Jueves, 20 de marzo de 2008

Artículo del Padre Antonio María Hernánez del Hogar Santa Rita del Puerto de la Cruz en Tenerife publicado en la HOJA DE DIFUSIÓN PARROQUIAL DE SANTA RITA DE CASIA DE PUNTA BRAVA Y DE SAN PABLO EN LAS DEHESAS - PUERTO DE LA CRUZ, Número 140


LOS SUFRIMIENTOS DE LOS DEMÁS

 

El «sálvese quien pueda», y el pensar cada uno solamente en su propia vida y no importarle el sufrimiento de los demás, no es una actitud de persona creyente, ni siquiera de seres humanos.


Es espantoso el sufrimiento que hay en el mundo y sin irnos a ninguna parte del mundo, donde hay tanta miseria, tanto dolor y tanta hambre. Aquí mismo en el lugar donde ahora estas viviendo o trabajando. Si nosotros pudiéramos extraer el dolor, los problemas y los sufrimientos que vivimos en un mismo pueblo. Trabajando en una misma empresa, sin irnos más lejos y los pusiéramos uno encima del otro, creo que haríamos una montaña tan grande como el Teide y no digamos si nos vamos a los hospitales o a las clínicas, a los leprosarios, a los manicomios, o nos vamos a los campos de refu­giados y a tantos lugares de la tierra donde hay guerras, imagínate que montañas de dolor.


¡Cuánto dolor! ¡Cuánto sufrimiento! ¡Cuántos problemas hay encerrados dentro de cada persona! Es realmente este mundo un valle de lágrimas; pero la carga se hace menos pesada cuando se lleva entre dos. Y el camino se pasa más entretenido cuando vamos charlando en compañía. Un dolor compartido es menos dolor. Cuando Cireneo ayudó a Jesús a cargar la Cruz, el peso de la cruz fue más llevadero para los dos.


A veces una sonrisa, un tener paciencia para escuchar al otro, cuánto alivia y cuánto facilita el poder seguir adelante. Cuánto ayuda la amistad cuando es verdadera. Es curioso, estamos fabricados de amor. Dios al entregarnos su vida, al depositar un día nuestra alma en el seno de nuestra madre para que se produzca la fecundidad entregó parte de lo que es El: Amor. Dios es amor, solamente amor y nuestra alma llegó a nuestro cuerpo llena de amor. Por eso dentro de cada uno de nosotros hay almacenado mucho más amor que odio. Y es curioso, cuanto más amemos a los demás, cuánto más nos preocupemos del sufrimiento de los demás, cuanto más intentemos de hacer feliz a los demás, más invade nuestra vida el amor y cuanto más amemos sin fronteras, sin estar mirando: esto me cae bien, este me cae mal, este me cae simpático, este no lo puedo tragar, cuando amamos así, a fondo perdido sin aún esperar el ser correspondido, ¡, ayudar, colaborar, sin esperar nada a cambio. Amar, preocuparnos de los problemas, de los sufrimientos del trabajo de los demás, sin esperar que nos den ni las gracias. Esto es amor del bueno.


Tener un profundo respeto a los demás. Tener mucho cuidado de no hacer daño a nadie, ni querer perjudicar nunca a nadie, ser delicado con las palabras que decimos, aún en medio de un enfado. Medir bien lo que vamos a decir y cómo lo vamos a decir, para no herir. El corazón también se educa y así llegará un momento en qué tú mismo te das cuenta de que eres incapaz de odiar. Cuánto destruye el odio, la envidia y la soberbia. El amor une, quita distancias, quita fronteras, rompe los pequeños grupos. El que ama une, el que odia divide. No olvidemos que somos hijos de un mismo Padre y de una misma Madre. Cuánto quisiera que no fuera una mera palabra, el que seamos hermanos, pues, lo somos de verdad y así no cerrar círculos de amistad, quitar las cercas, tirar abajo las fronteras, no marginar a nadie, no discriminar a nadie, no juzgar a nadie, no desprestigiar ni criticar a nadie, ¡Qué sacamos con eso! Y aceptar al amigo tal y como es con sus sufrimientos, con sus problemas.

 

Con todo lo que significa una persona. Este es el caballo de batalla. Tener en cuenta al que más sufre, al más necesitado, al más débil, al más difícil. Hay gente que parece que disfruta haciendo sufrir. Tenemos que seguir luchando porque el lugar donde vivamos sea una verdadera familia sin hijos privilegiados, ni hijos desgraciados. No hay nadie especial. Cuántas veces he dicho que somos un todo único y aunque ciertamente haya grupos que por razón del trabajo o de donde viven de alguna manera estén cla­sificados. Aunque ciertamente es una realidad que existen grupos distintos, seamos solidarios de verdad y unámonos todos por la amistad.


En un equipo de fútbol. No todos son porteros, ni todos defensas, ni todos de­lanteros, ni todos árbitros. Cada uno tiene su propia misión; pero el equipo funciona cuando están unidos, no cuando cada uno va por su lado. Nos tiene que interesar lo de todos, no nos critiquemos pues los unos a los otros.

Sufrimientos, alegrías, aciertos y desaciertos son padecimientos de todos. Ven­ga, a seguir luchando. La unión hace milagros. El mundo será de los que más amen y que mejor lo demuestren. Esto lo he dicho muchas veces, y lo digo convencido.


Qué horrible es vivir en medio de tanta guerra, tanta lucha entre hermanos. ¡Qué horrible es ver gente insultándose, peleándose, vivir en medio de chillidos, vulgaridades, descalificaciones, groserías, faltas de respeto, qué horrible ver aún en los telediarios los enfrentamientos y hasta insultos, risas y burlas de nuestros mismos políticos entre si. Es un espectáculo desagradable el ver las risitas burlonas de un grupo mientras el otro aplaude. A veces da la impresión que se odian y esto lo están viendo los niños y los jóvenes y nosotros los adultos. Hace mucho daño el mal ejemplo de los «Padres de la Patria»

Es normal que uno piense de una manera y otros de otra; pero creo que no es motivo para el odio. Mira la misma naturaleza, qué variedad en flores, en verduras, en frutas, en peces, en animales y esto lejos de producir enfrentamientos hace que la naturaleza sea más bella. Amar al que piensa diferente como tu no quiere decir que estés de acuerdo. Son puntos de vista distintos, maneras diversas de ver las cosas. Según los principios que tenga cada uno; pero no debe ser causa de odio. Dios nos hizo distintos y tenemos derecho a ser distintos y esto, lejos de ser algo malo, es al contrario algo enriquecedor.


¡Cómo cambiaría el mundo si siguiéramos aquellas bonitas palabras de un hom­bre que quiso mucho al mundo y amó a todas las criaturas venidas de las mismas manos providenciales de Dios! Pon amor donde hay envidia y odio, pon paz donde hay guerra, pon alegría donde hay tristeza. Dale comida al hambriento, aunque sea tu enemigo. Así decía: «El Gran San Francisco de Asís»


Cómo cambiaría el mundo si nos sintiéramos más solidarios con los que sufren, no solamente en el dolor de las enfermedades del cuerpo. Qué cantidad de sufrimientos hay almacenados en este mundo en que vivimos, además de la barbaridad de enfer­medades que azotan a la humanidad en todas las partes del mundo. Cuánto sufrimiento por la soledad, la marginación, el drama de tantos matrimonios deshechos, el hambre, tantos niños abandonados, aún teniendo familia, los parados de verdad, la discrimina­ción por razón de la religión, la raza, del sexo.


Baja Señor de nuevo a la tierra, aunque terminemos crucificándote de nuevo, y sacude a esta sociedad que ha ido perdiéndose, y acabando con los valores que hacen digna la raza humana. Agarra Señor nuestros sufrimientos y únelos a tu reden­ción. Gracias, Padre Dios por pensar en mi y querer contar conmigo en la creación de este mundo dejado por Ti a medio-hacer.   

 

Antonio María Hernández y Hernández

 

 


Publicado por verdenaranja @ 16:32  | Espiritualidad
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