Martes, 15 de abril de 2008

Carta Pastoral de Su Beatitud

El Patriarca Michel Sabbah

Del patriarcado de Jerusalén

 

 

“la hora de mi partida ha llegado…

He terminado la carrera, he mantenido la fe”. (2Tim 4, 6-7)

 

1 de Marzo de 2008

 

INTRODUCCIÓN

 

I.            Una mirada a mi Ministerio Patriarcal

 

  1. Gratitud
  2. Al Servicio de la Iglesia Universal
  3. La Custodia de Tierra Santa
  4. Los Religiosos y Religiosas
  5. La Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén
  6. Vida Pastoral
  7. Vida Ecuménica
  8. La Vocación universal de Tierra Santa

 

II.         La Vocación cristiana en Tierra Santa

 

  1. El pequeño número
  2. Cristianos en la sociedad
  3. La Tierra del Status quo
  4. Comunidades interconfesionales
  5. Cristianos en medio del conflicto
  6. Emigración
  7. Cristianos y Musulmanes
  8. Cristianos y Judíos en Tierra Santa
  9. Demandas de diálogo

 

III.         Hacia el futuro

 

  1. A mis sacerdotes
  2. El futuro

 

CONCLUSIÓN






II. La Vocación Cristiana en la Tierra Santa

 

El pequeño Número

 

9. Los cristianos son pocos en número en esta Tierra Santa y en la Iglesia de Jerusalén. No es sólo el resultado de circunstancias históricas y sociales. Esta realidad está unida directamente al misterio de Jesús en esta tierra. Hace 2000 años, Jesús vino aquí y con sus apóstoles, sus discípulos y el pequeño número de fieles que creyeron en él, también se quedó con pocos en número. Hoy día, 2000 años después, Jesús permanece en la misma situación de “no ser reconocido” en su tierra; y Jerusalén, la ciudad de la redención y de la fuente de paz para todo el mundo, permanece una ciudad que no ha recibido aún la redención y que no ha fundamentado su paz. Y en esta situación, los cristianos son un reducido número de testigos de Jesús en esta tierra. Ser pequeño en esta tierra es simplemente vivir como Jesús vivió aquí. Eso no significa tener una vida reducida a los márgenes o una vida hecha de miedo y perplejidad. Conocemos la razón por la que somos pocos, y conocemos qué lugar deberíamos ocupar en nuestra sociedad y en el mundo. Somos parte del misterio de Jesús y permanecemos con él en el Calvario,  firmes y ayudados por la esperanza y la alegría de la Resurrección, que debe ser vivida y participada con todos. Jesús nos dijo que la semilla de mostaza es pequeña, pero crece y llega a ser un árbol, y “los pájaros del cielo vienen y hacen nidos en sus ramas” (Mt 13, 31-32).

 

Ser pequeño, - al ser Jerusalén la ciudad de redención y de paz para el mundo, no para sí misma – esto es lo que determina la vocación de cada cristiano en esta Tierra Santa: una vocación a ser testigo, una vocación a una vida difícil, hoy día a causa del conflicto político, y mañana porque la vida del cristiano permanecerá en permanente batalla en orden a ser buena sal, levadura útil, una luz en la sociedad y una redención que se completa día a día en el misterio de Dios.

 

Cada sociedad cuenta con el número de sus ciudadanos, sus soldados, y con la cantidad de sus armas. Los cristianos, con o sin números, contamos lo primero de todo con la fe de cada uno de nosotros. Jesús dice: con fe podéis mover montañas. El Estado dice: con tecnología, con una cantidad de armas y de hombres, se puede someter la tierra, abrir carreteras y levantar montañas, pero permanece incapaz de encontrar la paz. En cuanto a nosotros, nos mantenemos meditando sobre la palabra de Jesús: “Si tuvierais fe del tamaño de una semilla de mostaza, diríais a esta montaña, ´Muévete de aquí allí´, y se moverá; y nada habría imposible para vosotros” (Mt 17, 20-21). Es es por lo que, respetando todos los medios humanos útiles, procuramos fortalecer e incrementar la fe en el que hemos creído.

 

El número pequeño de cristianos debe ser compensado primeramente por la fe, y en segundo lugar por la formación que hace a cada cristiano necesario en la construcción y reconstrucción de su país; y finalmente por cada cristiano que llega a ser consciente de responsabilidad en la sociedad y en la necesidad de su participación en todas los sacrificios requeridos para construir y reconstruir. Esta formación cristiana es una responsabilidad de toda la comunidad, no sólo de aquellos que son líderes en la Iglesia, pues en una comunidad de creyentes, cada persona está preocupada por cada persona.

 

Además de las instituciones formales de formación en la Iglesia – las diversas instituciones de enseñanza, de educación religiosa, los diversos movimientos apostólicos de formación y las muchas organizaciones de laicos de naturaleza social – algunos fieles, clérigos o laicos, han empezado a poner atención particular a esta formación, que hace al cristiano capaz de asumir sus responsabilidades en la sociedad, a  pesar de los pequeños números. Aquí, se debe mencionar el trabajo importante hecho en esta área por la Universidad de Belén en general, y en el departamento de estudios religiosos en particular. Junto con la universidad, deberíamos mencionar otros diversos centros: el centro Sabeel, que analiza y da una visión cristiana de la situación política presente, el centro Al-Liqa para el diálogo ínter confesional, el Comité de Laicos, que invita a los laicos a ser conscientes de su responsabilidad como cristianos en la vida pública, el grupo de jóvenes conocido como Wusul, que se ha puesto a sí mismo el propósito de establecer un lazo por medios electrónicos entre los cristianos árabes dispersos por todo el mundo, el grupo catequético laical del Domingo en Jordania, y el HCEF, Fundación Ecuménica Cristiana de Tierra Santa, de la que la primera finalidad desde el tiempo de su fundación fue reunir los emigrantes y por su pensamiento, su actividad y sus medios hacerles presentes en la tierra del Señor, de modo que puedan permanecer testigos de Jesús en esta tierra, a pesar de la distancia, y que puedan contribuir a la construcción de su patria.

 

Cristianos en  la sociedad

 

10. Un cristiano debe aceptarse como cristiano. ¿Qué significa eso? Significa aceptar todo el Evangelio de Jesucristo, la Palabra de Dios Eterna, Encarnada, y vivir la vida diaria de cada uno, sea fácil o difícil, a la luz del misterio, que la sociedad a la que hemos sido enviados considera imposible. Ser un cristiano significa simplemente conocer nuestra fe, nuestros libros sagrados, nuestra tradición y la enseñanza de la Iglesia, es vivir la vida de los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, y tener cuidado que nuestras oraciones y que la vida sacramental no sea sólo actos formales y nada más que apariencias, que no sean incluso momentos de oración que aíslan al cristiano de la sociedad, sino más bien conocer que esas oraciones y la vida de los sacramentos son una fuente de energía que es siempre renovada, que “envía” al cristiano a la sociedad para servirla junto con aquellos que están allí, cualquiera que pueda ser su religión.

 

Con todo eso, ser cristiano significa tener una visión de fe en todos los acontecimientos. Es ver la providencia de Dios y la solicitud de Dios para todos y recordar la Palabra de Jesús: “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá  sin el permiso de vuestro Padre que está en los cielos” (cf. Lc 21, 18). A la luz de esta visión que une a Dios y a los seres humanos, el cristiano define las posiciones de él o de ella  como un servicio y amor y como reclamación de los derechos. Una visión que dará a los cristianos la sabiduría y coraje para actuar frente a las dificultades y las diversas formas de opresión que llegan de los seres humanos. El cristiano no se desanimará, sino que perseverará resistiendo toda forma de opresión y violencia, y en cada actividad de cualquier área a la que Dios le ha llamado.

