Mi?rcoles, 16 de abril de 2008


Celebración para una jornada de reflexión dentro de la parroquia en el año dedicado a la parroquia del Plan Diocesano de Pastoral de la Diócesis de Tenerife.

 

LA PARROQUIA, PLATAFORMA MISIONERA

 

Esta celebración tendrá lugar donde esté habitualmente el Sagrario, bien sea en la capilla reservada a tal efecto, bien en la nave principal o en el presbiterio. Será presidida por el párroco o por otro sacerdote de la comunidad.

 

Animador

 

         En esta jornada, hemos tratado el aspecto más importante y decisivo de la vida de nuestra parroquia, aquél hacia el que confluyen todos los demás.

 

         “La Iglesia vive para evangelizar”, nos recordaba Pablo VI. Y nosotros concluíamos con toda lógica: la misión de la parroquia es evangelizar. Por eso nos propusimos, como objetivo final de estas jornadas “renovarnos para evangelizar mejor”. Para ello nos hemos esforzado en revisar la vida interna de nuestra comunidad, conscientes de que no pueden transmitir el Evangelio quienes antes no se han dejado transformar por él.

 

         Pero ahora ha llegado el momento de preguntarnos: ¿Evangeliza nuestra parroquia? Es decir, ¿transmite el Evangelio a los creyentes débiles y desorientados, a los que se van alejando de la fe y a los que ya no la tienen?

 

         Nos planteamos esta pregunta aquí, en el centro espiritual de nuestra comunidad, en el lugar donde está presente personalmente el Señor, Resucitado, para acompañarnos día a día en nuestra peregrinación hacia el Padre. Queremos, hoy más que nunca, oír su voz, compartir su amor, sentir su llamada. Por eso les invito a que permanezcamos unos minutos en silencio, gozando de su intimidad, abriendo ante Él nuestro corazón y dejándonos penetrar de su solicitud amorosa por toda la humanidad.

 

(Todos oran en silencio durante algunos minutos)

 

Siempre que nos encontremos con el Señor Jesús hemos de acabar preguntándole: ¿Qué quieres Señor de mí? Con amor agradecido, todos nosotros le hacemos ahora esta pregunta, y abrimos nuestro corazón para recibir su respuesta. Oigamos primero a Jesús en el testimonio del primer evangelizador de los gentiles, Pablo, nuestro padre en la fe.

 

Lector

 

         Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos (Rm 1, 1.7; 10, 9-15).

 

         Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios, a todos los que vivís en Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su pueblo santo: os deseo la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

 

         Si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación. Dice la Escritura: “nadie que cree en Él quedará defraudado”. Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues “todo el que invoca el nombre del Señor se salvará”.

 

         Ahora bien, ¿cómo van a invocarlo, si no creen en él?, ¿cómo van a creer, si no oyen hablar de él?, y ¿cómo van a oír sin alguien que proclame?; y ¿cómo van a proclamar si no los envían? Lo dice la Escritura: “¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el Evangelio!”.


PALABRA DE DIOS.

 

Animador

 

Hermanos: Está claro, hacen falta enviados, anunciadores del Evangelio. Pero, ¿acaso no somos nosotros los que hemos recibido esa misión? ¿Qué significa nuestro Bautismo y nuestra Confirmación? ¿Hemos recibido la fe para salvarnos nosotros solos o para hacer partícipes de este don a todos los demás?

 

         Oigamos el último mandamiento que dio Jesús a sus discípulos antes de subir al cielo.

 

Lector

 

         Lectura del Santo Evangelio según san Mateo (Mt 28, 16-20).

 

         “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. A verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, entonces, y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo os he mandado. Y yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo»”.


PALABRA DEL SEÑOR.

 

Sacerdote

 

         Acabamos de escuchar el mandato del Señor. Él nos eligió, sin mérito alguno de nuestra parte, para que tuviéramos la dicha de conocerle y seguirle. Pero nos eligió también para que diéramos fruto. Porque no se puede descubrir al Señor sin sentir la necesidad de llamar a otros para que hagan la misma experiencia. Estamos en su presencia. Él está aquí sobre todo para recordarnos nuestra misión y para acompañarnos siempre en la difícil tarea de evangelizar. Dirijámonos pues, a Él con toda confianza y gratitud.

 

Ante todo, démosle gracias por habernos llamado a ser sus discípulos. (Todos oran unos momentos en silencio).

Pidámosle que despierte nuestra conciencia misionera y aumente nuestro amor a todos los hombres. (Oración en silencio).

Oremos por todos aquéllos que viven en nuestra parroquia y no le conocen, le conocen mal o se han cerrado a su llamada. (Oración en silencio).

Oremos también por todos los habitantes del mundo a los que no ha llegado todavía la luz y la fuerza del Evangelio. (Oración en silencio).

 

Oh, Dios, que enviaste al mundo a tu Hijo como luz verdadera, derrama tu Espíritu para que siembre la semilla de la verdad en el corazón de los hombres y suscite en ellos la fe, de modo que todos, renacidos a una nueva vida por medio del Bautismo, lleguen a formar parte de tu único pueblo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Todos: Amén.

 

         Ahora vamos a renovar en nosotros la gracia que recibimos en el sacramento de la Confirmación. Para ello, confesemos primero nuestra fe y reafirmemos los compromisos que adquirimos de este sacramento.

 

Todos

 

Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y la Tierra.

 

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor;

que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,

nació de Santa María Virgen;

padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos;

subió al cielo, y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso.

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

 

Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, y la vida eterna.

AMEN

 

Sacerdote

 

¿Se sienten comprometidos a llevar el Evangelio a los demás?

 

Todos Sí, me comprometo.

 

Sacerdote

 

¿Prometen trabajar por mostrar la imagen de Dios a todos los hombres?

 

Todos Sí, prometo.

 

Sacerdote

 

¿Prometen extender el Reino de Dios con sus palabras y sus obras, y trabajar por la promoción del hombre?

 

Todos Sí, prometo.

 

Sacerdote

 

Yo, en nombre de la Iglesia, les envío a anunciar el Evangelio y a dar testimonio de Jesús ante todos los hombres.

 

         (En este momento, si se ve posible, los asistentes se arrodillan delante del sacerdote, y éste, puesto en pie, impone las manos sobre cada uno diciendo las palabras siguientes: “N, reaviva en ti el don del Espíritu").

 

         (El rito puede concluir pronunciando el sacerdote esta exclamación u otra parecida) “Proclamen las grandezas del Señor, y sean testigos de Jesucristo ante todos los hombres").

 

         (Finalmente, el sacerdote bendice a los asistentes en la forma habitual. Al final, se puede añadir un canto conocido, como “Sois la semilla que ha de crecer” o “Anunciaremos tu Reino").


Publicado por verdenaranja @ 22:48
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