Martes, 15 de abril de 2008

Carta Pastoral de Su Beatitud

El Patriarca Michel Sabbah

Del patriarcado de Jerusalén

 

 

“la hora de mi partida ha llegado…

He terminado la carrera, he mantenido la fe”. (2Tim 4, 6-7)

 

1 de Marzo de 2008

 

INTRODUCCIÓN

 

I.            Una mirada a mi Ministerio Patriarcal

 

  1. Gratitud
  2. Al Servicio de la Iglesia Universal
  3. La Custodia de Tierra Santa
  4. Los Religiosos y Religiosas
  5. La Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén
  6. Vida Pastoral
  7. Vida Ecuménica
  8. La Vocación universal de Tierra Santa

 

II.         La Vocación cristiana en Tierra Santa

 

  1. El pequeño número
  2. Cristianos en la sociedad
  3. La Tierra del Status quo
  4. Comunidades interconfesionales
  5. Cristianos en medio del conflicto
  6. Emigración
  7. Cristianos y Musulmanes
  8. Cristianos y Judíos en Tierra Santa
  9. Demandas de diálogo

 

II.         Hacia el futuro

 

  1. A mis sacerdotes
  2. El futuro

 

CONCLUSIÓN




III.  Hacia el futuro

 

A mis sacerdotes

 

18. Os doy gracias a todos, queridos sacerdotes, por vuestro amor y vuestras oraciones. Quiera Dios recompensar vuestro celo,  que es grande. Quiera Dios acompañarnos con su gracia en nuestro seminario, que ha continuado fielmente su camino y su misión desde su fundación en 1848 hanta hoy. Con la ayuda de Dios, continuaremos teniendo las vocaciones normales, primeramente de Jordania, en segundo lugar de Palestina, y finalmente de Israel. Doy las gracias a los equipos de sacerdotes que aceptaron el sacrificio de acompañar a los seminaristas y de vivir en el seminario con ellos. A mis sacerdotes les digo, mantened siempre el celo que habéis tenido hasta ahora. Hoy día, es posible decir de cada uno de vosotros: “Conocéis a vuestras ovejas y vuestras ovejas os conocen a vosotros” (cf. Jn 10). Eso es un gran don para vosotros y para toda la diócesis. Sin embargo, las condiciones en la sociedad, entre los parroquianos y sacerdotes, están cambiando grandemente, y está empezando a existir distancia entre los párrocos y los parroquianos. Para  permanecer en el mismo nivel de conocimiento y de servicio, que es todavía vivido hasta hoy día, siempre se piensa en la esencia de la misión del sacerdote: conocer a Jesucristo y hacer que sea conocido. El sacerdote del Patriarcado está llamado a ser el  pastor de una parroquia. La primera tarea del pastor de una parroquia es ser un catequista en la escuela, en la homilía, en las visitas a las familias, en las diversas actividades pastorales, y en toda otra circunstancia. En cada parroquia, sea pequeña o grande, mantened vuestra libertad y vuestra disponibilidad para conocer a Jesucristo y para hacer que sea conocido. No dudéis en aceptar o incluso elegir el lugar más difícil. Entonces la gracia de Dios será más abundante. Mantened vuestra libertad en lo que se refiere a lugares y personas. No permitáis que nada, ni persona, ni dinero, ni amistades, ni proyectos de fabricación, ni siquiera proyectos pastorales  lleguen a ser una atadura que pone un obstáculo a vuestra libertad y os impida ir a donde seáis enviados. Porque el trabajo que os ha sido confiado no es vuestro: “Mi Padre está todavía trabajando, y yo también estoy trabajando”, dijo Jesús (Jn 5, 17), y nosotros somos parte de ese trabajo de Dios en nuestra diócesis. Trabaja y di con el Evangelio: “Somos unos pobres siervos; hemos hecho solo lo que teníamos que hacer!” (Lc 17, 10).  Sois instrumento de Dios allí donde sois mandados, y cuando se os pida interrumpir un trabajo que no ha terminado,  dejadlo donde está. Dios conocerá cómo terminar el trabajo que estaba empezado por él en vosotros. Por contraste, cuando insistís en permanecer por vuestra propia voluntad, os arriesgáis a no ser enviados por mucho tiempo y a no hacer por mucho tiempo el trabajo de Dios, sino simplemente vuestra propia actividad. El gran peligro para las personas consagradas que son enviadas a la viña del Señor es transformar el trabajo de Dios en trabajo personal. Eso sucede cuando empiezan las dificultades, las rivalidades o la desobediencia, y eso sucede cuando la gracia de Dios cesa.

 

Las fábricas de piedra, los centros pastorales, las escuelas, las iglesias, los halls parroquiales – necesitamos de todo eso. Pero eso no debe llegar demasiado a ser un obstáculo y hacernos perder la vista de la finalidad para la que estamos fabricando. La condición para construir no es sólo el dinero necesario, sino la habilidad de continuar teniendo momentos de silencio ante Dios, momentos de intercesión por los fieles, y el tiempo necesario para la catequesis. Vosotros también, rogad e interceded por el pueblo, como Moisés en el Monte Nebo que se eleva en medio de nuestras parroquias. Hemos construido mucho con piedras. Sin embargo, los fieles, que distinguen bien entre el párroco que reza y el que no reza, engañan algunas veces al párroco, haciéndole creer que las construcciones de piedra son el criterio para su éxito.

 

El párroco está ahí para el pueblo y no lo contrario. Las personas no están para servirnos. Somos enviados a servirles. Jesús dijo: “estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). De aquí la necesidad de acoger a todos los fieles de cualquier nivel y de cualquier categoría. Todos, no importa su posición en la sociedad, sus posesiones o su conocimiento, no importa si están presentes o ausentes en la vida de la parroquia, no importa qué necesidades espirituales o materiales puedan tener, todos, incluso si algunos son pesados o que causen molestias, todos son el objeto de nuestra misión y de nuestro amor. Y los pobres entre ellos – de todas clases de pobreza, sea material o espiritual – tienen prioridad. Somos enviados a todos para ayudarles a ver a Dios. Podría  haber situaciones en las que podemos encontrar personas con las que cualquier actividad parezca inútil. Todo cambio en la mentalidad o en la persona parece ser imposible. Para Dios nada hay imposible. Ni para el creyente. Debemos empezar, y la gracia de Dios completará el trabajo, y la bondad, que Dios les dio a las mismas personas, puede sorprendernos alguna vez e ir más allá de nuestras expectativas. Hoy día nosotros sembramos, y mañana otro cosechará. Si no sembramos hoy, no habrá una cosecha. “yo planté, Apolo regó, pero Dios dio el crecimiento” (1 Cor 3, 6).

 

Durante corto tiempo, un despertar de sentimientos regionalistas se pudo notar entre los sacerdotes. Espero que el espíritu haya desaparecido verdaderamente para nunca resurgir. Porque nada puede dividir a los sacerdotes que trabajan en la misma viña del Señor y que ofrecen la misma Eucaristía cada mañana. Espero que algunos tipos de comportamiento humano no tengan éxito corrompiendo la misión confiada por Dios, de modo que la Iglesia pueda permanecer viva a través de sus sacerdotes y pueda crecer a través de su fe, su oración y su catequesis. “Hermanos, estad todos vosotros de acuerdo  y no permitáis que  haya divisiones entre vosotros, sino estad unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar” (1 Cor 1, 10).

 

Aceptad vuestra vocación seriamente, renovad diariamente la aceptación que expresasteis un día en el pasado. Renovad diariamente vuestra aceptación de la difícil elección que consiste en dar vuestra vida cada día y que, a través del aburrimiento o pruebas, puede llegar ser una muerte diaria. La finalidad de los momentos de silencio ante el Señor es precisamente renovar y ayudar a esa aceptación de la elección difícil. De aquí la importancia de dar el tiempo suficiente en vuestra vida a la presencia divina, para cobrar de nuevo la valentía y para ser capaces de leer la voluntad de Dios en todos los eventos de vuestra vida personal y pública. Porque la providencia de Dios es vigilante, y todo lo que Dios permite que suceda en nuestra vida es una palabra que él nos está diciendo. Finalmente, debemos ser conscientes del hecho que la vida o la muerte de varias personas, hombres y mujeres, depende de nuestra aceptación o rechazo de nuestra vocación o del camino que vivimos. Jesús dijo: “He venido para que tengan vida” (Jn 10, 10) y los sacerdotes son enviados a ser dadores de vida.

