Domingo, 13 de abril de 2008

Arículo semanal del Padre Fernando Lorente o.h., publicado en EL DÍA el 9 de Abril de 2008 en la sección CRITERIOS bajo el epígrafe "Luz en el Camino".

Tomás, el mellizo


EL ÚNICO APÓSTOL que faltaba por reconocer a Jesús, el hijo de Dios resucitado. El que daba muestras también de no haber recobrado la esperanza perdida tras el "fracaso" de la Cruz. Con cuánta frecuencia hemos oído decir a nuestros mayores, y nosotros mismos hemos sentido y dicho que la esperanza "es lo último que se pierde". Así es o así debe ser, porque si a nuestra vida le falta una meta hacia la que orientar las vías del pensamiento y del corazón, nuestra existencia es un largo hastío o una triste esperanza angustiosa y permanente. ¿Cómo salir de esta situación o liberarnos, con garantía, de ella? Las medidas que debemos reconocer y vivir, entre otras, son las siguientes:

 

* El ser humano necesita esperar para poder creer y poder amar. El peligro estriba en poner nuestra esperanza en objetivos que nos van a traicionar. Este discípulo de Jesús, como el resto de sus compañeros, había colgado su esperanza de un Jesús triunfante que les había de llevar a ellos mismos al triunfo. Y así es hoy y ha sido siempre. La vida cristiana es más ansiosa que feliz, pero la ansiedad no es angustiosa si es esperanzada. La alegría de la esperanza cristiana suaviza la penosa dilación de las promesas. S. Pablo ya nos decía: "El Dios de la esperanza os colme de gozo" la vehemencia y la seguridad de la esperanza cristiana anticipa el gozo del Dios esperando. La esperanza cristiana es el oxígeno de la vida humana. Vida desesperanzada, vida asfixiada.


* El mundo actual, a pesar de sus avances, y, tal vez, como consecuencia de ellos, está más abocado que nunca a la angustia. Frente a este horizonte, cargado de nubarrones, con frecuencia muy tormentosos, por el lado de las técnicas mortíferas y de las ideologías esclavizantes, se presentan tres alternativas: -La desesperación, del que se ha destruido sus propios horizontes. -La evasión, del que no quiere pensar porque no quiere sufrir. -La esperanza sobrenatural, del que acepta el reto de la vida con el estilo deportivo de quien sabe que "no tenemos aquí morada permanente, y que vivir es caminar, resistir, esperar, morir confiado… arribar".


Para éstos, y para todos los que viven apasionadamente la aventura de la fe, desde la esperanza cristiana, Cristo les brinda una novena bienaventuranza: "Felices los que creen sin ver". El ser humano, al impulso de sus instintos, se arrastra por el suelo; a la luz de la razón, camina titubeante, guiado por le fe, vuela sobre la tierra en lo humano y en lo divino. En todos los tiempos nos encontramos con esta realidad; que más lamentable que la incredulidad de los ateos es la debilidad e ineficacia de la fe de los creyentes. En todas las épocas, habría pocos incrédulos si los que nos confesamos creyentes acreditáramos, con la propia vida, nuestras creencias cristianas.


Vivir "la fe y la esperanza", dijo Guardini, es la capacidad de aguantar las dudas. Por tanto, la oscuridad hay que darla por supuesto. Pero también hay que dar por supuesto que es Dios quien nos habla desde la oscuridad. Y, Teilhard de Chardin, nos dice también que "el mundo será de quien le pueda ofrecer, desde la tierra, la más grande fe y esperanza de vida cristiana, como la que nos ofrece santo Tomás, el mellizo, sus compañeros y los miles de santos y santas en el correr de la historia milenaria del Cristianismo". Recordemos a S. Agustín: "Si la fe y la esperanza faltan, la oración es inútil. Luego, cuando oremos, creamos y esperemos para que no nos falten estas virtudes. La fe y la esperanza producen la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe y de la esperanza". A San Juan de Dios: "En nombre de nuestro Señor Jesucristo y de la Virgen, Dios delante sobre todas las cosas del mundo… Si Dios quisiere, muriendo, mas empero callando y en Dios esperando... en Jesucristo sólo" para "tener caridad, porque donde no hay caridad no hay Dios, aunque Dios en todo lugar está."


* Capellán de la clínica S. Juan de Dios


Publicado por verdenaranja @ 22:14  | Espiritualidad
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