Jueves, 10 de abril de 2008


Homilía en la S. I. Catedral Primada del Sr. Cardenal de Toledo, Don Antonio Cañizares, en el tercer domingo de Pascua, 6 de Abril de 2008.

 

Domingo III de Pascua

Homilía en la S. I. Catedral Primada


Jesús resucitado está presente en la Iglesia. El Evangelio que hemos proclamado es una meditación sobre esta Presencia. Presente en la Palabra de Dios, en la Fracción del Pan y en la Comunidad Apostólica. Tres momentos también en la lectura del Evangelio: el camino de Emaús, la fracción del pan, el retorno a Jerusalén: Palabra, Eucaristía, y Misión.


      Camino de Emaús, presente en la Palabra de Dios. Los dos discípulos se marcharon de Jerusalén cuando ya corría entre los discípulos la noticia de que el sepulcro estaba vacío y sin el cadáver; pero no la de que Jesús se hubiese manifestado vivo. Saben lo del sepulcro vacío y se van de Jerusalén, alejándose de la comunidad apostólica. Estamos ya en el tercer día desde que habían matado y sepultado al que fue profeta poderoso en obras y palabras. Los dos caminantes se hablan el uno al otro en diálogo cerrado, con lo que solo consiguen hacer más oscuro su pensamiento; se les han caído las alas de la esperanza, porque habían esperado mal; expresan su desaliento y personifican el desaliento, enfermedad característica de la fe cuando no se alimenta de la Palabra de Dios; así dicen: "esperábamos que él iba a ser el futuro libertador de Israel". Jesús, desconocido para ellos, porque lo imaginaban mal y lo entendían peor, sale a su encuentro como Maestro. Están escuchando a Jesús, Palabra única de Dios, en la que Dios nos los dice todo, en quien está la auténtica explicación y cumplimiento de la Palabra de las Escrituras. Jesús se centra en la clave de todo el misterio cristiano: la gloria germina en la Cruz; todo se refiere a esto, los profetas y Moisés, todas las Escrituras encuentran su sentido aquí, toda la historia, toda la vida del hombre encuentra su sentido aquí, en Él, muerto y resucitado. Explica las Escrituras; al pasar por sus labios la letra de las Escrituras se enciende en el Espíritu que la inspiró, y su llama trasfigura el corazón de los que la escuchan. Cristo camino de Emaús es norma de cuantos sienten la responsabilidad de comunicar al mundo la Palabra de Dios. Cuando la comunidad eclesial proclama la auténtica Palabra de Dios y auténticamente se explica, Cristo está presente. Jesucristo, Palabra viva que por medio de signos escritos y orales entra en el profundo sentir del hombre para elevarlo a la sintonía con el pensar y sentir de Dios. A los dos de Emaús, antes hundidos en el pesimismo, les arde el corazón mientras escuchan al desconocido Maestro. Explicar las sagradas Escrituras de manera que se conviertan dentro de cada uno en fuego de la propia alma es misión propia de la Iglesia. Y, sobre todo, gracia de Dios. Fundamento, corona de toda catequesis, desde el nivel infantil hasta la más alta teología.


      Presente en la Fracción del Pan, en la Eucaristía. Aun alejándose de Jerusalén donde ha renacido la esperanza, en su camino ya no van solos; su momento crítico será decirle al desconocido: "'Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída'. Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante habían experimentado cómo 'ardía' su corazón mientras Él les hablaba 'explicando' las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza del corazón y 'se les abrieron los ojos'. Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. 'Quédate con nosotros', suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado verdaderamente en el 'pan partido, ante el cual se habían abierto los ojos" (Juan Pablo II MND 1). "Quédate con nosotros": es la oración sencilla y plena que pide la presencia del Señor. Respondida en la Eucaristía, hogar de la fe. Del camino de la Palabra de Dios a la mesa de la Presencia del Señor. La memoria de Cristo abre la sed de su presencia. La invitación de Emaús resume la entrañable confianza con que miran a Jesucristo cuantos entienden los signos de los tiempos. La Fracción del Pan ilumina los ojos de la fe con la certeza del Invisible. En el momento en que los ojos exteriores de los dos discípulos se quedan sin su aparente objeto, se les ilumina la mirada interior de la Verdad para ver y sentir la real Presencia de Cristo. "En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del 'Pan de vida', con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de 'estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo'" (Juan Pablo II MND 2). San Lucas y sus lectores entendían el gozo inagotable que sugiere este momento. Cada Eucaristía consciente es Emaús. Cada Eucaristía nos enciende el júbilo de Emaús.


      Un tercer aspecto: Retorno de los discípulos a Jerusalén, Jesús presente en la comunidad apostólica. Sin esperanza los dos discípulos se iban de Jerusalén, donde habían quedado los Apóstoles. Aquella noche Jesús quería manifestarse a todos, reunidos, para cenar con ellos en signo de fraternidad y darles la misión de llevar el Evangelio al mundo. La experiencia de Cristo pone en el alma de los dos discípulos la necesidad de volver a Jerusalén, es decir, a la Comunidad apostólica, donde el amor de cada uno a Cristo se funde en el amor y unidad de todos. Caed en la cuenta que cuando los dos caminantes se alejan de Jerusalén, donde está la comunidad apostólica y siguen su propio camino en huida, se encuentran desalentados; sin embargo, encuentran la alegría, el fuego del corazón, cuando vuelven a la comunidad apostólica para compartir con ellos que es verdad que Cristo vive, que les ha salido al encuentro, que está presente. Los que han recobrado la Presencia de Cristo sienten la interior necesidad de recobrar la de la Comunidad Apostólica. Volver a Jerusalén es reintegrarse al hogar. Misioneros de su noticia, los dos de Emaús descubren que su fe es ya la de todos los hermanos. Con ellos van a participar, al término de la inolvidable jornada, como narra a continuación del pasaje leído san Lucas, de la presencia eclesial del Señor, que les confía la misión de llevar el Evangelio a todo el mundo.


      Como hace Pedro tras la venida del Espíritu Santo en el pasaje del libro de los Hechos que hemos leído. Sin miedo ni temor alguno anuncia a Jesucristo a quien Dios acreditó en signos, que pasó haciendo el bien, que ha muerto por nosotros, que nos ha rescatado con su propia sangre, y ha resucitado para nuestra salvación y liberación verdadera, llevándonos a vivir una vida nueva en que se supere el viejo e inútil proceder que es el seguir el camino al margen de Cristo, cuando no en dirección opuesta a El mismo. El misterio de la Cruz y de la resurrección. Gracias a los que, como Pedro, como los Apóstoles, como todos los que a lo largo de la historia, nos evangelizaron podemos revivir en cada Eucaristía la experiencia de que Jesucristo se queda con nosotros, vivir el gozo de su presencia que nos lanza a compartirla con los que viven en esa misma presencia y comunicarla a todos los demás. Esa es la hora que vivimos: en este camino, a veces de huida y desaliento, Jesús nos sale al encuentro abriéndonos con su Palabra, la palabra de Dios, el sentido de lo que acontece. A su luz, y a raíz del encuentro personal con El, volvemos a la comunidad eclesial, para desde ella anunciar con Pedro a Jesucristo.


      También, en este domingo, la palabra de Dios nos ofrece un gran mensaje de esperanza y afirmación de la vida. En la primera lectura Pedro proclama:"Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio". Y en la segunda lectura, el mismo Pedro nos enseña lo que vale el hombre, cada ser humano, pues no hemos sido rescatados "con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin mancha" . Y en el Evangelio, aquellos discípulos cariacontecidos, desconcertados, desalentados y sin esperanza, se muestra como el que vive, ha vencido a la muerte, y señala que todo se ilumina por Jesucristo y desde Él que es la Resurrección y la vida. No hay nada más verdadero ni con más realidad, garantía y fuerza de futuro, y por eso de mismo de presente, que ésta. Son la raíz de nuestra fe y de nuestra esperanza, son el fundamento para la vida del hombre. En la misericordia de Dios, Él quiere la vida para el hombre, para todo hombre que es engendrado, aunque no haya nacido.


      Escuchamos esto ante un mundo de muerte que no respeta suficientemente la vida y siembra muerte, ante una sociedad occidental muy destruida en su humanidad más propia, aunque nos parezca lo contrario o se juzgue esto catastrofismo infundado. Cristo sí que es la vida y está con nosotros, camina con nosotros el camino de la historia lleno de sufrimientos, de ataques a la vida, comunicando lo que El es: vida, amor, misericordia que da vida y devuelve la vida, que hace renacer la esperanza. El es la vida que se da, el amor misericordioso de Dios que se entrega sin medida para liberarnos de cuanto amenaza la vida y no caigamos ni sucumbamos en la muerte. Es la vida que vence a la misma muerte. Es la vida que permanece una vez para siempre y para todos. Creer en El es dejar el inútil proceder que engendra muerte, es convertirse a su palabra es aceptar su estilo de vida y permanecer en unión con El. La gran novedad consiste en apropiarse esta vida nueva que es amor y pasión por el hombre, como el de la misericordia divina que Él encarna.


