S?bado, 26 de abril de 2008

Enviado por Carlos Peinó Agrelo:


IDEAL PEREGRINANTE Y

VANGUARDIA DE CRISTIANDAD:

UNIDAD EN LA FE DE LOS PUEBLOS HISPANOS

 

Rvdo. Sr. D. José Manuel de Lapuerta y Quintero

 

 

Los que me conocéis seguramente será la primera vez que me veis dar una charla, una conferencia, un lo que sea, leyendo. ¿Por qué leo hoy? Por dos motivos. Primero, porque tenemos poco tiempo y me temo a mí mismo, que me lance a hablar y me vaya por los Cerros de Úbeda, que no me salga la palabra, pues ya la «chola» puede patinar más de la cuenta. Pero, sobre todo, porque esta ponencia no me pertenece a mí. Yo soy más bien el «imponente», más que el ponente. Y los ponentes ha sido un equipo formado por Tomás Mora, Carlos Peinó y yo. Es el fruto de muchos años de trabajo, de editoriales en el BORDÓN, de charlas, de conferencias, de ejercicios; bueno, ejercicios ..., cursillos los llamábamos al principio y, luego, para no confundirlos «Jornadas de Espiritualidad Peregrinante». Y a todo esto, muchos artículos en BORDÓN y ..., pues es el fruto que hemos recogido entre los tres y que me han pedido que sea yo el que la presente. Por eso no corro mucho al leer, porque con la lengua que tengo y la garganta que anda regular, me ibais a entender bastante mal. Se oye, ¿verdad? ¡Qué alegría! No se apunte como milagro, pero como gracia sí.

 

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         El Concilio Vaticano II en su Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, promulgada el 7 de diciembre de 1965, dice: “La Comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (GS.1).

Más de veinte años antes, Manuel Aparici había descubierto la vida como peregrinación y formulaba esta definición concisa y solemne: “Peregrinar es caminar por Cristo al  Padre, a impulso del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos”. Él dice: “Con la ayuda de María”. También el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, nos dirá que la Madre de Jesús “antecede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios” (LG.68)... ¡Qué identidad de conceptos!...

Sin embargo, cuando vivía Aparici, el carácter peregrinante de la Iglesia se hallaba  oscurecido por el concepto de “Iglesia militante”. ¿Cómo descubre Aparici –y con él toda la Juventud de Acción Católica que él preside– que la Iglesia es peregrina, que sus miembros somos, por tanto, peregrinos, y que hemos de vivir nuestra vida como una peregrinación? Fueron las circunstancias históricas –instrumentos en las manos de Dios– las que se lo enseñaron.

 

El Ideal Peregrinante: su desarrollo histórico

 

Todo empezó en diciembre de 1932, en Santander, al celebrarse el II Congreso Nacional de la Juventud de Acción Católica. En este Congreso se adoptó el acuerdo de celebrar el III Congreso Nacional, cinco años después, en Santiago de Compostela, porque 1937 sería Año Santo Jacobeo.

En 1934 se celebra el Año Jubilar de la Redención. En el mes de marzo, 1.000 jóvenes, presididos por el Arzobispo de Toledo Primado de España y con Manuel Aparici como Vicepresidente del Consejo en funciones de Presidente, acuden en peregrinación a Roma. Su presencia en el Coliseo es –en frase de Mons.  Gomá– «algo excepcional, una manifestación de espíritu cristiano verdadero». Se ratifica la vocación peregrinante  de  la  Juventud  de  Acción  Católica  Española. Además –según afirma en su testimonio Manuel Martínez Pereiro, íntimo colaborador de Aparici y presente en aquella peregrinación–: «Los frutos obtenidos en la peregrinación a Roma movieron al Consejo Central a considerar las ventajas de la idea peregrinante e insistir en ella. El III Congreso, que, conforme a lo acordado en el II de Santander, había de celebrarse en Santiago de Compostela en 1937, Año Santo Jacobeo, era la gran oportunidad para poner en práctica aquella decisión del Consejo». Se quería prepararlo con tiempo suficiente sobre todo en el orden espiritual porque –añade Martínez Pereiro– «se aspiraba a que ante todo y sobre todo la marcha hacia Santiago significara un cambio profundo en los corazones, las almas y las conductas de los jóvenes». Se habían descubierto dos cosas: que la práctica de la peregrinación, bien preparada y realizada, era un medio adecuado para el perfeccionamiento espiritual, y que a Santiago había que ir en verdadera peregrinación. Aparici piensa –y lo dice en su Diario– que la peregrinación a Roma había sido la primera etapa de un peregrinar espiritual a Compostela.

Pero la mente y el corazón de Manuel Aparici iban aún más lejos. Y arrastraba al Consejo. Manuel Martínez Pereiro nos dice: «Por otra parte, iba ganando terreno la idea de avanzar tanto en intensidad como en extensión: y así se pensó primero en ampliar nuestro esfuerzo a la juventud hispanoamericana, a la que sin duda había apuntado el Apóstol al querer que sus restos mortales fuesen desde el Oriente al Finisterre del mundo entonces conocido, y después a los jóvenes europeos para que no olvidasen los viejos caminos jacobeos y preparasen la nueva Europa que no acaba de encontrar su brújula».

