Lunes, 14 de abril de 2008

 

 

Alfonso Aguiló

www.interrogantes.net

 

Decíamos que el amor no es sólo sentimiento; es más. Es también —glosando de nuevo ideas de E. Rojas— una tendencia a compartir la vida, a desear el bien de la persona amada casi por encima del propio, alegría compartida que alivia las tensiones y dificultades que convivir trae consigo.


        Como los sentimientos fundamentales son perennes y no pasan de moda, el amor será siempre un tema eterno, por mucho que cambie la humanidad, porque no hay felicidad sin amor. El amor, y no la comodidad o la fama o el dinero, es lo que hace felices a las personas.


        Y para no trivializar el amor, debe prestarse una gran atención a la educación de la propia afectividad.


        —¿Dices educación de la propia afectividad?


        Sí. Es una autoeducación en la que hay que comprometerse personalmente, y que lleva a entender en profundidad cómo dos seres humanos dan y reciben amor, a comprender que el sexo pertenece a la intimidad humana y que debe ejercerse en el marco de una donación personal.


        Porque con las extendidas corrientes de sexualización del amor, todo esto se difumina. En esas modas hay mucho de sexo y poco de amor. El contacto sexual fácilmente acaba siendo una simple búsqueda de placer que no aporta nada, un intercambio de sexualidad en la que se persigue ese goce por encima de otras excelencias, un amor alejado del verdadero amor.


        Esta trivialización del amor lleva a considerarlo como la suma de dos placeres, a casi igualar en la práctica el amor y el sexo: la expresión "hacer el amor" lo corrobora tristemente. Si los enamorados entendieran así las cosas y cifraran en exceso el vínculo amoroso en la intensidad del atractivo sexual, acabaría a la larga por excluirse el auténtico amor, y la relación —precariamente sostenida por un endeble soporte sexual— se iría deteriorando con el tiempo.


        Puede este planteamiento parecer una simplificación, pero la experiencia muestra que no lo es: la relación sexual fuera de su contexto natural acaba desnaturalizando la afectividad y haciendo que el amor quede diluido en un darse vueltas alrededor de uno mismo buscando la propia satisfacción. Lo sexual —que acaba defraudando, como todo aquello de lo que se abusa— preside esas relaciones, impidiendo profundizar, ocultando muchas veces las ricas posibilidades de un noviazgo bien entendido.


—Es verdad, pero es muy difícil no caer en esos planteamientos durante la adolescencia...


        En la adolescencia, y después igual. A quien empiece mal entonces, le será difícil rectificar más tarde. No cabe duda que es una lucha difícil, pero tan difícil como importante es vencer en ella.


        Si eres un adolescente, debes pensar que el éxito en tu futura singladura matrimonial depende en mucho de esa correcta educación sexual de ahora, y de tu fortaleza por mantener unos principios firmes ante las actuales facilidades para consumir sexo.


        —¿Ves tanta relación entre el futuro y lo que sucede ahora?


        Es algo constatable. Los efectos de estos errores no tardan muchos años en aparecer, en forma de defraudamiento sentimental a causa del sexo, desequilibrios afectivos, conductas sexuales patológicas, embarazos inesperados, matrimonios inestables, etc. Son situaciones reales propiciadas por planteamientos de partida equivocados. Confirman aquellas palabras de San Agustín: "has dispuesto, Señor, que todo espíritu desordenado sea su propio tormento".


 —Pues no parece que sea algo tan claro si hay tantos que no lo entienden así.


        Es una de las muchas cosas que son corrientes, pero no normales. Es distinto ser normal que hacer las cosas simplemente porque las hacen otros.


        Ten en cuenta que somos blanco de una generalización del uso de imágenes y mensajes eróticos y pornográficos como reclamos de la atención del consumidor, que constituyen un modo de excitar artificialmente las pasiones. Y como consecuencia de la intensa exposición a esos mensajes y reclamos, es fácil que una persona normal se sienta anormalmente acosada y le sea difícil entender y desarrollar de forma correcta su vida sexual.


        Es una acción disolvente que va minando silenciosamente la recta naturaleza de la sexualidad y que lleva a muchos, por su poca mentalidad crítica, a acabar imitando ingenuamente el comportamiento que observan en la pantalla o en aquella ilustración, casi sin enjuiciar si se trata de algo natural o patológico.

 

Por la importancia que el tema tiene para su felicidad próxima y futura, cada persona debe tomar conciencia de la importancia de autoeducarse correctamente en esta materia. Aunque fuera poco corriente, eso es lo normal: ser minoría no importa, porque la fuerza está en la verdad y no en el número.


        Esta toma de conciencia personal, que necesariamente lleva a una no pequeña exigencia propia y a un rechazo de los frecuentes halagos de la impureza, precisa del auxilio de una voluntad decidida y de la virtud de la fortaleza. Y, en cierta manera, también de la generosidad, en cuanto significa de reserva para otro. Y sobre todo, como para cualquier acción buena, del auxilio de Dios. Y para no despreciarlo o hacerlo ineficaz, no exponerse culpablemente a tentaciones que serían una temeridad.


        Los frutos de entender bien esta realidad, aunque difíciles, son sabrosos y compensan con creces el esfuerzo. La castidad es posible y hace posibles muchas cosas, por muy desprestigiada que esté esta virtud por quienes no alcanzan a apreciar un sentido más alto de la sexualidad. Se descubren valores hasta entonces desconocidos, se profundiza en el sentido de la fidelidad y del amor limpio, se eleva la mirada por encima de la inmediatez del placer y de la atadura de la pasión mal dominada. Una senda no siempre muy transitada, pero que conduce a la felicidad.


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