Domingo, 30 de marzo de 2008

Comentario a las lecturas del segundo domingo de Pascua - A publicado en el Diario de Avisos el 30 de Marzo de 2008 bajo el epígrafe "el domingo, fiesta de los cristianos".
 

 

¡Ei que fué

a Sevilla!


DANIEL PADILLA


Creo que te comprendo, Tomás. Aquella frase tuya, tan gráfica –"Si no meto mis dedos en las llagas de sus ma-nos y mi mano en su costado"- dirigida a los apóstoles, radiantes de haber visto al Señor, te ha bautizado para siempre: "Tomás, el incrédulo". Aún, en las conversaciones diarias, cuando alguien cuenta algo sorprendente, decimos con ironía: "Yo, como Tomás: ver para creer". Pero yo te comprendo.


Porque, verás. Los hombres y las mujeres, a partir de los siete años, somos como tú. Más filósofos que teólogos. Más experimentalistas que místicos. De niños, sí, lo creíamos todo: que había un hombre dentro de la radio y que, desde allá ha­blaba. Pero llegando al "uso de razón", esa "razón" nos inclina a "meter los dedos" y las manos en las heridas, para palparlas.


Pero yo no creo que tú fueras un incrédulo. Al menos, en el sentido de rechazar la posibilidad de la presencia del Resucita-do en aquella "soledad" que estaban viviendo. ¡Si era eso jus­tamente lo que anhelaban: ver a Cristo vivo! Lo que pasa es que, cuanto más deseamos una cosa, ese mismo deseo nos ha-ce negarla. Un padre dice a su hijo: "Si apruebas, iremos de va­caciones a Disney". Y es tanta la alegría del niño, que quiere que eso lo repita otra vez. Eso querías tú, Tomás: que te lo re­pitieran.

Por otra parte, con tu frase tan cruda y realista –"si no me-to mis dedos..."- lo que hacía era alinearte al lado de todos los hombres que hacen un camino y tienen miedo. Miedo de ir "so-los". Miedo de no contar con una compañía más fuerte. Eso le pasó al pueblo de Israel en el desierto. Como Moisés tardaba en bajar de la montaña, pidió a Aarón: "Haznos un Dios que ca-mine delante de nosotros". Eso le decían los de Emaús a aquel caminante que se puso a su lado: "Quédate, Señor, con noso­tros". Es cosa dura caminar desasistidos por la estepa solitaria, sin la evidencia de alguna huella conocida. Es muy humano ese miedo y no me parece un pecado tan grande. En el fondo, es como una confesión negativa de nuestra necesidad de Dios: "No me escondas, Señor, tu rostro"...

Lo malo no es eso. Lo malo sería que, después de tener una constatación de la presencia de Dios, acaso no se arre­glasen las cosas. Porque los paisanos, fueron testigos de las "maravillas de Dios". ¿Por qué, pues, más de una vez, les llamó Jesús: "hombres de poca fe"? No está claro, Tomás, que el "ver y palpar" lleve necesariamente a la fe. ¿Sabes una cosa? En las visiones, vemos "lo que queremos". No ve-mos con los ojos sino con el deseo, con la disposición inte­rior, con las ganas de ver. Por eso seguramente dijo Jesús: "Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios". Es menester tener el alma limpia sin prejuicios y muy anhelante; entonces es cuando "se ve". Ante los milagros continuos de Jesús, unos creyeron y otros no. ¿Por qué? Por eso, Tomás: porque hace falta una cierta docilidad del alma para todo encuentro, un dejarse empapar por la gracia. De hecho, en las personas que nos resultan gratas sólo vemos virtudes. En las que resultan antipáticas, sólo defectos. Es por esa razón: porque "vemos lo que queremos".


Pero, además, con toda confianza, Tomás, quiero decirte otra cosa. Y es que no te quejes mucho. Porque tú fuiste un pri­vilegiado. A ti, en buena ley, te correspondía haberte quedado sin premio. Ya sabes el refrán: "El que fue a Sevilla, perdió su silla". Pues, no. Te saliste con la tuya. Te visitó el resucitado. Y te enseñó las llagas. ¡Claro que te dirigió un implícito reproche: "Dichosos los que sin ver, creen"!


¡Menudo corte, ¿eh, Tomás?! ¡Te pusiste colorado, supongo!


Publicado por verdenaranja @ 20:42  | Espiritualidad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios