Domingo, 30 de marzo de 2008

Extracto de trabajo sobre "El Carisma del Movimiento de Cursillos de Cristiandad": FIDELIDAD Y RENOVACIÓN del P. Antonio Diufaín Mora Viceasesor del Secretariado Nacional R. D. Asesor del Secretariado Diocesano de San Pedro de Macorís. Octubre, 2004

LOS CARISMAS


CONCEPTO DE CARISMA

 

No pretendo ahora hacer una reflexión teológica exhaustiva sobre los carismas. No es el lugar ni el momento. Me limitaré a precisar lo que comúnmente entendemos en la Iglesia cuando nos referimos a carismas.

Carisma (Kharisma) es una palabra que nos viene del griego y que deriva de la palabra gracia (Kharis).

Los carismas son “dones” de Dios, distintos de “el don” de Dios, que es la gracia.

Los carismas son un resultado de la gracia. La gracia es la fuente de los carismas. Y, no hay carismas auténticos sin vida de gracia.

Los carismas son dones de Dios, distribuidos por el Espíritu a una o varias personas, no para beneficio propio, sino para la utilidad común y la edificación del Cuerpo de Cristo1.En pocas palabras: dones de Dios recibidos para el bien de la Iglesia.

 
UNIVERSALIDAD Y VARIEDAD DE LOS CARISMAS

Hay carismas para todos y carismas para todo2.

Todo bautizado tiene carismas3..

Dios es quién construye su Iglesia. Por medio de Jesucristo tuvo a bien instituir las estructuras de esta Iglesia, pero no cesa de construirla actualmente por los dones, kharismata, los servicios o ministerios, diakoniai, los diversos modos de acción, energemata, de que habla san Pablo en 1Cor 12,4-6. Y lleva a cabo esto distribuyendo talentos y dones a todos los fieles.

Existe el peligro de entender por carisma sólo una manifestación extraordinaria (curaciones, hablar en lenguas, profecía...), incluso excepcional.

No es esta la verdadera noción de carisma. San Pablo habla de carismas tan poco llamativos como los de exhortar y consolar (Rm 12,8), de servir (Rm 12,7), de enseñar ( Rm 12,7; 1Cor 12,28s), discurso de sabiduría y de ciencia (1Cor 12,8), de fe (1Cor 12,9), discernimiento de espíritus (1 Cor 12,10), de ayuda y gobierno (1Cor 12,28).

En san Pablo, los carismas son aquellos dones de naturaleza y de gracia que distribuye el Espíritu y emplea para utilidad y edificación de la comunidad. En este sentido todos los fieles tienen carismas. Todos están llamados a ejercitar sus dones para la utilidad común.

Hay variedad de carismas.

Extraordinarios o sencillos y humildes.

En su rica diversidad reflejan la pura y única Luz del Espíritu Santo.

Son una riqueza para la Iglesia.

Siempre que se trate de dones que provienen verdaderamente del Espíritu Santo.

Y que se ejerzan de modo plenamente conforme a los impulsos auténticos de este mismo Espíritu, es decir, según la caridad.

La caridad es la verdadera medida de la importancia de los carismas4.


ELEMENTOS DEL CARISMA

 

Todo carisma tiene tres elementos constitutivos, que comportan unas exigencias:

Un don de Dios:

Lo recibimos de Dios: discernimiento (1 Jn 4,1).

Gratuitamente, sin mérito de nuestra parte: agradecimiento (1 Cor 1,4).

No lo poseemos en propiedad, sólo lo administramos (Mt 25, 14ss: "Los talentos"): responsabilidad

Que nos capacita:

Quedamos preparados y dispuestos para asumir diversas tareas o ministerios5: reconocimiento (por el que los recibe y por todos los miembros de la Iglesia) (1Tim 1,12).

Para el bien de los demás:

Es carisma en tanto y en cuanto está directa o indirectamente puesto al servicio de los demás: caridad (1Cor 12,7; 13,1-13).

Para la construcción (renovación, vitalidad apostólica, santidad) de la Iglesia: eclesialidad (1 Cor 14,12).

No para el lucimiento o beneficio propio: humildad (1Cor 13,4).


EL DISCERNIMIENTO DE LOS CARISMAS

 

Siempre es necesario el discernimiento de los carismas6

“Ningún carisma dispensa de la referencia y sumisión a los pastores de la Iglesia”7.

Los pastores tienen “el carisma de discernir los carismas”.

“A ellos compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno”, a fin de que todos los carismas cooperen, en su diversidad y complementariedad, al “bien común”.

El Concilio Vaticano II nos dice: De la recepción de estos carismas, incluso de los más sencillos, procede a cada uno de los creyentes el derecho y la obligación de ejercitarlos para bien de los hombres y edificación de la Iglesia, ya en la Iglesia misma, ya en el mundo, en la libertad del Espíritu Santo, que "sopla donde quiere" (Jn. 3,8), y, al mismo tiempo, en unión con los hermanos en Cristo, sobre todo con sus pastores, a quienes pertenece el juzgar su genuina naturaleza y su debida aplicación, no por cierto para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (Cf. 1 Tes., 5,12; 19,21).8

«No puede sacarse de aquí la conclusión –algunas veces insidiosamente aireada– de que el Papa y los Obispos tengan en la marcha de la Iglesia una misión negativa, como freno y cauce prudencial de la vida y de la acción, que sería sólo patrimonio de los carismáticos. Ni tampoco debe concluirse que la Jerarquía pueda prescindir a su arbitrio de los carismas del pueblo de Dios. La verdad es mucho más bella y fecunda. El don de gobierno en la Iglesia es un auténtico carisma, “carisma institucional”, que procede del mismo Espíritu Santo y mueve al gobernante a la acción positiva de enseñar, santificar y gobernar; a no apagar la acción del Espíritu (“non Spiritum exstinguant” ( Cons. Dog. Iglesia, 12), “non quidem ut Spiritum exstinguant” ( Decr. Apost. Laicos, 3 ), sino que los ayuda y mueve a que “todo lo prueben y retengan lo que es bueno” (“omnia probent et quod bonum est teneant”, I Tes. 5, 12.19.21, Ibíd., 3).

