Martes, 08 de abril de 2008



Homilía en la Misa de la 95º Asamblea Episcopal (CEA)

“Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo. Algunos miembros de la sinagoga llamada “de los Libertos”, como también otros originarios de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de la provincia de Asia, se presentaron para discutir con él. Pero como no encontraban argumentos, frente a la sabiduría y al espíritu que se manifestaba en su palabra, sobornaron a unos hombres para que le dijeran que le habían oído blasfemar contra Moisés y contra Dios. Así consiguieron  excitar al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y llegando de improviso, lo arrestaron y lo llevaron ante el Sanedrín. Entonces presentaron falsos testigos, que declararon: “Este hombre no hace otra cosa que hablar contra el Lugar santo y contra la Ley. Nosotros le hemos oído decir que Jesús de Nazaret destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos ha transmitido Moisés”. En ese momento, los que estaban sentados en el Sanedrín tenían los ojos clavados en él y vieron que el rostro de Esteban parecía el de un ángel.” (Hech 6: 8-15).


“Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos. Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿Cuándo llegaste?”. Jesús les respondió: “Les aseguro  que ustedes me buscan, no porque vieron signos sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”. Ellos le preguntaron: ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Jesús le respondió: “La obra de Dios es que Ustedes crean en aquel que él ha enviado”. (Jn. 6: 22-29).

Lunes de la 3ª Semana de Pascua.

 

      1.   En medio de una crónica prieta Juan sitúa un diálogo entre Jesús y su pueblo. Con pinceladas rápidas recuerda que el Señor alimentó a cinco mil hombres, que sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua, que al día siguiente la multitud se percata que Jesús no había partido con sus discípulos, que –mientras tanto- unas barcas de Tiberíades atracan en el lugar de la multiplicación de los panes y –al constatar que Jesús no está allí- vuelven a embarcar y van a Cafarnaun a buscar a Jesús y allí lo encuentran. Tal es la crónica. Y, en este marco, el diálogo con Jesús: “Maestro, ¿Cuándo llegaste?”, “les aseguro que Ustedes me buscan no porque vieron signos sino porque han comido pan hasta saciarse” (Jn.6:25-26).


2.    Jesús hace notar un cambio de actitud en el corazón de ese pueblo que, antes del milagro de los panes, lo seguía “al ver los signos que hacía curando a los enfermos” (Jn.6:2) y luego se maravilla por el signo de alimentar a la multitud y confiesa con fe y entusiasmo: “Este es verdaderamente el Profeta que debe venir al mundo” (Jn. 6: 14). Finalmente quiere apoderarse de él para hacerlo Rey (Jn. 6:15). Los sentimientos del corazón de esa gente se deslizan imperceptiblemente de la confesión mesiánica al deseo de fundar el reino temporal. De ahí todo ese  movimiento y la pregunta, casi reproche, al Señor en el momento del encuentro: “Maestro, ¿cuándo llegaste?” (Jn. 6:25). El cambio de actitud de la gente no es algo nuevo ni será ésta la última ocasión que pase. Había sucedido en la Sinagoga de Nazareth (Lc. 4: 16-30) y se repetirá luego en forma de desilusión o temor o cansancio o debilidad (Jn. 6: 66-67). Después del Domingo de Ramos sucederá el Viernes Santo ante Pilato: el “Hosanna” se convierte en “Crucifícalo”. Sus mismos discípulos, tan adheridos a él, en el momento de la prueba huyen espantados y la mañana de la Resurrección tienden a optar por la seguridad del escepticismo, la duda, y hasta tomar distancia de Jerusalén.

       
3.   Existe un momento en la experiencia de la relación con Jesús, en el cual el estupor que produce el encuentro con Él, todo encuentro con Él,  hace tambalear la seguridad humana, y el corazón teme dilatarse en el gozo de ese encuentro, se asusta y retrocede refugiándose en  lo que podríamos llamar el autocontrol, el tomar las riendas de la relación con el Señor, acomodándola a los parámetros de cierta sensatez y sentido común meramente humanos. Lucas describe genialmente esta experiencia en la aparición del Señor Resucitado a los discípulos: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” (Lc. 24: 41). Miedo a la alegría, miedo a la autodonación de sí que supone el encuentro con Jesucristo, miedo a dejarse conducir por el Espíritu.
        
