Mi?rcoles, 23 de abril de 2008

Enviado por Carlos Peinó Agrelo Peregrinos, Cursillista, colaborador en la redacción de la Positito super virtutibus del Siervo de Dios Manuel Aparici.



MANUEL APARICI NAVARRO

TESTIMONIOS DE UNA VIDA EJEMPLAR

Y esta es la razón que todos tenemos.

Eres testimonio excepcional del amor infinito, omnipotente y

misericordiosos de Dios

 

 

         En carta, sin fecha [1][1], Sor Carmen Teresa de Jesús, en adelante Sor Carmen, (Carmen Rivera o Carmelina en el mundo), Priora, (entonces Carmelita Descalza, hoy Clarisa) [1][2], su abogada, madrina de oraciones, etc., le dice a Manuel Aparici, al que trata de queridísimo:

 

         «Al bajar hoy al locutorio me ha hecho impresión que Córdoba me ha dicho: “Perdone Madre, he cerrado la carta de Aparici sin que Vd. la leyera”; y al decirle yo: “Vd. no tiene censura”, me contesta: “pero me interesaba que la leyera Vd.”, y me ha contado que te decía lo de los papeles.

 

        
Y me ha impresionado porque Córdoba es totalmente refractario a esto, mucho más a decirlo al interesado y más aún a comentarlo así.




         Y la razón es la que todos tenemos. Eres testimonio excepcional del amor infinito, omnipotente y misericordioso de Dios [1][3]. Tu apartamiento de esta última etapa una razón más para el caso que vemos. Ciertamente Dios no necesita de nosotros. Tú lo ves, te lo ha hecho sentir a veces con dolor [1][4]. Dios nos quiere a nosotros, y para purificarnos, para quemar escoria, nos aparta y nos hace de Él hasta conformarnos con Él.

 

        
Tu hermana es un prodigio de Amor, que sólo puede conocerse ante el Amor encerrado en su pequeñísima celda y en el profundo de nuestras almas donde se revela. Sólo si nos acercamos a Él, si nos hundimos en Él, le comprenderemos en sus obras en las almas de sus amigos.

         Y esto de que precisamente se les haya ocurrido a los que han sido fruto de ese Amor único, que sean tus muchachos, es una misericordia más, para que no puedas asentarte en el “olvido” de los unos de la última etapa.

         Dios te ha hecho sentir la soledad, pero pocas personas han sido tan profundamente como tú queridas. Pocas almas tendrán a tantos tan pendientes de ella como la tuya.

 

        
Yo comprendo que tú no puedas recoger nada, pero en una casa no serán tan difíciles de encontrar las cosas. Si te parecen tonterías mías, pues no me las das a mí, aunque nadie las guardaría con más ilusión.

 

        
¿Tienes confianza en mi hermana? Pues que lo haga ella, que lo guarde quien quieras. En fin, de la forma que te sea más fácil, pero que se recoja todo lo que se pueda de tus escritos espirituales y apostólicos [1][5].

 

        
No veo más que dos intereses y lo demás no me importa:

 

        
Primero:  En orden a ti.

        
Más conforme con tu abandono filial me parece que no des importancia a esto y que “dejes hacer”. En los brazos del Padre, metido en su Amor, pendiente del Amado, ¿me quieres decir qué importa que los pobres hombres que andan por el mundo vean una vez más la Fidelidad y el Amor sobre los hombres?

         ¿Pero a ti qué te importa? ¿Pero qué es todo ese poquillo que tú has podido trasladar al papel para darnos gana de algo de acercarnos a Él, comparado con la Realidad Sobrenatural que te llena?

         ¡Déjate de bobadas y piensa que una de las maneras del abandono es éste: que sepan; que entonces admirarán a Dios y no repararán en ti!

 

        
Segundo:  Razón de apostolado [1][6].

                  
1ª.  Para los que lo hagan. Si apenas te conocen estos curas. Si se quedarán absortos al ver lo Fiel que ha sido contigo. ¿Tú sabes qué efecto le haría a Córdoba y a Pepe  y a Castro [1][7], a cada uno por una cosa?

                  2ª.  Ventajas de que escrita por estos llegará a todos los que tú has influido y verán la necesidad de esa actuación del Amor por encima de todos los medios.

        
Ahora haz lo que quieras. En realidad para ti no quiero más que el tiempo que vivas te fijes en esta sola postura del Hijo con su Padre. Mi vía Carolina tan fecunda. Y cuando llegues al cielo que alcances del Señor un nuevo Pentecostés para todas las almas que unió a ti y entre las que en primerísimo lugar me encuentro.

        
Según mis “caminos” me alegraría que no dieras importancia a nada, que des graciosamente lo que graciosamente has recibido, y que con la misma paz, sin apartarte para nada de Dios, recibas su Amor [1][8] cuando piensen unos que estás anticuado, que cuando los otros, ante el temor de perderte, quieran conservar ese testimonio del Amor, la Omnipotencia y la Fidelidad infinitas.

        
Hoy no te escribe Córdoba porque no sabe que te he escrito. Y cuando le vea mañana ya ha salido esta carta. Cada día esta más pacífico, más centrado y más abierto a Dios. A pesar de que es demasiada soledad para él, pero lo lleva muy bien. El quiere verte, y hablar contigo, y dice que si estás mal, en peligro, que se va. La verdad es que le impresiona todo lo tuyo.

        
En Xto.» [1][9].

 

Por otro lado, por carta de 21 de julio de 1989, le dice al Rvdo. José Manuel de Lapuerta y Quintero, Consiliario de Peregrinos de la Iglesia: «Vi con la mayor alegría que los Peregrinos están ya … tras el asunto de Aparici. Yo quisiera de verdad que el Capitán llegara antes que nadie». «Siempre le consideré –afirma después en su declaración– que llegaría a los altares. Mi hermano José decía que había tratado con tres santos y uno de ellos era Manuel Aparici (los otros dos, nuestro hermano Antonio [“El Ángel del Alcázar”] y el P. Nieto). Después de morir se habla más todavía de su fama de santidad» [1][10].

 

 

P/S.   Muchos hermanos de habla inglesa nos piden los textos en inglés, pero, sintiéndolo mucho, no podemos complacerles. Sin embargo, estamos convencidos que un día Dios suscitará una vocación tan específica: un traductor. De momento, sigamos pidiendo al Señor que suscite tal vocación. ¡Qué hermoso sería poder tenerlo también en francés, alemán, etc.




[1]  Por la referencia que hace Sor Carmen en su carta a los «escritos y documentos» estimamos que ésta fue escrita en 1964, pocos meses antes del fallecimiento de Manuel Aparici, porque luego él en sus cartas a Sor Carmen de fechas 14 y 24 de agosto de 1964 (C.P., pp. 1914/1915) hace también mención a las mismas. Trataba por todos los medios que no se perdieran y se los pedía una y otra vez hasta que lo consiguió. Éste se resistía: porque, decía, «me parece contrario a la voluntad divina, pues si Él ha querido para mí esta última etapa, así debe quedar: humilde y escondida». Pero su estado no mejoraba, por el contrario empeoraba, y pocos días antes de su muerte accedió a los deseos de Sor Carmen, de la que fue su director espiritual estando ya muy enfermo.

Veintitrés años antes de su fallecimiento, el 10 de marzo de 1941, (todavía no había entrado en el Seminario) anotaba en su Diario: «Formulé propósito de llevarle a mi director espiritual todos mis cuadernos y notas para que vea si los debo quemar. Me asusta la vanidad de ultratumba».

[2]  Es hermana del Rvdo. D. José Rivera Ramírez, cuyo Proceso diocesano de Canonización se abrió el 21 de noviembre de 1998, de Antonio Rivera, «El Ángel del Alcázar», y de Ana María Rivera. Ambas (Carmen y Ana María) han sido testigos en la Causa de Canonización de Manuel Aparici.

Con fecha 13 de abril de 1948 D. José Rivera Lema, hablando de sus hijos, le decía a Manuel Aparici: «Mi querido amigo y capellán: Recibí tu carta que, verdaderamente, me llenó de gozo, pues he visto, por lo que me refieres, que aquella tiara de requisitos indispensables para alcanzar algo del Señor: Sacrificio, mortificación y oración estaban y están en Antonio, en Carmelina y en Pepe. El primero por estar ya allí donde él, con toda convicción, dijo que iba, por lo que nos dejó nota clara del poder de esa tiara, y los otros dos por estar preparándose hace ya tiempo, y sin dejar de andarlo, en el camino angostísimo que les lleva a donde es voluntad del Señor que vayan, nos indican que si de Dios queremos ser oídos ha de ser formados en esos requisitos de que Él nos dejó perenne ejemplo en la Pasión que sufrió. Así que yo, que los veo tan en ti copiados, estoy contentísimo con que sean nuestros muchachos y más si atiendo que en todas las habitaciones de esta casa resuenan constantemente los ecos de aquellas palabras que dejaban traslucir inequívo-camente la admiración que por ti sentía el primero y sienten los que en la muerte mística ... y en el martirio lento ... van portando día a día ... ».

