Martes, 25 de marzo de 2008

Artículo del Padre Antonio Hernández pueblicado en la HOJA DE DIFUSIÓN DE SANTA RITA DE CASIA DE PUNTA BRAVA Y DE SAN PABLO EN LAS DEHESAS - PUERTO DE LA CRUZ, número 130.


MI MADRE

 

Un nuevo día en el Planeta Tierra. Todo comienza a moverse; coches, motos, hombres y mujeres y la creación entera, trabajando en el engranaje de esta tremen­da maquinaria del mundo.

Hoy me he levantado pensando en mi madre, ¡Qué maravillosas son las ma­dres! Es el invento más hermoso que Dios ha realizado.

Gracias, Padre Dios por este invento, gracias por haber conocido a mi madre. Ya se marchó de este planeta; pero yo sé que está viva, que está en el cielo espe­rándome. Estás en todo, Padre Dios. Por eso la tarde en que ibas a morir nos rega­laste a tu propia Madre y te la llevaste al cielo contigo y allí la pusiste como Madre del universo. ¡Qué hermoso es saborear el nombre de Madre! iMadre! ¡Cuántos sufrimientos! ¡Cuantos dolores! ¡Cuántas preocupaciones! iCuántos desvelos! iCuán­tos recuerdos de una madre! ¡Cuántos consejos! Parece todavía oír a mi madre, dulce nombre de madre. Mi madre ha muerto; pero sigue viva. Las madres nunca mueren.

¡Dios mío! Gracias por la fe, porque por la fe la sigo viendo viva y porque es tan maravilloso tener madre tú nos hiciste el regalo de tu Madre. Una madre que no se muere, que sufre y llora para que no nos desviemos del buen camino.


Amigos, tenemos Madre en el cielo. iEl cielo! Vale la pena luchar. Qué im­porta el trabajo, el sufrimiento. Luego es el cielo. ¡Madre del cielo! iVirgencita de Candelaria! Ayúdanos a amarnos. Que en este lugar en que nos encontramos, lla­mado Planeta Tierra, nos sintamos, en verdad, hermanos. Trabajadores, voluntarios, ancianos: todos hijos de un mismo Padre y de una misma madre.


iMadre! dulce nombre de madre. Si todos en verdad somos hermanos, y estamos viviendo en un mismo hogar. ¿Por qué no nos queremos más? ¿Por qué no nos ayudamos los unos a los otros?. Hemos de ser comprensivos y tolerantes y aguantarnos.


Por eso en estos cuatro días que vivimos en este Planeta Tierra, ayudémonos. No despreciemos a nadie. Nada de burlas, ni de críticas. Nada de desprecios, ni desaires. Haz a los demás lo que tú quieras que te hagan a ti. Vamos a intentar de ser siempre delicados en el modo de tratar a los demás y los que tienen su cabeza bien ayuden a los que no la tienen tan bien. Hoy por ti y mañana por mi.

Cómo le duele a una madre ver a dos hijos que están peleados, o que no se hablan. Qué hermoso es estar unidos. Vale la pena luchar por la unión, por amarnos, sonreírnos, y tener siempre vivas las ganas de irnos al cielo, junto a nuestra Madre. Hagamos de este mundo un nido de amor, donde prime, por encima de todo, el respeto y la amistad.


Amigos todos, luchemos por conseguir un verdadero hogar lleno de amor. Todos los que habitamos este planeta somos personas humanas, todos nos mere­cemos el respeto. Nadie es más que nadie, todos somos iguales ante Dios; pero cada uno realizando la misión que le ha tocado. Nada es despreciable, ningún tra­bajo es bajo. Todo es cuestión de amor. Qué importa lo que se haga lo que en verdad importa es e! amor que se ponga en lo que se haga.


Sonríe, Dios te quiere. Levanta el ánimo. Ponle alegría a la vida. Piensa en los demás. Todos tienen derecho a que le sonrías.


