Jueves, 24 de abril de 2008

Estudio Pastoral para la Jornada de las VOCACIONES NATIVAS, recibido con los materiales para su celebración.

VOCACIONES NATIVAS
RESPONSABILIDAD DE TODOS


Estudio Pastoral para la Jornada

En el siglo XIX una joven francesa, Juana Bigard, se sintió responsable de las vocaciones nativas. Hasta tal punto vivió esta responsabilidad que se convirtió en el objetivo de su vida, en el servicio que debía prestar a la Iglesia. De su ilusión nació la Obra de San Pedro Apóstol a favor de las vocaciones nativas. En esa ilusión debemos nosotros descubrir nuestra propia responsabilidad, en el caso de que captemos el verdadero manantial de dicha ilusión.

 

El carisma de Juana Bigard


En Juana Bigard encontramos el ejemplo prototípico de lo que representa un carisma en la vida eclesial: es un don especial, que se recibe del Espíritu Santo, no como beneficio o privilegio propio, sino como un medio para la edificación de la Iglesia; a su vez, la edificación de la Iglesia tampoco es para sí misma, sino para el cumplimiento de la misión que ha recibido, es decir, para servir al Dios Trinidad que se revela para salvar ofreciendo la comunión de su vida a toda la familia humana.


Hay ocasiones en las que el carisma penetra tan hondamente en la vida del creyente que le lleva a consagrarse enteramente a él, considerando todo lo demás como secundario. Tal fue el destino y el ejemplo de Juana Bigard, que dejó en un segundo lugar lo que se refería a su propio éxito o a su misma salud. El carisma recibido y la responsabilidad experimentada fueron su razón de vivir.


¿Qué es lo que hizo que sintiera tan alto grado de responsabilidad? Podemos preguntarnos de otro modo: ¿tan importante o decisiva era la tarea recibida con su carisma como para sentirse enteramente responsable de lo que sucedía en Iglesias lejanas y distantes?; ¿no hubiera bastado aportar una contribución que no comprometiera a tanto?


En este punto es donde podemos descubrir que en el núcleo del carisma de Juana Bigard había una intuición profética, un sentido peculiar para captar lo que mejor puede servir al proyecto salvífico de Dios y que a veces no es percibido con la misma intensidad por los teólogos, por los juristas o por las mismas autoridades eclesiales.


Juana Bigard tuvo sensibilidad para captar todo lo que había en juego en aquel momento histórico: el destino de las misiones, y en consecuencia, el destino mismo de la Iglesia en muchos lugares del mundo. Cuando se despliega un horizonte de tanto alcance es lógico que se acreciente la responsabilidad y que, por ello, con la gracia de Dios, se entregue la misma vida para ser fiel al carisma recibido, para estar a la altura de la tarea descubierta.

 

Las vocaciones nativas


No se puede minusvalorar la centralidad que para la misión de la Iglesia desempeña el clero indígena, es decir, las vocaciones nativas. Las circunstancias históricas planteaban exigencias y encrucijadas ineludibles para dicha misión de la Iglesia. Dos aspectos merecen ser mencionados para percibir en toda su grandiosidad la aportación de la Obra de San Pedro Apóstol y la intuición que llevó a Juana Bigard a asumir una responsabilidad tan comprometedora.


Por un lado, el siglo XIX estaba siendo escenario de un compromiso misionero ya profundamente debilitado. Esa situación resulta comprensible dados los avatares sociales y políticos que había provocado la Revolución Francesa y la conmoción que había hundido el Antiguo Régimen. Este terremoto histórico se dejó sentir de un modo especial en Francia, pero repercutió en la mayor parte del continente europeo. Las anteriores empresas misioneras no podían ya contar con el apoyo de los poderes públicos. Era ahora el pueblo cristiano el que debía afirmar su protagonismo y asumir su propia responsabilidad para que las iniciativas misioneras pudieran llevarse adelante. Juana Bigard es una expresión de que la conciencia eclesial fue capaz de reaccionar y de asumir una responsabilidad que generaría un grandioso movimiento misionero. El sentido de los carismas se hace patente de modo especial en situaciones de transición, pues permiten convocar a la Iglesia a las tareas de la misión para la que ha sido llamada a la existencia.


Por otro lado, se iban consolidando en muchos lugares del mundo los grupos de cristianos (las “misiones”) gracias a la semilla que habían sembrado los misioneros anteriores. Esas comunidades, aún incipientes, eran atendidas pastoralmente por sacerdotes venidos de fuera. Ahora bien, la gran cuestión que había que plantearse era si ese estado de cosas podía mantenerse durante mucho tiempo. En el caso de que esa situación no fuera posible, o de que no fuera conveniente, había que fomentar, valorar, apoyar y acompañar a los futuros pastores nativos. Esto puede parecernos evidente a nosotros desde nuestra época histórica. Y por ello tal vez no lo valoramos de modo suficiente. Por eso, para que aumente y se acreciente nuestra propia responsabilidad, es a la vez estimulante y conmovedor recuperar del pasado el testimonio de quienes se sintieron protagonistas y asumieron como responsabilidad, en aquella encrucijada histórica, una iniciativa sencilla y humilde. Pues –conviene recordarlo– no todos poseían la intuición profética y carismática que superara la rutina de lo adquirido y dejara alas libres a la creatividad de la misión.