 

El futuro

 

19. El futuro de los sacerdotes depende del temor y reverencia que mantengan hacia las cosas sagradas con las que  tratan cada día. El futuro de los cristianos depende de lo que sus párrocos les den. Nosotros, el Patriarcado, hemos trabajado ahora por casi media centuria. Por la gracia de Dios, el fruto es ciertamente abundante. Pero  se debe hacer un esfuerzo todavía para dar vida más abundante. Las familias se deben  formar para vivir siguiendo el ejemplo de la primera Iglesia de Jerusalén (Act 2, 43-47), unidas por la oración, la enseñanza de los apóstoles, la Eucaristía, y la participación de los bienes. Se deben encontrar medios para vivir el mandamiento del amor en todos los aspectos, en la vida privada y pública: amor que es perdón, amor que es aceptación del otro que es diferente, de cada religión y de cada nacionalidad; y así por la participación de los bienes, como fue ya dicho,  debemos ser capaces a ir más allá de la fase de la limosna y conseguir caminos de participación que estén basados sobre las demandas de fe y sobre fundaciones económicas necesarias.

Los fieles deben  ser “enviados” a la sociedad sin que les falte su fe, como ha sido hecho a veces hasta hoy, sino más bien, nosotros “enviamos” a los fieles con fortaleza e iluminados por la fe. A veces educamos a las personas con una formación espiritual que mantiene a los fieles exclusivamente dentro de la iglesia o en el contexto parroquial. No hemos procurado enviarles a la sociedad. La oración en la  iglesia (la Eucaristía, la Misa, el rosario, el vía crucis, la procesión y cualquier otra devoción) debe  llegar a ser un envío hacia fuera del lugar del culto, un envío hacia toda la sociedad, donde las personas están buscando a Dios,  para allí llegar a ser levadura, sal y luz. En nuestra sociedad, hay un conflicto y hay dos pueblos y tres religiones, y todos nuestros países están sufriendo desde la inestabilidad política. Todo creyente y todo hombre y mujer de buena voluntad, y sus párrocos y  religiosos y religiosas deben lo primero de todo actuar constantemente para terminar esto, y deber hacer de esto  objeto de su oración y de su enseñanza.

 

El diálogo entre religiones hace a las personas más cercanas. Pero se debe tener cuidado de modo que esto no sea transformado en una actitud acomodaticia o incluso abdicación o miedo de afirmar la identidad de uno o de hacer frente a la realidad, sea fácil o difícil. La fidelidad verdadera del creyente consiste en amar todo lo de su sociedad, los dos pueblos y los creyentes de todas las religiones así como los increyentes si ellos mismos se dan a conocer. Nuestra catequesis tiene que dar una apertura clara y explícita en este sentido. El otro no es un enemigo. Él o ella no son unos extraños. Él o ella son creaturas de Dios, los hijos y las hijas de Dios. Ante Dios, nadie es un enemigo, nadie es un extraño. Cuando hablamos a los musulmanes y judíos, es normal que les pidamos que tengan la misma visión. Pero incluso si no encontramos la reciprocidad deseada, permanecemos creyentes en Jesucristo, y   nos comportamos como tales: vemos en cada persona un hijo e hija de Dios, el objeto del amor de Dios y de nuestro amor.

 

CONCLUSIÓN

 

Estoy llegando al final de mi misión como Patriarca de Jerusalén para los Latinos y  pronto lo pasaré  a mi sucesor, Mgr. Fouad Twal. Pido a Dios que le dé toda la gracia y la bendición de modo que pueda continuar llevando la misión de este venerable Patriarcado. Una vez más doy las gracias al Señor y a todos a los que él ha puesto en mi camino para servirles o recibir gracia a través de ellos. Continuaré viviendo en Jerusalén. Como  ha  sido el caso hasta ahora, las demandas de mi vida diaria estarán aún en  el contexto del Patriarcado Latino de Jerusalén. Personalmente, vine al Patriarcado sin ningún dinero; finalizo mi mandato sin ningún dinero. No tengo cuentas en ningún banco, no debo nada a nadie. Ni nadie me debe nada. El Patriarcado como institución siempre tuvo déficit en sus cuenteas. Pero Dios bendijo el déficit, la pobreza, y él continuará acompañando al Patriarcado en sus necesidades materiales que son necesarias para desempeñar su misión espiritual. Por todo esto, doy gracias al Señor, y  pido a cada uno acompañarme con sus oraciones. Me confío a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María. Y para todos pido la bendición del Todopoderoso Dios Padre,  Hijo y espíritu Santo, el único y solo Dios. Amén.

 

Michel  Sabbach, Patriarca

Jerusalén, 1 de Marzo de 2008

INTRODUCCIÓN

 

I.            Una mirada a mi Ministerio Patriarcal


 


 II.         La Vocación cristiana en Tierra Santa



(Traducción particular no oficial desde el Inglés) 

 

 


Publicado por verdenaranja @ 21:05  | Hablan los obispos
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