El solo hecho –se piensa– de proponer a los Jóvenes de Acción Católica de la Hispanidad un gran ideal de recristianización sería capaz de vincular en caridad a España con sus veinte hijas. Pues este Ideal era superior a las fuerzas de todos y cada uno de los pueblos por separado, pero lo que resultaba dificilísimo para cada uno de los miembros de la familia hispana, resultaba hacedero para la Hispanidad en su conjunto. Por eso, la amplia proyección de este plan movió al Presidente a someterlo al Cardenal Arzobispo de Toledo, Primado de España, Mons. Gomá, como Presidente de la Junta Suprema de la Acción Católica Española.

Expuesto el proyecto, en enero de 1936, a la Jerarquía española en la persona del Sr. Cardenal, éste lo recibió con entusiasmo y lo bendijo, pero les hizo ver que empresa de tal envergadura, que trascendía a las facultades de la Jerarquía de la Iglesia española, requería la aprobación y bendición del Santo Padre y les aconsejó ponerse al habla con Mons. Tedeschini, Nuncio de Su Santidad en España, quien, a su vez, les aconsejó sometérselo al Santo Padre.

Con tal fin, el 28 de enero de 1936, Manuel Aparici, Presidente Nacional, salió para  Roma acompañado de Javier Aznar, Vocal de Peregrinación del Consejo.  Los recibió, el día 31, el Cardenal Pacelli, entonces Secretario de Estado y luego Papa Pío XII, que aprueba y bendice el proyecto y les alienta en su labor en España y en la misión de la Juventud de Acción Católica Española en la tarea de la Hispanidad. Es más, les hizo ver que España tenía olvidados sus deberes de madre para con los pueblos de América y Filipinas que había engendrado a la fe en Cristo, diciéndoles que las madres nunca tienen cumplida su misión, que no basta engendrar a los hijos y educarlos, sino que siempre tienen que preocuparse de que lleguen a la máxima perfección. Les prometió la más calurosa ayuda de la Santa Sede y que al día siguiente serían recibidos en audiencia por Su Santidad el Papa, que les mostraría la profunda complacencia con que veía los proyectos de la Juventud de Acción Católica Española.

Y el 1 de febrero de 1936 eran recibidos, en audiencia especial, por Su Santidad el Papa Pío XI –era la segunda vez que recibía a Manuel Aparici en audiencia especial– y le expusieron el proyecto de la gran peregrinación juvenil de 100.000 jóvenes a Santiago de Compostela para 1937.

Manuel Aparici le dice:

 

«Las almas huyen del Señor; por todas partes la apostasía y el materialismo aumentan; allí en España tenemos un sepulcro casi olvidado entre sombras de paganía; pero él guarda los restos de un Apóstol. ¡Padre! Déjanos que convoquemos junto a sus cenizas a las Juventudes de Acción Católica de las Españas. Allí aprenderemos su lección. Y la Juventud de Acción Católica de la Hispanidad será un solo apóstol. Se llenará de tu angustia por las almas y se aplicará del todo a tu servicio».

 

El Santo Padre acogió el proyecto con gran satisfacción, dándoles su bendición más paternal, amplia y generosa para la Peregrinación y para el Congreso.

Es en esta primavera, casi en verano de 1936, cuando Manuel Aparici, cuatro meses después de haber presentado al Santo Padre el proyecto de peregrinación a Santiago para 1937, hace realidad uno de sus más fervientes deseos: contar con un periódico para la juventud. Así el 6 de junio de 1936, fundado por él nace en Madrid SIGNO, con carácter quincenal, que tantos servicios prestó al catolicismo español. «Había en él –recuerda Antonio Santamaría González– una meta decidida de preparar espiritual y emocionalmente la peregrinación a Compostela en el próximo Año Santo Jacobeo de 1937. Desde el primer momento adoptó, a modo de auspicio, el lema jacobeo medieval: “Y será. Porque Dios ayuda y Sant-Yago”». Se publicaron tres números; el cuarto, editado, no pudo ya difundirse: la guerra en España había comenzado.

Llega el año 1937. Es Año Santo en Compostela. La peregrinación no puede realizarse a causa de la guerra que sufre nuestra patria. Pero se peregrina en espíritu en una y otra zona en que está dividida España. Excepcionalmente, por concesión especial de la Santa Sede, el Año Santo se extiende a 1938; pero la paz sigue sin llegar.

Entretanto, el 14 de marzo de 1937, Pío XI publica su encíclica Mit brennender Sorge. En ella pide «Una Cristiandad ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo». Estas son sus palabras: «Una Cristiandad en que todos los miembros vigilen sobre sí mismos, que deseche toda tendencia a lo puramente exterior y mundano, que se atenga seriamente a los preceptos de Dios y de la Iglesia, y se mantenga, por consiguiente, en el amor de Dios y en la solícita caridad para el prójimo, podrá y deberá ser ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo, que busca sostén y dirección, si es que no se quiere que sobrevenga una enorme catástrofe o una decadencia indescriptible».