 

Fruto de comunidades vivas y maduras


No se puede valorar lo que está en juego si no se capta el sentido de las vocaciones nativas. No se trata simplemente de que haya presbíteros que puedan presidir la eucaristía o de obispos que puedan presidir una Iglesia local. La novedad se encuentra en darse cuenta de que deben ser nativos, es decir, originarios de los países en los que está naciendo la Iglesia. Dos son los factores que deben tenerse en cuenta.


Uno de ellos se sitúa a nivel práctico, impuesto por las dificultades que se habían producido en muchos lugares: en momentos de persecución o de inestabilidad política, los extranjeros –también los misioneros– eran expulsados. En tales convulsiones las comunidades eclesiales sufrían daños irreparables que podían conducir a su disolución. Por ello, parecía lógico estimular las vocaciones nativas, como garantía de la continuidad de la atención pastoral y de la solidez de la Iglesia.


Hay, además, otro factor de mayor rango eclesiológico: si las Iglesias jóvenes aspiraban a una madurez auténtica, se requería que ellas mismas estuvieran en condiciones de generar las vocaciones y los ministerios que necesitaran para desarrollar todas las funciones propias de una Iglesia local. Entre las vocaciones ocupan un lugar fundamental las de los obispos y presbíteros, juntamente con un laicado maduro, con vocaciones de especial consagración y con asociaciones y movimientos.


En este nivel no se trata simplemente de estrategias pastorales o de medidas de eficacia. Es una cuestión auténticamente eclesiológica: el dinamismo misionero que arranca del testimonio y del anuncio debe apuntar a la convocatoria de una comunidad eclesial que se alimente de la savia y de la tradición de la cultura de los nativos. De este modo la catolicidad de la Iglesia se expresa desde la realidad de la experiencia, y la capacidad salvífica del Evangelio se expande hasta la transfiguración de la creación entera.

 

Todos somos responsables


Este era el camino del futuro, que se insertaba de modo coherente en el dinamismo del designio divino que vive de la lógica de la encarnación, del encuentro con los hombres y mujeres concretos en el tiempo y en el espacio.

Esta perspectiva irá siendo explicitada y reclamada cada vez con mayor fuerza por la teología, por la pastoral, por los documentos oficiales del Magisterio de la Iglesia. Las encíclicas misioneras de los Papas a lo largo del siglo XX irán insistiendo cada vez con más fuerza en la prioridad de la vocaciones nativas, que no pueden quedar depositadas exclusivamente en las congregaciones religiosas, sino que deben brotar espontáneamente del tejido y de la vitalidad de la Iglesia que existe en cada lugar. De modo magnífico este planteamiento fue asumido, ratificado y profundizado por el Vaticano II, de modo especial en el decreto Ad gentes.


Esta convicción se ha ido haciendo común en muchos ambientes de nuestra Iglesia. Pero no siempre es asumida con conciencia de responsabilidad. Por ello, es necesario recordar la memoria de tanta gente sencilla a la que el sentido de la fe y de la Iglesia le hizo asumir como propia la responsabilidad de toda la Iglesia en un campo tan sensible y tan decisivo.


Esta responsabilidad es la que debe ser ratificada en la actualidad. La necesidad y la urgencia no han disminuido. Más aún, la gran riqueza de la Iglesia católica es la existencia de Iglesias locales en (prácticamente) todas las partes del mundo. El sentido cristiano no puede desarrollarse más que sintiéndose solidario de todo lo que afecta a las otras Iglesias, sobre todo cuando está en juego la evangelización del mundo.


Pero para ello hace falta también que profundicemos en el sentido de la cooperación misionera. Esta no consiste en un apoyo (de oración o de sostenimiento económico) que ofrecemos a iniciativas ajenas a nosotros mismos. La cooperación es nuestra propia implicación en el quehacer misionero de la Iglesia. Por ello la responsabilidad no es un añadido a nuestro ser cristiano, sino su expresión lógica y coherente. Con la misma intensidad con que nos preocupamos de las vocaciones en nuestras propias Iglesias, debemos también preocuparnos de las vocaciones en las Iglesias jóvenes, que en tan gran medida rejuvenecen y revitalizan a la Iglesia entera. Lo que está en juego –según supieron intuir mujeres como Juana Bigard– es el destino de la Iglesia y el de la evangelización del mundo.

 

Por Eloy Bueno de la Fuente
Facultad de Teología. Burgos


Publicado por verdenaranja @ 23:04  | Misiones
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