 

Ser un cristiano es vivir el mandamiento del amor en medio de nuestra propia comunidad, pero también con todos los seres humanos. Amar es lo primero de todo ver el rostro de Dios en cada persona humana, sin importar cuál pueda ser su religión o nacionalidad, sin importar los sentimientos malos o buenos que la persona tiene hacia mí o hacia los demás. Porque él o ella es la creación del único y solo Dios. Esa persona es hija de Dios. Él o ella  lleva dentro del mismo – o de ella misma la gloria de Dios. Su dignidad proviene de la dignidad de Dios. Es por lo que el amor transforma  toda acción con los seres humanos en una acción con Dios, el Creador de todo. Es por lo que Jesús dijo: ama a todos y no excluyas a nadie, ni siquiera al enemigo. Porque él no nos dijo: ama la amistad y al amigo. Todo lo contrario,  donde éste es concernido dijo: “Si tú amas a aquellos que te aman, ¿qué mérito tienes?” (Mt 5, 46). No dijo también: desea el mal para el enemigo o la opresión que aquél está poniendo sobre ti. Más bien, él dijo: ama a Dios en cada persona humana, porque esa persona es criatura de Dios. Es Dios al que nosotros amamos en el amigo o en el enemigo. Cuando nosotros amamos, estamos imitando a Dios en su amor por todas las criaturas. Ese amor fortalece nuestra fidelidad  hacia nuestro amor del amigo y nos da la fuerza para hacer frente al mal en el enemigo e incluso la fuerza para eliminarlo. Un amor así es más fuerte que la violencia o cualquier otro medio material al que la víctima recurre, de modo que pueda cambiar la hostilidad y acabar la opresión que se ejerce sobre él o ella.

 

Como resultado de esto, amar también significa perdonar. Perdonar es purificar nuestro corazón de rencor, de odio y del fuego de la venganza; no significa necesariamente abandonar nuestros derechos, especialmente cuando éstos conciernen a los derechos de la comunidad, tal como la libertad, tierra y soberanía. Éstos son materia sobre la que el individuo no tiene el derecho de decidir, porque lo primero de todo, estos derechos son un don de Dios  que nosotros debemos preservar, y en segundo lugar, los tenemos como derechos de toda la comunidad, y el creyente no traiciona su comunidad cuando demanda sus legítimos derechos. Por el contrario, el creyente actúa unido a la comunidad en orden a ayudarla en la defensa de sus derechos o/y en el esfuerzo necesario para recuperarlos. Finalmente, amor es participación y comunión.  Eso significa que toda persona en una comunidad de creyentes se siente afectada por cada persona como con su propia familia. Eso por lo que la comunidad se esfuerza en procurar para cada uno de sus miembros una vida que lo libre de toda necesidad, una vida que sea dignificada en el nivel espiritual y material, siguiendo el ejemplo de los cristianos de la Iglesia primitiva en Jerusalén como se describe en los Hechos de los Apóstoles (Act 2, 42-46; 4, 232-34).

 

En orden a continuar, crecer y actuar aquí en esta Tierra Santa, como en todos los países de Medio Oriente, los cristianos se deben aceptar a sí mismos como tales,  es decir, como cristianos creyentes y no solamente como una comunidad que es diferente de los otros o como un grupo social separado porque es un grupo religioso que es diferente de los otros. Y naturalmente, la vocación del cristiano no consiste en entrar en batalla con la sociedad o en llegar a resignarse frente a las injusticias o a las diversas formas de opresión. Por otro lado, al cristiano no le es permitido permanecer al margen de la sociedad diciendo: “El país no me pertenece a mí, otros hagan por él y lleven la responsabilidad por él”. Un auténtico cristiano sabe que él o ella es parte de la sociedad y que él o ella tienen que hacer frente a los desafíos y a responsabilizarse de ello junto con todos los miembros de la sociedad.

 

Al cristiano que toma parte en la vida pública no le está permitido poner su fe aparte,  llegar a estar vacío de las energías espirituales que Dios le ha dado como cristiano, que le llevan a realizar sus obligaciones en el ámbito público, económico y social más libremente. Eso llegó a ser aparente durante ciertos períodos en la historia del mundo árabe, durante el cual los cristianos árabes hicieron una importante contribución y durante el cual algunos abandonaron sus valores cristianos o incluso su fe. Todavía hoy, el abandono parcial o total no ha cesado de ser visible entre algunos, con el pretexto de evitar el fanatismo y el resurgir de sensibilidades religiosas innecesariamente. Ciertamente no es pedido a los cristianos  que transformen su fe en actitudes fanáticas y provocativas. Sino que el cristiano es llamado a enriquecer la sociedad con los dones y las fuentes de energía espiritual que él o ella ha recibido. La sociedad misma demanda esto del cristiano; de otra manera, ¿por qué el cristiano se mantiene diferente,  si su fe diferente no trae nada nuevo a la sociedad?

 

Una Tierra del status quo

 

11. Estamos en un país del status quo,  que significa: “Todo permanece hoy y permanecerá mañana como fue en el pasado”. Esta ley fue adoptada antes de la guerra de Crimea en una firma Otomana de 1852.  Fue ratificada entonces en dos congresos internacionales en 1855 y 1878 en orden a gobernar las situaciones de conflicto en ciertos santos lugares cristianos. El status quo determinó que cada uno tendría como propios y usaría todo lo que habían tenido como propio y usado al día en que la convención internacional se firmó. Un instrumento útil, pero ha mantenido también con el tiempo una fuente de querellas. Lo peor es que esta ley, que era aplicable a lugares, fue extendida a los pensamientos y a las personas y con el tiempo los selló con un cierto fijismo que hace difícil toda renovación. De aquí que las tensiones en las relaciones entre personas y comunidades a causa de un fijismo mental que fue creado en algunos como una consecuencia de la ley del Status quo.

 

En nuestra Tierra Santa, algunas veces tenemos la impresión de que estamos viviendo con una parte sepultada bajo tierra en el pasado y con sólo una parte que emerge sobre la tierra y vive en el presente. Esto paraliza la visión y actividad de la Iglesia y de la comunidad de creyentes y crea tensiones. Las raíces son el pasado. Y las raíces, que permanecen bajo tierra, deben dar nuevas flores y frutos. Una acción y una renovación son necesarias al nivel de mentalidades, del diálogo y de relaciones entre las diversas diócesis e Iglesias con sus múltiples instituciones. Todos deben creer y dejarse guiar por la visión de San Juan en el Libro de la Revelación: “Mira,  estoy haciendo todas las cosas nuevas” (Rev 21, 5).


Comunidades Confesionales

 

12. En Tierra Santa, la pequeña comunidad Cristiana está dividida no sólo por las diferencias teológicas, sino también entre comunidades confesionales. Originalmente, éstas han nacido alrededor de una particular tradición litúrgica como la expresión de su propia forma de recibir, meditar y celebrar el mensaje del evangelio en un contexto particular histórico y cultural. Fundamentalmente, esta diversidad de tradiciones litúrgicas y espirituales es una riqueza para la Iglesia, ya que se completan una a otra y así permiten una rica expresión del misterio exhaustivo de Dios revelado en Cristo. Pero como un resultado de circunstancias históricas complejas,   estas comunidades litúrgicas fueron gradualmente transformadas en confesionales y con el tiempo incluso comunidades étnicas. Los líderes de estas comunidades se han mantenido responsables a la lealtad de su fidelidad hacia las autoridades políticas, y los cristianos hicieron referencia al contexto nacional por el camino de sus comunidades y no como ciudadanos independientes. De comunidades de fe o de liturgia, llegaron a ser comunidades de servicio y de intereses, y jugaron un importante papel no sólo  en la identidad religiosa sino también en la identidad social y nacional de sus miembros. En lugar de abrir a las personas de una a la otra y ayudarse una a la otra, estas comunidades muchas veces se cerraron sobre sí mismas en orden a salvaguardar sus propios intereses. En algunos lugares y para algunas personas, laicos  o miembros del clero, la comunidad llegó a ser de esa manera un elemento de separación y una barrera entre creyentes. Algunas veces incluso llegó a ser instalada la competición o la rivalidad. Cada  comunidad quiere aparecer más grande y más fuerte que la otra, quiere tener una mejor iglesia, una escuela más grande, etc. Y el otro cristiano que es fiel en otra comunidad ya no tiene todo su lugar como un hermano, o hermana y como un cristiano en nuestra oración, nuestra atención, o nuestra actividad; él o ella llegan a ser unos extraños para nosotros. Por otro lado, ya que somos pocos en número y tenemos que hacer frente  a muchos grandes retos, en la realidad de hoy, se requiere solidaridad y colaboración de todos nosotros. Los cristianos laicos muchas veces sienten más esta necesidad e invitan a sus líderes religiosos hacia una mayor unidad.  Es juntos como nosotros somos grandes o pequeños. Nadie puede llegar a ser grande sin el otro o a expensas del  otro. En nuestras relaciones con uno y otro como iglesias diferentes o comunidades confesionales, deberíamos seguir este principio: “Por un lado, fidelidad a nosotros mismos, a nuestro propio rito, a la Iglesia en la que Dios nos ha dado la gracia del bautismo, y por otro lado, amor para todos los hermanos y hermanas que pertenecen a un rito diferente y están fuera de nuestra comunidad confesional, pero que pertenecen a la gran familia de Dios”. La actitud de un cristiano de cada comunidad y de cada denominación, es amar con un amor tan grande como el de Dios. “Como muchos de vosotros habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido con Cristo.  Ya no hay Judío o griego, no hay esclavo o libre, no hay hombre o mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 27-28). El Sínodo de las Iglesias Católicas en Tierra Santa nos ayudó a crear un nuevo espíritu de solidaridad y de colaboración entre nuestras Iglesias, pero este esfuerzo debe ser continuado. Debemos educar a nuestros cristianos en el camino como para hacerles entender su vocación hacia todos, sea de su comunidad o de una diferente. Deben descubrir que la Iglesia es primero, que la comunidad confesional viene después. Deben entender que la Iglesia de Dios mantiene sus puertas abiertas para recibir las oraciones de todos los cristianos y para  enviarles una vez más a toda la sociedad, a cada creyente en toda la Iglesia y a cada persona humana en toda religión.

