Lunes, 21 de abril de 2008

Subsidio litúrgico para la Eucaristía  de Pentecostés, día de la Acción CAtólica y del Apostolado Seglar, enviado por la Delegación de Apostolado Seglar.

EUCARISTÍA DEL DOMINGO DE PENTECOSTÉS

 

Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar - 11 de mayo de 2008

 

La formación de los laicos a los 20 años del Sínodo de Obispos sobre la
Vocación y la Misión de los Laicos en la Iglesia y en el Mundo

 

Monición inicial

 

Celebramos en la fiesta de Pentecostés el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, con el lema «Laicos cristianos, sal y luz del mundo».

El Concilio Vaticano II reconoció la carta de naturaleza de los laicos en el ser y la misión de la Iglesia. Y hoy celebramos los veinte años del Sínodo sobre los Laicos y de la Exhortación apostólica de Juan Pablo II Christifideles laici -- Los fieles laicos—.

Si la Iglesia quiere ser ella misma, ha de promover la participación de los laicos en la vida de la Iglesia y en su misión evangelizadora. La vitalidad in-terna y evangelizadora de la Iglesia se juegan en la existencia de un laicado consciente, formado y misionero.

Es necesario despertar esta conciencia de responsabilidad eclesial y misio­nera en los laicos, a través especialmente de una formación cristiana integral y actualizada.

En esta Eucaristía, nosotros hoy, como aquella primera comunidad de após­toles, discípulos y discípulas, reunidos en oración junto con María (He 1, 13‑

141. estamos también en oración abiertos a la acción del Espíritu Santo. 

 

Acto penitencial

 

Quizás a veces pedimos perdón por faltas habituales y rutinarias que siempre tenemos, y no por faltas o pecados de mayor calado, que restan mucha capacidad a nuestra identidad cristiana, eclesial y apostólica. Un gran pecado que seguimos manteniendo es quizás el de no potenciar la formación de los laicos para que puedan participar en la vida de la Iglesia y realizar su misión apostólica en la sociedad actual. Pidamos, pues, perdón:

 

Por no reconocer de verdad que los laicos son Iglesia discípula y mi­sionera del evangelio de Jesucristo. SEÑOR, TEN PIEDAD.

 

Por no potenciar suficientemente la formación y la participación de los laicos en toda la vida de la Iglesia. CRISTO, TEN PIEDAD.

 

Por no abrirnos al Espíritu para que irrumpa sobre toda la Iglesia, pas­tores y laicos, para que se sienta movida a hablar en las lenguas que puedan entender las gentes de hoy. SEÑOR, TEN PIEDAD.

 

Monición Lecturas de la Palabra de Dios

 

(Hechos 2, 1-11; Salmo 103, 1-2.24.34; 1 Cor 12, 31)-7.12-13; Juan 20, 19-23)


Aquella primera Iglesia de apóstoles, discípulos y discípulas, con María, «estaban juntos el día de Pentecostés» y «se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras...».

 

Pablo describe la Iglesia bajo la figura de un cuerpo, en la que todos sus miembros contribuyen a su vitalidad y a su actuación.

 

Es Jesús resucitado quien ha ofrecido a la humanidad y, concretamente a los Apóstoles y a la Iglesia, la presencia renovadora del Espíritu, que la capacita para la liberación del pecado y del mal.

 

Para la Homilía

 

Pentecostés sucede hoy –o puede suceder-. Aquel primer Pentecostés fue la irrupción del Espíritu en una comunidad, pequeña en número y débil de fuerzas, de apóstoles y discípulos –con María-, reunida en oración. Je­sús, el Maestro y el Señor, les había embarcado en la misión, humanamente imposible, de «anunciar el Evangelio», con palabras y obras de liberación, a aquel mundo de entonces.

 

Aquel primer Pentecostés sigue vigente. Ha sido y sigue siendo siempre actual en la Iglesia. Sin Espíritu Santo no hay Iglesia de Jesús. Los cristianos no podemos creer en Jesús e, incluso, «decir "Jesús es Señor", si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12, 3b).

 

Quien nos une en comunión de vida es el Espíritu: «Esforzaos en mantener la unidad que crea el Espíritu... Hay un solo cuerpo y un sólo Espíritu...» (Ef 4, 4-6).

 

Quien nos inunda de amor (Rm 5, 5: "... el amor que Dios nos tiene inun­da nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado") y nos hace hijos del Padre es el Espíritu: «Y la prueba de que sois hijos de Dios es que Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba! ¡Padre!» (Ca 4, 6-7).

 

Y quien nos capacita para la evangelización es el Espíritu. Jesús nos envía: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo...»; pero, a continua­ción «exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo...» Un 20, 21-23).

 

Pero, también es verdad que, aunque «el Espíritu sopla donde quiere» Un 3, 8) y abre sorprendentes caminos de futuro, resulta necesario que toda la Iglesia se una en la oración al Espíritu y adopte la postura de la mayor disponi­bilidad para acoger su presencia y dejarse iluminar, animar e impulsar por El.

 

El Concilio Vaticano II significó una acción muy especial del Espíritu Santo en la Iglesia, que es necesario acoger y actualizar en el hoy de la Iglesia y de la humanidad. Un aspecto fundamental del mensaje conciliar es el reconoci­miento del ser y lugar de los laicos en la Iglesia y de su misión evangelizadora. Veinte años después, el Sínodo de Obispos ratificó y desarrolló este mensaje. «El significado fundamental de este Sínodo... es la acogida por parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte ac­tiva, consciente y responsable en la misión de la Iglesia...» (ChL 3).

 

Lo primero es la comunión de todos en la Iglesia... Porque los laicos no son clientes ni meros destinatarios de la labor de la Iglesia, sino que ellos mismos son la Iglesia. Lo primero es la comunión, es la Comunidad de hermanos en la fe, la esperanza y el amor del Padre manifestado por Jesucristo en el Es­píritu: «... no os dejéis llamar "maestro"... no os llamaréis "padre"... tampoco "directores"... vosotros todos sois hermanos... » (Mt 23, 8-1 1).

 

Lo primero es la igual dignidad por la participación, «en virtud de su con­dición bautismal y de su específica vocación, (del) oficio sacerdotal, profético v real de Jesucr¡sto, cada cual a su medida» (Chi 7.1)

 

Laicado consciente, formado y corresponsable. Según Pablo, todos los cristianos formamos un solo cuerpo, constituido por muchos miembros. Y en este cuerpo único el Espíritu regala «diversidad de dones», «diversidad de servicios» y «diversidad de funciones». «En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común» (ICor 12, 4-7). Es decir, todo cristiano, cada miembro del cuerpo, tiene una tarea o servicio que realizar en la Iglesia. En otros textos, Pablo explicitará los diversos carismas y ministerios, entre ellos el ministerio apostólico y pastoral, esencial en la Iglesia.

 

Esto quiere decir que el laico, por la sola razón de ser cristiano, ha de asumir y tornar conciencia tanto de su identidad cristiana como de su mi­sión evangelizadora. Ha de prepararse, formarse -estar en forma- para po­der vivir como discípulo de Jesús en el medio ambiente cultural y social actual y para ser testigo significativo del Evangelio. Ha de saber programar y efectuar su acción evangelizadora en diálogo -y no en actitud negativa o globalmente condenatoria- con los hombres y mujeres de hoy y, especial-mente, encarnándose en el mundo de los empobrecidos.

En esta Eucaristía de Pentecostés hagámonos receptivos a la acción del Espíritu. Es hoy cuando Jesús nos dice a nosotros, a toda la Iglesia y, este domingo, especialmente a los laicos lo que decía a los Apóstoles aquella tarde de la Resurrección: «Paz a vosotros. Corno el Padre me ha enviado, así también os envío yo... Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados...» (/n 20, 21-23).

 

Es necesario, si somos fieles a la Iglesia del Concilio y del Sínodo de Obispos y fieles también al Espíritu, que asumamos todos, pastores y laicos, la tarea de promocionar un laicado formado y comprometido. La formación cristiana integral de los laicos ha de ser una tarea prioritaria en la Iglesia de hoy. El asociacionismo de los laicos en el Apostolado Seglar y especial-mente en la Acción Católica continúa siendo absolutamente necesario para realizar la evangelización en todos los ámbitos y ambientes del mundo y de nuestra sociedad.

 

Pero, solamente el Espíritu Santo nos puede dar entendimiento y mo­tivación suficientes para animarnos a una conversión evangélica personal y comunitaria, y para discernir y tener el valor suficiente para recorrer los caminos de una verdadera evangelización.

 

Oración de los Fieles

 

Como los discípulos y María, reunidos en el nombre de Jesús resucitado, nos abrimos ala presencia renovadora del Espíritu Santo. Le decirnos al Pa­dre: Padre, envíanos al Espíritu Santo.

 

Por toda la Iglesia, para que no se centre tanto en ella misma, sino que se ponga a la escucha del Espíritu.

 

Por la humanidad actual, sometida a un sistema cultural y económico que idolatra el tener, el poder y el consumir, y genera deshumanización y pobreza.

 

Por los pastores de la Iglesia, para que vivan su ministerio corno servidores del Pueblo de Dios, reconociendo y animando la labor de los laicos en la Iglesia y en la sociedad.

 

Por los laicos, para que asuman responsablemente su vocación y mi­sión cristianas y, para ello, realicen el proceso de formación necesario.

Por los Movimientos de Acción Católica y de Apostolado Seglar, para que se reafirmen en su misión apostólica y renueven su formación y su peda­gogía para poder evangelizar a los hombres y mujeres de hoy.

 

Padre, Tú guías los destinos del mundo y abres, en la marcha de la historia, caminos de fidelidad y de misión a tu Iglesia, haz que hoy nos dejemos iluminar y guiar por el Espíritu que nos envía Jesucristo resucitado, tu Hijo y Señor nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Ofertorio

 

(Se pueden presentar las ofrendas de sal y luz, juntamente con el pan y el vino)

 

Monición. La sal del sabor y la sabiduría. La luz de la alegría y la verdad. El pan y el vino, alimentos básicos de la vida. Somos nosotros quienes nos presentamos y nos ofrecemos al Padre para ser en Jesús sal, luz y vida com­partida con los pobres de la tierra.

 

Monición final de envío

 

Hoy, en este Pentecostés 2008, Jesús nos sigue enviando al mundo a liberar a las personas de todo pecado y de todo mal. Nos ha llenado de paz. Nos ha comunicado su misma vida, se nos ha dado El mismo en la Comunión. Y nos llena de su Espíritu, dador de luz y de fuego de amor. Que seamos verdaderos testigos de Jesucristo y de su Espíritu entre nuestros hermanos y hermanas. Que hagamos realidad el lema de esta fiesta: «Laicos cristianos, sal y luz del mundo».

 

Cantos


. Entrada:    - El Señor os dará su Espíritu Santo

Jesús está entre nosotros

 

. Ofertorio: - Espíritu Santo, ven en el nombre de Jesús

Llevemos al Señor el vino y el pan.

 

. Comunión: -Ven, Espíritu de Dios, sobre mí

Tú, Señor, me llamas

 

. Final:         - Id por el mundo y proclamad

-         Nos envías por el mundo


Publicado por verdenaranja @ 23:08  | Liturgia
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