Lunes, 21 de abril de 2008

Ideas para la homilía del día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar 2008, domingo de Pentecostés, sacado de subsidio litúrgico para su celebración.

 

Pentecostés sucede hoy –o puede suceder-. Aquel primer Pentecostés fue la irrupción del Espíritu en una comunidad, pequeña en número y débil de fuerzas, de apóstoles y discípulos –con María-, reunida en oración. Je­sús, el Maestro y el Señor, les había embarcado en la misión, humanamente imposible, de «anunciar el Evangelio», con palabras y obras de liberación, a aquel mundo de entonces.

 

Aquel primer Pentecostés sigue vigente. Ha sido y sigue siendo siempre actual en la Iglesia. Sin Espíritu Santo no hay Iglesia de Jesús. Los cristianos no podemos creer en Jesús e, incluso, «decir "Jesús es Señor", si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12, 3b).

 

Quien nos une en comunión de vida es el Espíritu: «Esforzaos en mantener la unidad que crea el Espíritu... Hay un solo cuerpo y un sólo Espíritu...» (Ef 4, 4-6).

 

Quien nos inunda de amor (Rm 5, 5: "... el amor que Dios nos tiene inun­da nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado")  y nos hace hijos del Padre es el Espíritu: «Y la prueba de que sois hijos de Dios es que Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba! ¡Padre!» (Ca 4, 6-7).

 

Y quien nos capacita para la evangelización es el Espíritu. Jesús nos envía: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo...»; pero, a continua­ción «exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo...» Un 20, 21-23).

 

Pero, también es verdad que, aunque «el Espíritu sopla donde quiere» Un 3, 8) y abre sorprendentes caminos de futuro, resulta necesario que toda la Iglesia se una en la oración al Espíritu y adopte la postura de la mayor disponi­bilidad para acoger su presencia y dejarse iluminar, animar e impulsar por El.

 

El Concilio Vaticano II significó una acción muy especial del Espíritu Santo en la Iglesia, que es necesario acoger y actualizar en el hoy de la Iglesia y de la humanidad. Un aspecto fundamental del mensaje conciliar es el reconoci­miento del ser y lugar de los laicos en la Iglesia y de su misión evangelizadora. Veinte años después, el Sínodo de Obispos ratificó y desarrolló este mensaje. «El significado fundamental de este Sínodo... es la acogida por parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte ac­tiva, consciente y responsable en la misión de la Iglesia...» (ChL 3).

 

Lo primero es la comunión de todos en la Iglesia... Porque los laicos no son clientes ni meros destinatarios de la labor de la Iglesia, sino que ellos mismos son la Iglesia. Lo primero es la comunión, es la Comunidad de hermanos en la fe, la esperanza y el amor del Padre manifestado por Jesucristo en el Es­píritu: «... no os dejéis llamar "maestro"... no os llamaréis "padre"... tampoco "directores"... vosotros todos sois hermanos... » (Mt 23, 8-1 1).

 

Lo primero es la igual dignidad por la participación, «en virtud de su con­dición bautismal y de su específica vocación, (del) oficio sacerdotal, profético v real de Jesucr¡sto, cada cual a su medida» (Chi 7.1)

 

Laicado consciente, formado y corresponsable. Según Pablo, todos los cristianos formamos un solo cuerpo, constituido por muchos miembros. Y en este cuerpo único el Espíritu regala «diversidad de dones», «diversidad de servicios» y «diversidad de funciones». «En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común» (ICor 12, 4-7). Es decir, todo cristiano, cada miembro del cuerpo, tiene una tarea o servicio que realizar en la Iglesia. En otros textos, Pablo explicitará los diversos carismas y ministerios, entre ellos el ministerio apostólico y pastoral, esencial en la Iglesia.

 

Esto quiere decir que el laico, por la sola razón de ser cristiano, ha de asumir y tornar conciencia tanto de su identidad cristiana como de su mi­sión evangelizadora. Ha de prepararse, formarse -estar en forma- para po­der vivir como discípulo de Jesús en el medio ambiente cultural y social actual y para ser testigo significativo del Evangelio. Ha de saber programar y efectuar su acción evangelizadora en diálogo -y no en actitud negativa o globalmente condenatoria- con los hombres y mujeres de hoy y, especial-mente, encarnándose en el mundo de los empobrecidos.

En esta Eucaristía de Pentecostés hagámonos receptivos a la acción del Espíritu. Es hoy cuando Jesús nos dice a nosotros, a toda la Iglesia y, este domingo, especialmente a los laicos lo que decía a los Apóstoles aquella tarde de la Resurrección: «Paz a vosotros. Corno el Padre me ha enviado, así también os envío yo... Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados...» (/n 20, 21-23).

 

Es necesario, si somos fieles a la Iglesia del Concilio y del Sínodo de Obispos y fieles también al Espíritu, que asumamos todos, pastores y laicos, la tarea de promocionar un laicado formado y comprometido. La formación cristiana integral de los laicos ha de ser una tarea prioritaria en la Iglesia de hoy. El asociacionismo de los laicos en el Apostolado Seglar y especial-mente en la Acción Católica continúa siendo absolutamente necesario para realizar la evangelización en todos los ámbitos y ambientes del mundo y de nuestra sociedad.

 

Pero, solamente el Espíritu Santo nos puede dar entendimiento y mo­tivación suficientes para animarnos a una conversión evangélica personal y comunitaria, y para discernir y tener el valor suficiente para recorrer los caminos de una verdadera evangelización.


Publicado por verdenaranja @ 23:14  | Espiritualidad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios