Lunes, 10 de marzo de 2008

Carta semanal del Arzobispo de Valencia Don Agustín García-Gasco Vicente para el 17 deFebrero de 2008.


Leyes justas y familia



La familia es la célula básica de la sociedad. Su existencia es anterior a la de las Naciones, los Estados y las Comunidades. Cada ser humano ha nacido en una familia y procede de la unión de un hombre y una mujer. Esta es la realidad natural querida por Dios y que forma parte de la ecología humana. Cualquier persona que sienta respeto por el medio ambiente y por los procesos de la naturaleza debería reflexionar sobre la importancia esencial que la naturaleza ha dado a la existencia de sexos complementarios para generar vida y para conformar el núcleo esencial de la familia.

Benedicto XVI en su Mensaje de la Paz para este año invita a las naciones del mundo a mirarse en el espejo de las familias para lograr la paz en el mundo: «Una familia vive en paz cuando todos sus miembros se ajustan a una norma común: esto es lo que impide el individualismo egoísta y lo que mantiene unidos a todos, favoreciendo su coexistencia armoniosa y la laboriosidad orgánica. Este criterio, de por si obvio, vale también para las comunidades más amplias: desde las locales a las nacionales, e incluso a la comunidad internacional».

El Papa reflexiona sobre la necesidad de leyes justas válidas para todas las personas, y en dicho sentido invita a los Estados a profundizar en la ley natural, cuyos valores «están presentes, aunque de manera fragmentada y no siempre coherente, en los acuerdos internacionales».

Benedicto XVI apela a todos los Estados al reconocimiento de los Derechos Humanos: «La humanidad no está “sin ley”. Sin embargo, es urgente continuar el diálogo sobre estos temas, favoreciendo también la convergencia de las legislaciones de cada Estado hacia el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales».

La Iglesia no se cansa de proclamar la importancia esencial de la familia en cada individuo, en la propia sociedad, y también en el desarrollo del futuro del mundo y de las relaciones internacionales.

Por ello, nadie puede extrañarse de la importancia esencial que la Iglesia concede a todo lo que afecte a la familia, fortaleciéndola o difuminando sus contornos, sembrando la confusión sobre los elementos esenciales del matrimonio y la familia. No se trata de moralismos, sino de defender la verdadera libertad: la que respeta siempre la dignidad humana. El cristianismo fortalece el matrimonio natural basado en el amor verdadero y en la dignidad de los contrayentes.

La fidelidad, lejos de vivirse como una carga, se vive por las personas que se aman como un signo de donación total. “Hasta que la muerte nos separe, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, todos los días de la vida” es la formula sacramental que resume la grandeza de un amor que está dispuesto a superar las dificultades del momento que siempre se presentarán, y que se aparta de un “amor de conveniencia”. No es lo mismo casarse “hasta que la muerte nos separe” que casarse “hasta que me convenga”. La diferencia entre el amor pleno y vital con la mera conveniencia esporádica es clara.

La doctrina de la Iglesia aprecia profundamente la dignidad de las leyes humanas por su decisiva contribución al bien común. Por eso anima a que los ciudadanos exijan a sus gobernantes el establecimiento de leyes justas, fundadas en la ley natural, en la recta razón.

La Iglesia no quiere imponer nada a nadie, pero el Evangelio tampoco se calla ante quienes pretenden imponerlo todo. La Iglesia proclama a quien quiere escucharla que la familia no es una institución cualquiera de la sociedad, sino su célula básica. Los cambios legales, económicos que perjudican a la familia son negativos para las familias y para la sociedad. Que España se haya convertido en uno de los países con más baja natalidad de Europa es un dato muy negativo con graves consecuencias en todas las esferas.

 

Las leyes que desdibujan el contorno y la definición de la familia acaban creando desconcierto, inseguridad e inestabilidad en la propia sociedad. Las niños, los adolescentes, los adultos, los ancianos, todos, necesitamos un entorno estable y seguro para desenvolvernos. Las leyes que favorecen la desintegración unilateral y sin causa de la familia la privan de toda eficacia y estabilidad. Como Pastor de la Iglesia en Valencia, realizo un llamamiento a todas las familias cristianas para que se conviertan en ejemplo verdadero que ilumine a toda la sociedad sobre la grandeza de formar familias estables, generadoras de vida y de las que depende el futuro de la humanidad.

Con mi bendición y afecto,
Publicado por verdenaranja @ 23:33  | Hablan los obispos
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