 

Las  sectas o los nuevos movimientos cristianos son parte de nuestra vida cristiana y de nuestra realidad política. Desde la visión cristiana, estos grupos sembraron confusión en la fe de nuestros fieles, explotaron su poder material y espiritual, e incrementaron nuestras divisiones aún más. Desde el punto de vista político,  sea en Israel como en países Árabes, tienen una visión política que ayudan con argumentos teóricamente bíblicos y religiosos no sólo el hecho político del Estado de Israel, sino también la injusticia cometida hacia el pueblo palestino. Esto es otro aviso a los cristianos que llegan a ser más conscientes de la riqueza y demandas de su fe, y a los pastores que responden mejor a la sed religiosa de sus fieles, en particular por aquellos que están más presentes entre sus fieles y con la ayuda de mejor formación bíblica.

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Cristianos en conflicto

 

13. En nuestra sociedad, hay conflicto armado debido a la ocupación Israelí de los territorios Palestinos y los israelíes demandan seguridad y reconocimiento. Como todos los habitantes de esta tierra, Palestinos e Israelíes, los cristianos ya sea Palestinos o Israelíes, están envueltos en este conflicto. No pueden permanecer como espectadores por ninguna razón en absoluto mientras los otros pagan el precio de la libertad que debe ser recuperada y aceptar los sacrificios requeridos para ello. Permanecer como un espectador significa colocarse al margen, llegar a ser extraños a los hombres y mujeres de su pueblo, que no es la vocación de cristianos. Como todos los Palestinos, somos víctimas de la ocupación. Como todos los palestinos, tenemos que pagar el precio para encontrar nuestra libertad política y económica así como de alguna manera, nuestra libertad religiosa cuando se refiere al acceso a los Lugares Santos y a Jerusalén mismo. Encontrar la libertad de nuevo, pagar el precio y resistir, todo eso es ciertamente una obligación, pero también creemos en el mandamiento del amor, y así en una resistencia que entra dentro de la lógica del amor cristiano. Una resistencia no violenta, pero una que sea capaz de conducir a los pueblos a disfrutar de igual modo su libertad, su soberanía, y su seguridad.