Hoy me he levantado pensando en mi madre, quiero honrar a mi madre, que desde la otra parte de la eternidad esté orgullosa de su hijo. Que todos cuando te escuchen y vean cómo te comportas, piensen en tu madre, en que tienes una madre maravillosa que ya se juntó con la hermosa madre del cielo, a quien queremos con­sagrar este nuevo día.


Amigos míos, que la palabra hogar no sea el nombre de una institución sino un hogar de verdad. El padre de este hogar es Dios. La madre de este hogar es la Virgen. Nosotros en verdad somos hermanos. De aquí, al Hogar del Cielo, donde uno a uno iremos llegando. Tengamos pues, también un recuerdo para los que han vivido aquí en la Tierra con nosotros y ya están disfrutando en el cielo, sin dolor, ni sufrimientos. Que nuestros hermanos del cielo nos ayuden. Adelante amigos. Tene­mos madre.

Cuando mi madre en la Clínica de San Fernando iba a morir nos dijo: hijos míos, les espero en el cielo, vivan bien, cristianamente. ¡Madre! Tú que estás ya tan cerquita de Dios, échanos una mano para que pueda ir al cielo y no me eche a perder. No me corrompa. Sigue cuidando de tu hijo para que nos reunamos un día en el Cielo.


Yo he dicho muchas veces, que soy hijo de tres amores: El amor de Dios, el amor de mi padre y el amor de mi madre.

Una niña que leyó el escrito, me dijo: Padre Antonio, yo soy hija de dos amores, porque yo no se quién es mi padre de la tierra y, entonces le respondí, que todavía hay quién lo tiene peor, porque solo puede decir que es hija de un solo amor: Dios, pues, la madre abandonó a la recién nacida, hija, y no quiso saber nada más de ella.


De todos modos, cada uno debe amar a la madre que un día le llevo nueve meses en su seno y tuvo el coraje de respetar nuestra vida y dejarnos nacer. Está claro que de los tres posibles amores, el que no se pone en tela de juicio es el amor de Dios.


Si hemos sido llamados a vivir en el Planeta Tierra, procedente del Cielo, es porque expresamente Dios nos quiere y nos tiene preparados un bendito lugar en la casa de Padre Dios. Dios me quiere. Dios te quiere. Esta es una verdad absolu­tamente auténtica. Y somos, por encima de todo, hijos de Dios.


Visto desde Dios, nadie ha venido a este planeta ni por casualidad, ni por equivocación, ni por penaltis. Ha venido porque Dios ha querido. Para Dios somos cada uno, seres únicos, e igualmente importantes, y venimos al seno de nuestra madre, cargados de amor, porque el origen de nuestra alma es la divinidad y Dios es amor. Luego al contacto con los habitantes del planeta tierra, este amor se va contaminando, y bastante de las veces, se convierte el amor en odio y envidia.


¡Qué horrible! Que unos seres, como somos todos los hombres, creados por amor y para amar, nos contaminemos en fuente de odio, de rencor, de soberbia, de lujuria y de ira. Sabiendo que nuestro destine final es el cielo porque no cumplimos el tiempo que nos toca vivir en este planeta, para hacer el bien, para amar sin fron­teras y a «fondo perdido», sin esperar, ni siquiera correspondencia. Cada uno viene a este mundo con una misión concreta a realizar. Diríamos que cada uno viene con el proyecto debajo del brazo. Todos somos importantes para Dios y nadie es huér­fano. Tenemos una madre en el Cielo, que está preocupada en cada minuto de cada día, de todos y cada uno de todos los seres humanos que poblamos este planeta.


No esperemos a que nos amen. Amemos. No esperamos que nos ofrezcan o acepten la amistad. Lleva siempre la mochila a cuestas repleta de amistad y repár­tela a mansalva. Sé tu amigo de los demás. Eso está en tus manos.


Antonio María Hernández y Hernández

 


Publicado por verdenaranja @ 22:03  | Espiritualidad
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