Por su parte, Manuel Aparici, en carta a D. José Rivera de fecha 20 de marzo de 1963, se despedía así: «Con todo cariño les bendice a todos su “cuasi” hijo».

«En el décimo cuarto aniversario de su muerte [de Antonio Rivera], el Consejo Superior de la Juventud de Acción Católica se dirigió al Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Primado de las Españas y Arzobispo de Toledo, Dr. Pla y Deniel, con el fin de que constituyera el Secretariado Pro-beatificación de Antonio Rivera. Después de varias reuniones celebradas en Toledo quedó constituido un Patronato de Honor, bajo la Presidencia del Sr. Cardenal y del que formaba parte, entre otros, Manuel Aparici, Consiliario Nacional, el cual le proponía ya en aquellos años de 1935 y 1936 como el “Presidente Modelo”». (Información y Documentación, Enero y Febrero de 1951).

[1][3]  «Pues el alma como dice Santa Catalina de Siena: “Es un árbol producido por el amor y no puede vivir de otra cosa que de amor”, frase ésta que recoge Manuel Aparici en su escrito y que destacan los Peritos Teólogos en su Informe.

[4]  «Ahora –decía Manuel Aparici–, con el Redentor, con el Verbo hecho carne, con Jesucristo Nuestro Señor, el dolor ya no es maldición sino bendición, es la mejor medicina del pecado y el mejor medio para alcanzar la Bienaventuranza que esencialmente consiste en la alabanza y glorificación de Dios en, con y por Jesucristo Nuestro Señor» (Informe de los Peritos Teólogos).

[5] La correspondencia cruzada entre Sor Carmen y Manuel Aparici, particularmente durante la larga y penosa enfermedad de éste, y que ha sido facilitada por Sor Carmen, riquísimo legado, unida a la de Manuel Aparici, arroja una gran luz sobre la última etapa de su vida: la «etapa de victimación». Es un bellísimo testimonio de amor, de celo sacerdotal, etc. Nos muestra su grandeza de alma, la plena aceptación gozosa de la voluntad de Dios, sus inquietudes y afanes apostólicos en horas tan difíciles, su entrega generosa en todo momento, etc. Recibía, entre otras, a personas muy cualificadas de la Acción Católica y a antiguos políticos que habían pertenecido a ella, etc. Revisaba guiones, preparaba y daba Ejercicios, retiros, Cursillos, etc., dirigía a jóvenes, sacerdotes y religiosas, era confesor y director espiritual de altas personalidades, hacía Ejercicios Espirituales, le pedían y pedía consejos, etc. Mientras pudo siguió ejerciendo su ministerio sacerdotal.

[6]  «¡El apostolado! -decía- es el rayo de sol (amor de Dios) que se recibe en nuestra alma, y, desde ella, limpia y bruñida, se lanza sobre las almas que se deslumbran así» (Mons. Jesús Espinosa Rodríguez. Su testimonio de septiembre de 1977).

[7]  Sacerdotes los tres muy queridos por Manuel Aparici: José Manuel de Córdoba, José Rivera Ramírez (al que un día, 11 de mayo de 1947, le dijo: «tú tienes sangre de mártir y eres hermano de mi hermano de Consejo “El Ángel del Alcázar”» ( C.P., pp. 1747/1748) y Carlos Castro Cubells (uno de los sacerdotes dirigidos por Manuel Aparici durante su etapa de enfermo).

[8]  «Hay que dejarse amar de Dios –decía Manuel Aparici–. Hay que pensar más en el amor de Dios a mí que en el mío a Él» (Mons. Jesús Espinosa Rodríguez. Su testimonio de septiembre de 1977).

[9]  C.P., pp. 8879/8882.

[10]  Mons. Maximino Romero de Lema estima que la fama de santidad tiene fundamento sólido; opinión ésta que comparten también otras muchas personas, testigos, Cardenales, Arzobispos, Obispos, etc., y no testigos. La fama de santidad la tenía tanto en vida como a la hora de la muerte y después de su muerte.

 


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