Mi?rcoles, 26 de marzo de 2008


Artículo publicado en Boletín de MISIONEROS JAVERIANOS, Número 440 - Marzo 2008


ENTRE NOSOTROS

Compartiendo una ilusión
JUAN BOTTON - MÁRTIR EN CHINA
1908 - 1944



El P. Juan Botton nació en Carminagno, Vicenza, Italia, en mayo de 1908, último de diez hermanos. Nació en una familia de agricultores y pronto sin­tió la llamada del Señor, con esta intención ingresó en los Misioneros Jave­rianos en 1920, en nuestra casa de Vicenza, donde siguió sus estudios prima­rios y cursó la escuela media; posteriormente haría el noviciado y estudiaría teología en Parma.

 

Parma

 

En aquellos años, nuestra casa de Parma respiraba por todos los poros aires de China: los primeros formadores de nuestro Instituto trabajaron allí. Por otra parte, mientras Juan estudiaba teo­logía, nuestro Beato Funda­dor, Mons. Conforti, visitó China por unos meses y regresó entusiasmado de lo que había visto, «he visto un campo flo­reciente, —dijo a la co­munidad a su regreso—tal vez, entre todos los pueblos de la tierra, el chino es el más dis-puesto... si hubiera más misioneros de cate­quistas...»

 

Terminados los es­tudios teológicos, fue ordenado sacerdote por el Beato Conforti en abril de 1931. Después de la ordenación, durante tres años, es-tuvo en Italia trabajando en la animación misionera.

 

China

 

En Septiembre de 1934, llegó el tan deseado momento por el P. Juan: su mar-cha a China, donde llegó, acompañado de otros seis javerianos. Llegaron a Shanghai y de allí siguieron a Zhengz­hou, donde los javerianos tenían la Casa Religiosa. Inmediatamente se dieron al estudio del chino.

 

Terminado el tiempo del estudio, el P. Juan fue destinado a la misión de Zhengzhou, que se encontraba en la provincia de Henan, una zona, en gran parte, montañosa. Tenía una extensión de 32.000 Km. cuadrados y contaba con una población de más de siete millones de habitantes. Después de treinta años de cristianismo los cristianos eran unos 20.000.

 

Pobreza y guerra

 

El problema más grande de la zona era el hambre, que comenzó a agravarse en los últimos meses de 1936. Muchas familias se vieron obligadas a marchar a otros lugares del país en busca de mejores oportunida­des de vida que, casi seguro, no encontra­rían. Había mucha gente hambrienta, enferma, desnutrida, en los huesos...

 

A la miseria se juntó la guerra. Ya desde 1931, Japón había de-mostrado sus intenciones imperialitas sobre Chi-na. En Julio de 1937, Japón comienza a mover sus tropas hacia Pekín y hacia Chi-na entera. Los dos bandos cuentan con de-cenas de miles de soldados, los enfrenta­mientos son cada vez más frecuentes; la destrucción, el saqueo y la muerte se ex-tienden; las misiones son atacadas y des­truidas, los misioneros se ven obligados a cambiar de residencia.

 

Campo de concentración

 

Italia entra en guerra al lado de Alema­nia, ambas son amigas de Japón y, por lo tanto, consideradas enemigas de China. Los Misioneros italianos son sospechosos y en ocasiones son acusados de espías, el clima es tenso entre los chinos y los ita­lianos, no es fácil convencer a las autori­dades de que tales sospechas son infun­dadas. Las represalias no tardan en llegar: el 6 de mayo de 1942 se ordena a los misioneros italianos que, en el plazo de un mes, deben estar todos en el campo de concentración de Neixiang, a 400 Km. de la zona donde se encuentran trabajando. Comienzan un fatigoso y largo viaje: con lo puesto, comiendo de lo que les daban, sin ninguna posibilidad de atención mé­dica... Las condiciones del campo eran desastrosas: eran unas casuchas viejas, sin organización interna, comiendo cuan-do les llevaban algo, expuestos al frío...

En noviembre de 1943, los PP. Zulián y Juan son liberados y vuelven al hospi­tal, del que P. Zulián había sido director, en la ciudad de Zhehgzhon, y comienzan a hacerlo funcionar de nuevo.

 

Para salvar a otros

 

Nos lo cuanta el P. Zulián en su diario: «29 de abril de 1944: Los japoneses avanzan. El patio del hospital está lle­no de mujeres y niños. Hacia el medio día algunos japoneses entran en el patio, pistola en mano, gritando que somos espías... pero la cosa queda ahí.

30 de abril de 1944: la ciudad es bombardeada, cerca del hospital caen las bombas, el grueso del ejército japo­nés está cada vez más cerca, los soldados chinos resisten como pueden pero van retrocediendo, los disparos cada vez están más cerca de nosotros... Ha­cia las cinco de la tarde los japoneses están en el patio del hospital. El P. Juan dice: «ya están aquí, yo salgo, de lo con­trario nos lanzan alguna granada y aquí morirnos todos». Sale velozmente y en la puerta encuentra dos japone­ses, grita. «italiano, italiano» y dando un grito de dolor cae al suelo, los dos japoneses le han clavado las bayone­tas. El P. Juan se desangra rápida-mente..., muere diciendo: «no lloréis, estoy bien así», después con un suspi­ro espiró diciendo: «Señor, ven a lle­varme».

 

Posteriormente llega, un oficial que, viendo al P. Juan muerto, me pregun­tó por nuestra nacionalidad, al contes­tarle que éramos italianos pidió disculpas y añadió: «son los errores de la guerra». n

 

P. Luis Pérez Hernández s.x.


Publicado por verdenaranja @ 23:09  | Misiones
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