 

En nuestra tierra, el conflicto parece interminable y no permitiendo ninguna solución. En este conflicto, además de lo que dijimos arriba, la visión cristiana es la siguiente: aquí, esta es nuestra tierra y pertenece a los dos pueblos. Pero lo primero de todo es la tierra de Dios. La historia que los seres humanos realizan aquí con sangre y odio o con diálogo y colaboración es hecha  intencionadamente o sin intención bajo los ojos vigilantes de Dios, el dueño de la historia, que dio a esta tierra una particular santidad. Aquí, todos tienen que ver con el misterio de Dios. Nuestros lugares santos nos hablan de eso. Nuestros Santos Lugares en verdad son una de las mayores razones para el conflicto; aquí, creyentes de las tres religiones se refieren a Dios. Rezamos en nuestros Santos Lugares. Pero al mismo tiempo, permanecen como lugares de conflicto, de muerte y de odio… Y eso es contrario a la naturaleza y a la vocación de toda Tierra Santa. En una tierra que pertenece a Dios, sólo los caminos de Dios conducirán a una resolución del conflicto. La violencia humana, sea hecha por uno que es más fuerte o por uno que es más débil, no es un camino normal o efectivo para alcanzar la paz. La paz en la tierra de Dios será un regalo de Dios. Por su sincera adherencia a la fe en Dios y la coherencia de  su conducta con la fe en un Dios Creador que ama a todas sus criaturas, los creyentes de  los dos  pueblos y de las tres religiones deben preparar la hora de Dios en esta tierra, en la que Dios restablecerá la paz.

 

Todos deben vivir como hermanos y hermanas, hijos de la misma tierra, e incluso más, hijos y criaturas de Dios. Pero por eso, todos se deben considerar unos a otros iguales, con los mismos derechos y obligaciones. Ninguno es superior al otro, ninguno es inferior o sometido al otro. Hasta ahora, esa no es la visión; sin embargo, los más fuertes en esta tierra y también aquellos que están resistiendo, que creen en la fuerza, deben  ir a ello. Además, para resistir, para obtener justicia y hacer paz, la víctima no debe permitirse ser transformada en una opresora o un terrorista.


La emigración

 

14. Hoy día, los cristianos están emigrando de Tierra Santa y de todos los países de Oriente Medio. No son sólo ellos en emigrar. Los musulmanes y los judíos están también emigrando, y la razón es  la misma para todos: el conflicto entre palestinos e israelíes, que causa inestabilidad política, económica y social en todos los países de la región. En algunos países, en Líbano e Iraq, ha causado tragedias que han ido más allá de los sufrimientos y pruebas que en Tierra Santa. Las personas emigran para encontrar tranquilidad y asegurar su futuro y el de sus hijos. Por nuestra parte invitamos a nuestros fieles a aceptar su vocación de ser cristiano aquí en la Tierra Santa y no en otra parte del mundo. Sin darles ideas ilusorias, les decimos que no les prometemos una vida fácil, sino más bien una vida difícil, hoy como ayer. Algunos, aunque en un número limitado, han empezado a ser conscientes de esto. Aceptan su vocación y aceptan permanecer y sacrificar los beneficios que ellos podrían encontrar emigrando. En cualquier caso, no importa cuantos emigren y no importa cuán pequeños nuestros números son, algunos entre nosotros permanecerán aquí para dar testimonio de Jesús en esta  tierra a través de todos los acontecimientos de la historia.

 

Pero nosotros también tenemos que dirigir la atención al siguiente hecho: los  cristianos aquí y en Oriente Medio son las primeras víctimas de los planes políticos del mundo que ignoran o dan la impresión de ignorar a los cristianos porque sólo hay unos pocos y su pequeño número no ha sido todavía compensado por una fuente de energía material y espiritual que obligue a los grandes de este mundo a tenerlos en cuenta. Cuando se menciona a los cristianos en la prensa mundial, es para decir que están aplastados entre dos grandes mayorías, los judíos y los musulmanes, y que están sujetos a la persecución de los musulmanes. Y diciendo esto, los medios expresan un sentimiento de pena y compasión hacia nosotros, y olvidan la opresión verdadera de la que somos víctimas a causa de políticas puestas en práctica en esta región. Pero para nosotros, parar el conflicto israelí – algo posible y algo no imposible, que como personas nos agradaría hacer creer – es lo que nos permitiría vivir en paz y permanecer en el país. Eso es también verdadero para Líbano e Iraq.

 

Cristianos y musulmanes

 

15. Así como todo cristiano en todo el mundo normalmente pertenece a su pueblo y país, los cristianos en los países árabes y en Palestina e Israel también pertenecen a su país y a su pueblo. En lo que se refiere a los cristianos en Israel, ya hemos definido los elementos que los identifican: son árabes, son cristianos, y están en el Estado de Israel. En vista de estos tres elementos, han decidido ellos mismos  qué posiciones tomar en su vida diaria.