4.   Sucede entonces algo así como una reacción de nuestra autonomía. El señorío que nos fue dado en la creación (Gen. 1: 28)  reclama sus derechos: el hombre quiere conducir y controlar él la relación con Dios, pero se olvida que su señorío está  herido por el pecado. De ahí el reduccionismo de la experiencia religiosa al ámbito de lo controlable. En esta dirección apunta la advertencia de Jesús a sus interlocutores: “Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el que permanece  hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque es a él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello” (Jn. 6: 27). Jesús siembra una nueva levadura en este señorío herido, y nos recuerda que la tarea consiste en  realizar las obras de Dios que es creer en Aquél que él ha enviado (cfr. Jn. 6: 28-29). En medio de esa vacilación de querer refugiarnos en nuestro señorío enfermo el Señor planta la bandera de la fe, como lo hizo la mañana de la Resurrección (cfr. Lc. 24: 39-40). Juan, años más tarde y en medio de las persecuciones, glosará estas palabras del Señor: “La victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (I Jn. 5: 4-5)
      
5.   Nuestra vida de hombres, de cristianos y de pastores estará siempre tironeada en esta tensión. Por una parte ejercer nuestro señorío humano con las cualidades y medios que el Señor nos da y, por otra, no caer en la seducción de quedarnos allí, en los emprendimientos y las realizaciones, satisfechos sólo con “ese pan”. El Espíritu nos empuja a buscar más allá de los logros y satisfacciones inmanentes; nos llama al encuentro con Jesucristo a “quien Dios, el Padre, marcó con su sello” (Jn. 6: 27); a tender a ese encuentro que nos descoloca y nos unge con la fuerza de Dios, ese encuentro al que no podemos controlar en la experiencia del estupor y la alegría. El Espíritu nos conduce a vivir no para nosotros mismos sino para el Señor, a pertenecer al Señor (cfr. Rom. 14: 7-8). Las propuestas mundanas o inmanentes –en cambio-  nos colman  a medias y nos dejan  a mitad de camino en el seguimiento de Jesucristo. Las tentaciones contra la libertad y el gozo del encuentro con el Señor serán siempre las mismas: ese reduccionismo de todo al ámbito de nuestro mundo humano (cfr. Hech. 1: 6), ese querer domesticar al Señor con alternativas clausuradas en el límite de lo que Jesús llama “el alimento perecedero” (Jn. 6: 27) como lo pretendió Pedro (Mt. 16:22 ss.) o el mismo Satanás en el desierto (Mt. 4: 1-11); también puede darse la tentación de idolatría en la pretensión de reducir el ministerio a mera gestión, o la tentación de superficialidad que nos ofrece el refugio “prêt à porter” de teologías o espiritualidades gnósticas que despojan al Señor de su soberanía y satisfacen sólo a medias y por un tiempo; y también la tentación de pretender o buscar en nuestra tarea  una Iglesia similar a la mujer encorvada del Evangelio (cfr. Lc. 13: 11), Iglesia autoreferencial que, a la larga, no puede salir de sí hacia el anuncio y, en su psicología clausurada, pierde el gozo de ser la Esposa fiel y fecunda en hijos de Dios.

6.   En medio de esta tensión que cada uno de nosotros experimenta tantas veces, la Iglesia hoy nos propone el ejemplo de Esteban, su opción por el alimento de la vida eterna, su opción por la obra de Dios, la fe en aquél que el Padre ha enviado, Jesucristo, (cfr. Jn. 6:29) opción hasta el martirio. Esteban no vivió para sí ni murió para sí, sino para el Señor. Tanto en la vida como en la muerte perteneció al Señor (cfr. Rom. 14: 7-8). Asumió su momento histórico y lo hizo en un acto de confesión de la soberanía y señorío supremo de Jesucristo sobre su personal señorío humano; entregó su espíritu en adoración a Jesucristo y servicio a él en la persona de los demás dando testimonio y pidiendo perdón por ellos. Contemplando su rostro transfigurado dejemos plantar la bandera de la fe en nuestra vida de todos los días, adoremos en esta Misa a Jesucristo y dispongamos nuestro corazón sacerdotal al servicio del prójimo. Y pienso que, mirando a nuestro pueblo,  nos hará bien recordar el llamado de Pablo a los Romanos: “Hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: éste es el culto espiritual que deben ofrecer. No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que agrada, lo perfecto” (Rom. 12: 1-2). Que así sea.


Pilar, 7 de abril de 2008.


Card. Jorge Mario Bergoglio s.

Publicado por verdenaranja @ 23:09
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