      Este domingo celebramos también la jornada de la defensa de la vida. Apoyada en Jesucristo, resurrección y vida, liberación de la muerte, manifestación y fuerza del Amor que es Dios y ama con pasión al hombre, la Iglesia eleva su voz libre, profética y amorosa, cargada de esperanza, y grita y anuncia el Evangelio, la Buena Noticia, de la vida: porque el Evangelio del amor de Dios al hombre, en efecto, el Evangelio de la dignidad inviolable de la persona humana, y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio.


      Afirmada en la confesión de fe en Jesucristo, resurrección y vida, vencedor de la muerte, restañador de la vida, con amor y ternura, la Iglesia sale en defensa del hombre amenazado, en defensa de la vida despreciada, en defensa de la dignidad humana preterida o violada, y se dirige a los fieles católicos y a todos los hombres de buena voluntad que quieran escucharle. Clama por el hombre inocente, da la cara por el indefenso con energía, apuesta fuerte por la vida, por toda vida humana. Escuchando su mensaje se renace a la esperanza, se siente el gozo inmenso de ser hombre, la alegría de haber sido llamado a la Vida, la dicha de ser una de esas criaturas -un hombre- querida directamente y por sí misma por Dios, que quiere que el hombre viva y cuya gloria es ésta: la vida del hombre. La Iglesia no puede callar y dejar de anunciar este Evangelio: ¡Ay de mí si no evangelizo!; hay! de la Iglesia y de sus hijos, si dejamos de anunciar este Evangelio de la vida que no es otro que Jesucristo: Jesucristo al que todos buscan porque todos quieren y anhelan la vida y rechazan la muerte; ante Cristo todos se agolpan, a El todos acuden, aún sin saberlo muy bien. Y Él sale al encuentro de todos, de los que desesperan porque no encuentran la vida, y nos hace arder en una nueva y vigorosa esperanza que vence a toda muerte y otorga y quiere la vida.


      Si al final del siglo XIX, la Iglesia "no podía callar ante los abusos sociales entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial" (EV 5) . Sin duda, la injusticia y la opresión más grave que corroe el momento presente es esa gran multitud de seres humanos débiles e indefensos que está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. El mundo actual trata de apagar o de poner sordina a tan importante mensaje. Son las campañas y la trompetería de los embajadores y servidores de la "cultura de la muerte" y de miedo al futuro que se cierne amenazadora sobre los hombres y los pueblos sumidos en un invierno demográfico. Es necesario que resuene en nuestra sociedad desalentada este Evangelio, "confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable". Es preciso que no se calle ni se debilite esta "acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad" (EV 5).


      Una de las más decisivas causas en las que se va a jugar el futuro de la Humanidad y la salvación del hombre en este siglo y milenio va a ser la causa de la vida. Dentro de esta jornada de defensa de la vida se agolpan ante nuestra mirada tantos y tantos y de tantos modos ataques a la vida, pero el mayor ataque contra vida sigue siendo la práctica del aborto. En nuestro país tenemos la cifra escalofriante de más de un millón en los últimos 20 años. Es evidente: gana terreno lo que el siervo de Dios, Juan Pablo calificó como la cultura de la muerte. Pero la muerte ha sido vencida en su misma entraña por el Evangelio de la vida, por Jesucristo, muerto en la Cruz y resucitado para nuestra salvación.


      Los que creemos en Jesucristo y tenemos la firme convicción de nuestra llamada a la vida, los que queremos al hombre, no podemos desalentarnos, no cejaremos jamás en la defensa de este hombre amenazado. Tengamos esperanza. Si hoy, con razón, nos avergonzamos de los tiempos de la esclavitud que en aquel entonces se justificaba legalmente, no tardará en llegar un día en que nos avergoncemos y arrepintamos de esta cultura de muerte, también legalmente establecida. Es preciso crear una conciencia, más profunda y arraigada, del don maravilloso de la vida y, consecuentemente,  de una cultura de la vida.  Ahí está el verdadero progreso. Ahí se manifiesta la esperanza: en la defensa de toda vida humana. Ahí se muestra la infinita misericordia divina, que se manifiesta en Jesús que nos trae vida, nos ama. Son muy grandes y graves los retos, pero, en Cristo, encarnación y victoria de la divina misericordia en favor de todo ser humano, son más grandes y con horizontes más amplios las esperanzas que se suscitan.  "Sólo el respeto a la vida puede fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia y la paz...El 'pueblo de la vida' se alegra de poder compartir con otros muchos su tarea, de modo que sea cada vez más numeroso el 'pueblo para la vida' y la nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero bien de la ciudad de los hombres" (EV 101) . Que sea este nuestro camino de Emaús en el tiempo en que vivimos.


Publicado por verdenaranja @ 22:44  | Hablan los obispos
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