Así, pues, enseña el Concilio que el Sumo Pontífice y los Obispos tienen, en lo que a los carismas se refiere, una misión positiva y concreta, para la que les asiste la acción del Espíritu Santo:

la de reconocer los verdaderos carismas,

alentarlos y promoverlos;

distinguirlos de los falsos,

señalar el cauce para su recto ejercicio en el seno de la comunión de los hermanos y asegurar de este modo su plena fecundidad y eficacia.»9

«No sería conforme a la voluntad de Dios que un pastor sagrado suprimiera o sofocara un verdadero carisma, o lo desviara de su recto camino. Esto es muy cierto. Pero debemos afirmar a continuación que tampoco sería conforme con la voluntad divina que un miembro del Pueblo de Dios pretendiera imponer su pensamiento, su punto de vista o su inspiración carismática a la Jerarquía.»10

Por tanto, los pastores de la Iglesia tienen, respecto a los carismas, la responsabilidad de juzgar, de discernir:

su genuina naturaleza,

su debida aplicación,

no para sofocar, sino para encauzar.11

 


(i)                  [1] cf. 1Cor 12,7; 1Pe 4,10

(ii)                 [2] Gayá, S., Carisma Fundacional del MCC, en “54 temas sobre el MCC”, ed. Trípode, Caracas, 1991.

(iii)               [3] cf. Congar, Y., El Espíritu Santo, Barcelona 1991, p. 367s

(iv)               [4] cf. 1Cor 13

(v)                [5] cf. LG 12; cf AA 3

(vi)               [6] cf. LG 12; LG 30; ChL, 24

(vii)             [7] ChL 24,11

(viii)            [8] AA 3; Cf. LG 4, 7, 12, 30; PO 9; AG 4.

(ix)                [9] Mons. Juan Hervás, Carisma y Cursillos de Cristiandad, p. 16.

(x)                 [10] Idem, p. 18.

(xi)              “Podemos ver un elocuente ejemplo en aquellas dos vigorosas personalidades del siglo XIII, que se sintieron irresistiblemente llamadas a reaccionar contra los graves males que aquejaban a la Iglesia de su tiempo: Pedro Valdo y Francisco de Asís.

(xii)            Pedro Valdo, al que puede reconocerse una buena intención inicial, llega a un momento de su vida en que lo que hubiera podido ser don carismático para bien de la Iglesia, se enfrenta y choca con el carisma institucional de la Jerarquía. Pugna contra el Papa y los Obispos y pretende, sin ellos y contra ellos, reformar y purificar la Iglesia, convencido de que le inspira el mismo Dios. “En la Iglesia debe mandar el más santo”, piensa. Y no duda en revestirse a sí mismo de la pureza y santidad que niega, que no ve o que no existía, ciertamente, en algunos Pastores de la Iglesia.

(xiii)          Por el contrario, Francisco de Asís, acuciado por ideales de pobreza, renuncia y pureza, que coinciden en muchos aspectos con los de Pedro Valdo, emprende la lucha por camino muy distinto al de su contemporáneo. Sin duda, estaba revestido de una santidad que no tenían muchos Prelados con quienes tuvo que tratar, pero no le arredran las miserias de los hombres ni las dificultades que en aquella época atravesaba la Iglesia. Él trata, ante todo, de someter su vocación carismática a la Jerarquía. Y con la bendición del Sumo Pontífice Inocencio III, comienza su obra de renovación de la Iglesia “desde dentro”, en “comunión con los hermanos” y “plenamente sometido a las disposiciones de la Jerarquía”.

(xiv)            Así, de la misma raíz de una noble inquietud espiritual, justificada por los males que azotaban la vida cristiana de la época, arrancan a un tiempo la herejía valdense y el franciscanismo, el orgullo rebelde y la evangélica humildad, un nuevo mal de la Iglesia y el providencial remedio que necesitaba. La raíz fue la misma, pero el camino muy diverso. A Pedro Valdo le faltó lo que el Concilio hoy tan claramente nos ha explicado: someter lo que él juzgaba carisma personal a aquellos que, por voluntad de Jesucristo, tienen el don de gobernar la Iglesia.” (Idem, p. 21).

(xv)              [11] Al reflexionar sobre la responsabilidad de los pastores respecto al discernimiento de los carismas, me vienen a la memoria unos versos que el poeta gaditano –mi paisano– dirige al alma ardiente de Javier por boca de Ignacio de Loyola:

(xvi)           JAVIER:Pero ¿quién te manda ser mi guardador?

(xvii)         IGNACIO: El dolor de tu alma ardiente, Javier: me da pena verla arder sin que dé luz ni calor.
Eres arroyo baldío que, por la peña desierta, va desatado y bravío.
¡Mientras se despeña el río, se está secando la huerta!

(xviii)       ...

(xix)           Vengo a ensancharte, Javier, en ti mismo tu medida, y a hacer que se talle y mida por tu ambición, tu valer; quiero en tu tierra poner nuevas espigas y flores; templarte en nuevos ardores
el sentimiento y la idea, y, bruñéndola a dolores, hacer que tu vida sea, sin mancha de error ni mal,
como perfecto fanal en el que no se adivina en donde el aire termina y en dónde empieza el cristal.

(xx)               (El Divino Impaciente, José María Pemán)


Publicado por verdenaranja @ 0:16  | Espiritualidad
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