un momento de silencio volvemos a leer el pasaje. Des­pués, juntos, leemos las siguientes orientaciones que pueden ayu­darnos a comprender mejor algunos aspectos del texto.

 

El pasaje que hemos leído está tomado de la narración de la juventud de Samuel (1 Sm 1-3) donde se cuenta su nacimiento, su consagración en el santuario de Siló y la llamada de Dios.

 

Los primeros versículos (1 Sm 3, 1-3) nos sitúan en el santuario de Siló, donde ardía la lámpara junto al arca de la alianza. Los ojos del sacerdote Elí empezaban a apagarse y el pueblo atrave­saba por una época de sequía de la Palabra de Dios. Se subraya así el contraste entre el final de una etapa que acaba con Elí y el comienzo de otra que empieza con Samuel.

 

A continuación, el autor presenta la vocación de Samuel en cuatro escenas sucesivas, señaladas mediante los diálogos repe­tidos con Elí (1 Sm 3, 4-10). En medio de la noche, en un lugar sagrado, Dios rompe su silencio y llama a Samuel por su nombre. La insistencia machacona del Señor va creando la tensión narra­tiva en la que descubrimos la firmeza de la elección de Dios y el proceso en el que Samuel va a ir respondiendo a aquella llamada. Después de tres intentos fallidos, el joven Samuel instruido por el anciano reconoce la voz de Dios y le responde: «Habla, Se-ñor, que tu siervo escucha». Con la misma disposición que Isaías, «Aquí estoy yo, envíame» (l.s 6, 8), Samuel responde al Señor en cuanto descubre que es Él quien le llama. La palabra y la escu­cha, la llamada y la respuesta son los elementos nucleares de la vocación de Samuel.

En un tercer momento, en el que cabría esperar la descripción de la misión de Samuel, el relato recoge un oráculo del Señor (1 Sm 3, 11-18). Este oráculo es un mensaje de condena, una palabra de castigo contra Elí y su familia a causa de la conducta desviada de sus hijos. Samuel no se atreve a transmitir al anciano un men­saje tan terrible, pero ante la insistencia del sacerdote de Siló le comunica el contenido de la visión.

En la parte final del pasaje (1 Sm 3, 19—4, la) se presenta en forma de sumario la cercanía de Dios con el profeta y el alcan­ce de su misión. La «palabra» —que aparece tres veces en estos versículos— sugiere que el silencio de Dios del que se hablaba al comienzo del texto ha dejado paso a su elocuencia, que Samuel transmite con fidelidad lo que escucha y que el Señor acompaña a su profeta llevando a cumplimiento su mensaje. Este cumpli­miento de la palabra que Dios transmite a Samuel es el que acre-dita al profeta y le sostiene en su misión en todo Israel, desde Dan (en el extremo norte) hasta Berseba (en el sur).

 

Nos dejamos interpelar por la Palabra (Meditatio)

 

En el silencio de una noche en el santuario de Siló o en me-dio del bullicio de nuestras calles se puede escuchar la voz del Señor. Hay quien piensa que en nuestros días Dios está lejos o guarda silencio, que sólo unos pocos responden a su llamada. A partir del relato que hemos leído veamos de qué manera ilumina la historia de Samuel nuestra propia experiencia de vida.

 

En un tiempo en el que la Palabra del Señor escaseaba, esta resonó con insistencia en la vida de su elegido. ¿Crees que los hombres y mujeres de hoy están atentos a la palabra que Dios les dirige? Y tú, ¿en qué momentos o en qué situaciones expe­rimentas que Dios está hablando? ¿Reservas tiempo en tu vida para escuchar su Palabra?

 

«Samuel, Samuel». El Señor conoce a sus hijos, los llama por su nombre. A Samuel lo llamó para ser el primer gran profeta de Israel y anunciar la Palabra a su pueblo. Sin duda, el Señor también ha pronunciado nuestros nombres. ¿Cuál piensas que es la misión que el Señor tiene reservada para ti? ¿Estás dispues­to a responder con la misma firmeza que Samuel?

 

El sacerdote Elí ayudó a Samuel a distinguir la Palabra del Señor. En tu vida, ¿qué personas te han echado una mano para que pudieras reconocer la voz de Dios? ¿Crees que podrías indi­car a otros el camino para que se encuentren con el Señor?

 

La Palabra nos pide una respuesta (Oratio)

 

«Habla, Señor, que tu siervo escucha»; «Hágase en mí según tu palabra»; «Ojalá escuchéis hoy su voz»... En nuestra oración damos gracias al Señor por su Palabra que nos despierta en cada momento, y le pedimos que nos dé la valentía que necesitamos para responder a su llamada.

 

• Proclamamos de nuevo 1 Sm 3, 1—4, 1a.

 

Compartimos nuestra oración desde lo que la Palabra de Dios nos ha sugerido.

Podemos terminar leyendo un pasaje del profeta Isaías (/s 55, 6-11) o con un canto apropiado que conozcamos.


Publicado por verdenaranja @ 23:23  | Espiritualidad
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