Mi?rcoles, 02 de abril de 2008

Reflexión sobre en evangelio del Tercer Domingo de Pascua - A, publicado en cuaderno de Caritas  CUARESMA Y PASCUA 2008.

EL ENCUENTRO EN EL CAMINO

 

Los dos discípulos querían olvidar, pero no podían. No podían olvidar al Maestro, sus palabras, sus proyectos, sus signos, tanta fuerza, tanta verdad, tanta misericordia. Y no podían olvidar la dramática condena y la cruz horrorosa. Por eso comentaban, conversaban, discutían...

Y es que Cleofás y el otro discípulo habían perdido la fe y la esperanza, pero no habían perdido el amor. Seguían admirando a aquel hombre, tenían su imagen muy entrañada en su corazón. Ya no sabían quién era, quizá un gran profeta, pero lo amaban. Discutían, pero lo amaban.


Es ahora cuando se acerca el peregrino. No sabían quién era, pero no tarda­rán en reconocerlo. Era el amigo y el pastor que iba en busca de las dos ovejas que se perdían. La iniciativa, como siempre, parte de Jesús. Aunque tú te olvides de él, él no se olvida de ti. Aunque tú ya no creas en él, él sigue confiando en ti.


Claro que de algún modo los discípulos le estaban llamando. Ojalá fuera verdad lo que decían las mujeres. Ojalá se nos aparecieran los ángeles tam­bién a nosotros para decirnos que está vivo. Ojalá se nos hiciera presente y lo pudiéramos ver. Era la llamada del deseo, es decir, del amor, Jesús se hace presente cuando se le desea con pasión. 

 

La catequesis

 

El caminante, como buen catequista, primero se acerca, escucha, empaliza. Después aportará la luz y la medicina necesarias. El punto más difícil de en-tender y aceptar era el sufrimiento y la muerte humillante del Mesías. Desde su cultura veterotestamentaria no podían esperar otra cosa que el triunfo y la gloria. Este final de Jesús les desequilibraba radicalmente.


Y por eso Jesús, utilizando el argumento bíblico, el más autorizado para ellos, les prueba la necesidad de que el Cristo padeciera. El Mesías había de ser el Siervo de Yahveh, el Cordero de Dios, la serpiente medicinal puesta en alto. El Mesías no triunfaría por la espada, sino por el amor entregado.


Las palabras del compañero desconocido surtían efecto, iluminaban sus conciencias y encendían sus corazones. Escuchaban entusiasmados y empeza­ron a encariñarse con el desconocido. Todavía no sabían quién era, pero ya lo amaban. Fui peregrino, fui forastero y me acogisteis. ¡Cómo necesitarnos tam­bién nosotros que Jesús nos explique las Escrituras y la necesidad de pasar por el sufrimiento y la cruz!


Les explica el misterio del dolor, escritos referentes al Mesías. Su palabra les llega al corazón y les llena de luz y de alegría.

 

LA CENA Y LA FRACCIÓN DEL PAN

 

Los discípulos se sentían entusiasmados con la presencia y los discursos de aquel caminante desconocido. Qué lucidez y qué fuerza persuasiva en sus pa-labras. Se les hacía demasiado corto el camino y ya no querían separarse de él. Por eso, cuando hizo ademán de despedirse, salió de su corazón una súplica inspirada: ¡Quédate con nosotros, porque atardece!

 

No era una invitación de compromiso. era un grito del alma. Ya va siendo tarde, pero si te alejas, llega la noche. Si tú nos dejas, volverán las dudas y ten­dremos frío. Si no te quedas con nosotros, volveremos a nuestras discusiones y nuestras tristezas.


¡Quédate con nosotros! Cuántas veces lo hemos rezado y cantado. Es una peti­ción que brota del Espíritu. Y es que a Cristo lo necesitamos siempre, porque sin él no podemos nada. Si Cristo desapareciera, ¿qué sería de nuestras vidas?, ¿qué sentido tendría nuestra existencia? Preguntemos a Pablo qué significaba para él Cristo y que significaría para él perder a Cristo. Sería sin duda, el infierno. Nos pasa también a nosotros cuando alguna vez Cristo parece esconderse y su presen­cia se oscurece, ¿no sentimos la pena, el vacío, la inseguridad, la falta de sentido? Que nos hable S. Juan de la Cruz sobre lo que supone y significa la noche.


Y Jesús se quedó con ellos. No podía ser de otra manera, porque es el Enma­nuel, el Dio-con-nosotros. El ha venido para quedarse siempre con nosotros. Lo que tenemos que preguntarnos es si nosotros queremos estar siempre con él.


Sentado a la mesa


Era la primera vez que cenaba con sus discípulos después de la última Cena. Estamos hablando de una nueva Eucaristía: los mismos signos, los mis-mos gestos: tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio.


No hizo falta más. No esperaron a que dijera: esto es mi cuerpo. Lo recono­cieron. ¿En qué momento?¿En qué se fijaron más: en las palabras de bendi­ción, en la mirada, en el gesto de partir el pan —la fracción del pan— ...? Cada palabra y cada gesto iban cargados de entrega, llevaban la marca del amor más grande. Contaron cómo lo habían reconocido al partir el pan.


¿Cuándo reconocemos nosotros a Cristo?


¿Podría alguien reconocer a Cristo a través de nuestras palabras y nuestros gestos?


Publicado por verdenaranja @ 22:57  | Espiritualidad
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