 

Como cualquier otro ciudadano, los cristianos son ciudadanos en el mismo sentido. Tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones. Las Constituciones de los países en Oriente Medio reconocen esto. Las relaciones con las autoridades civiles y religiosas son buenas. En el nivel de pueblo hay también una buena coexistencia secular, buenas relaciones de vecindad y buena colaboración de  diversas áreas: estudios, cultura, negocios, políticas, etc… Dos áreas están cerradas: dogma y familia; y cuando éstas son tocadas, la situación llega  a ser explosiva. Las estructuras para la mediación entonces entran en acción como vuelven a la calma. El diálogo ínter confesional no trata con el dogma. Su materia  es tema social con la finalidad de favorecer la mejor coexistencia y la mejor colaboración. Naturalmente, hay incidentes entre individuos, y alguna vez toman una dimensión comunitaria que opone musulmanes y cristianos. En tales casos, los gobiernos están vigilantes y toman las medidas necesarias, así como las tradicionales estructuras de mediación, para restablecer la reconciliación. Pero se debería también decir que las relaciones entre musulmanes y cristianos no han alcanzado todavía su perfecto equilibrio. Esto es cuestión de un largo y estrecho camino que debe ser perfeccionado cada día. Con la aparición de movimientos religiosos extremistas, se está sintiendo necesidad de acción común entre musulmanes y cristianos para ser capaces de afrontar juntos los cambios extremistas religiosos en el sentido que pueden amenazar a toda la sociedad.

 

Los movimientos políticos religiosos en el Islán ven la solución para todos los problemas en la implementación estricta del Islán como una religión y como un sistema de vida política y social en toda la sociedad, ya en relación a los musulmanes o a los no musulmanes. Frente a esta tendencia, la posición cristiana es la siguiente: lo primero de todo, unirse con los mismos musulmanes, como dije arriba, para hacer frente juntos al extremismo que amenaza a los musulmanes y cristianos. En segundo lugar, si un día estos movimientos religiosos logran imponerse en la sociedad, un margen de diálogo debería permanecer también con ellos. Y si el diálogo resulta ser inútil, queda sólo una cosa que hacer para los cristianos: no temer, sino demandar sus derechos como un ciudadano y proclamar su fe cristiana como un creyente. Al mismo tiempo, el cristiano debe prepararse para dar testimonio de su fe, sea por la realidad del sometimiento a una vida diaria que es difícil sea incluso por el sacrificio de su vida. Una era de mártires que podría de nuevo empezar para los cristianos, como durante los primeros siglos de la Iglesia bajo el Imperio Romano, podría purificar la vida en toda la sociedad. Fortalecería a los creyentes en su fe y daría de nuevo  un nuevo rostro a toda la sociedad. Pero debemos también preguntarnos a nosotros mismos por qué estos movimientos extremistas religiosos están empezando y creciendo. Lo primero de todo, entre algunos pueblos se puede tener en cuenta la necesidad de vivir una vida religiosa auténtica. En segundo lugar,  estas tendencias contienen una serie de reacciones para las diversas situaciones: una reacción a situaciones humanas de desigualdad, de pobreza y de injusticia dentro de las sociedades árabes y musulmanes; una reacción a una invasión por “Occidente” en las sociedades árabes y musulmanas al nivel de valores y moralidad a través de medios de comunicación social; una reacción a la interferencia por “Occidente” a nivel político, y finalmente, una reacción al desequilibrio en las relaciones entre pueblos. Todo esto además de los conflictos abiertos en Israel, Palestina e Iraq.

 

Con toda su complejidad y su amenaza a los musulmanes como a los no musulmanes y al mundo, estas tendencias religiosas terminarán por imponerse a sí mismas, si las políticas dentro de los países árabes no tienen éxito en crear sociedades más justas y seguras, y si el  Islán no tiene éxito en renovarse desde dentro como para responder a la necesidad religiosa de los creyentes y para prevenir el extremismo de transformar la religión en fanatismo y una fuente de violencia, y si las políticas mundiales no terminan las diversas vías en las que las personas son colonizadas.

 

Cristianos y judíos en la Tierra Santa

 

 

16. A pesar del conflicto actual, a pesar de la muerte diaria y del odio, hay también una realidad más humana de diálogo y de contactos entre personas en diversos niveles políticos y religiosos. Muchas iniciativas suceden a nivel local e internacional con encuentros de gente joven, cristiana y musulmana palestinos o judíos israelíes dentro del contexto escolar. Muchas asociaciones de diálogo entre judíos y cristianos también existen en el país. En el Patriarcado, hay una comisión diocesana para el judaísmo, que abrió las puertas para el diálogo y contactos. La finalidad de la comisión es escuchar y entender al Judaísmo y a los judíos a través del testimonio de judíos de diversos sectores de la sociedad israelí. El énfasis es también colocado sobre la coexistencia y sobre las actitudes a tener cuando se afronta la realidad básica del país, el conflicto, la ocupación y la inseguridad. Las realidades teológicas en conexión con el conflicto se estudian también para empezar el diálogo local entre las personas del lugar, cristianos palestinos y judíos israelíes, para reflexionar y participar como creyentes en las realidades vividas en la misma tierra, Palestina o Israel. En el diálogo de la Iglesia católica universal con el judaísmo en el Consejo para la Unidad de  los Cristianos, han sido llamados a tomar parte algunos miembros palestinos de la Iglesia local.  


Demandas de diálogo

 

17. El diálogo local ínter confesional que empezó con contactos frecuentes entre musulmanes, judíos y cristianos, finalizó con la creación durante estos años del Consejo de Instituciones Religiosas en la Tierra Santa, en el que están representadas tres religiones en el nivel más alto. Un diálogo que llamó la atención de los líderes políticos y que creó una nueva realidad en la Tierra Santa: líderes religiosos de las tres religiones se reunieron por primera vez en la historia y reflexionaron juntamente sobre la paz que se debe conseguir. En este diálogo, la dimensión del creyente y de su relación con Dios es lo más destacado, y queremos reflexionar juntamente como creyentes que estamos presentes delante del mismo Dios. Los valores comunes son también los más destacados: aquellos que son simplemente humanos, la diversidad y la habilidad de reconciliación, y los valores religiosos, yendo más allá de nosotros mismos en aceptación mutua y respeto porque somos todos criaturas de Dios iguales, en la práctica de la justicia y en la construcción de la paz.

 

Sin embargo, hay todavía una inmadurez religiosa en nuestras sociedades de una naturaleza religiosa en lo que se refiere a la aceptación y el respeto del otro. Hasta ahora, no todos los cristianos, no todos los musulmanes, y no todos los judíos han  aprendido a vivir juntos y a hacer vida aceptable y tranquila juntos. Hay también elementos de extremismo o ignorancia que los lleva  a cosas negativas del pasado y que no cesan de ser una fuente de recelo, de sospecha y de miedo, y así de agresividad contra sus vecinos que tienen una diferente religión.

 

Hay ya un diálogo entre los líderes o los miembros de la élite. Es útil y consiste en un largo camino que todavía tiene que ser recorrido. Pero lo que nosotros necesitamos al mismo tiempo es nueva educación por las jóvenes generaciones. Si queremos llevar a la sociedad la paz y remover sus tensiones parcial o totalmente, debe cambiar el sistema educacional y eso en todos los lugares de educación: la casa, la escuela, los lugares de culto y los medios. Se debería oír una llamada explícita y clara, una llamada a conocer al otro y a colaborar con él y con ella. Las nuevas generaciones en todas las religiones deben oír que sea dicho: el otro que pertenece a una diferente religión no es un enemigo o un extraño. Él o ella son un hermano, una hermana, a los que nosotros debemos amar y con los que debemos colaborar y construir la sociedad. Incluso el extremismo que es alimentado por un lado, por la ignorancia anterior y por otro, por las injusticias presentes o miedos, puede encontrar parte del remedio esperado en el nuevo sistema de educación.

INTRODUCCIÓN

 

I.            Una mirada a mi Ministerio Patriarcal

III.         Hacia el futuro


(Traducción particular no oficial desde el Inglés)


Publicado por verdenaranja @ 20:59  | Hablan los obispos
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