La Juventud católica española, capitaneada por Manuel Aparici y peregrina en espíritu hacia Santiago, encuentra en esta llamada una aceptación de su ofrecimiento. Y responde, a su vez: La Hispanidad debe ser la Vanguardia de Cristiandad, de esa Cristiandad ejemplar que el Papa pide. Porque sólo España, junto a sus hijas, puede poner tantas almas al servicio de la Iglesia, para salvar al mundo.

Años de guerra: años de heroísmo y de martirio. El «Ángel del Alcázar», Antonio Rivera, se había dado a sí mismo la consigna: «¡Para Santiago, santo!». Bajo este lema, y tras su ejemplo, miles de «Peregrinos de Santiago en los campos de batalla» (como se denominan los jóvenes encuadrados en los "Centros de Vanguardia") y los que viven años de catacumba en los «Centros clandestinos», caminan en espíritu a Compostela. En ellos hay un solo deseo: forjar la Vanguardia de la Cristiandad ejemplar, y una sola ilusión: la de que a España le espera un Continente «para marchar tras ella por el Camino Real de la Santa Cruz».

         En 1939 llega, al fin, la paz a España, y con ella empieza una nueva etapa ascética y apostólica del peregrinar de la Juventud, bajo el signo de María. Es la etapa «mariana». En  1940, Año Santo del Pilar, 20.000 jóvenes hacen su voto mariano ante la Virgen, en Zaragoza, y  se presentan como «principio de cristiandad». Una intensa actividad espiritual, formativa y apostólica realiza en aquellos años la juventud peregrina. Toda ella va iluminada por el mismo ideal: la santificación propia para «hacer de nuestra patria instrumento de salvación del mundo», porque  «si España se decide, sus veinte hijas se agruparán en torno al estandarte de la cruz que ella levante».

         El Papa Pío XII, en febrero de 1943, recoge de modo explícito esta idea, cuando en su discurso al embajador de España le dice: «España, en este momento culminante de la Historia del mundo, tiene, sin duda alguna, una misión altísima que cumplir; pero solamente será digna de ella si logra totalmente de nuevo encontrarse a sí misma en su espíritu tradicional y cristiano y en aquella humildad que sólo sobre tal espíritu puede edificarse. Nos, señor embajador, alimentamos un solo deseo: verla una y gloriosa, alzando con sus manos poderosas una cruz rodeada por todo ese mundo que, gracias principalmente a ella, piensa y reza en castellano y proponerla después como ejemplo del poder restaurador, vivificador y educador de una Fe en la que, después de todo, hemos de venir siempre a encontrar la solución de todos los problemas».

         En ese mismo año de 1943, Año Santo Jacobeo, aunque no puede realizarse todavía la gran marcha a causa de la guerra mundial, llega a Santiago, sin embargo, la llamada «Peregrinación de dirigentes»: varios miles de ellos acuden a ganar gracia para la juventud que sigue peregrinando en espíritu.

         Últimos años de peregrinación antes de las jornadas de Compostela. Se intensifica la formación de peregrinos: Cursillos para «Adelantados», «Jefes» y «Guías» de peregrinos (dirigentes de la Juventud en los diversos planos). Como derivación de aquellos cursillos surgirán en Mallorca los Cursillos de Cristiandad. Y se acude a Santa María: toda la geografía española es recorrida por millares de jóvenes que acuden a los santuarios dedicados a Nuestra Señora en sus diversas advocaciones, «en penitencia y súplica por los pecados de nuestra generación» y con el ansia de ser armados «apasionados caballeros de Cristo y brazos hispanos de su Iglesia Santa», como se decía en la «Oración pro Peregrinación a Santiago», editada por el Consejo Superior. Así se llega a 1948.

         Han transcurrido doce años desde la bendición del proyecto por el Papa en febrero de 1936. Durante ellos, la Juventud de Acción Católica Española ha peregrinado en espíritu hacia Santiago. Un alto ideal de santidad y apostolado ha guiado sus pasos; ideal al que respondió con un solemne compromiso: el «Compromiso de peregrino»: «Trabajaré sin descanso para hacer de mí mismo, de mi Centro, de mi Patria y de todos los Pueblos hispanos una Cristiandad ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo». Toda la vida se hizo peregrinación: «Siempre hacia Santiago. Cuando rezamos. Cuando sufrimos. Mientras trabajamos. Mientras nuestro corazón esparce la Semilla Divina», proclamaba la Vigilia de Santiago en su ritual, y así lo vivía aquella juventud. Pero se sabía  que la peregrinación a Compostela era sólo la expresión y símbolo de la gran Peregrinación –toda la vida es una peregrinación–,  que se contempla en una doble perspectiva: peregrinación de trascendencia y santidad –caminar hacia la Casa del Padre–, y peregrinación de compromiso apostólico comunitario –caminar hacia la Cristiandad ejemplar–.

         28 de agosto de 1948. Más de 70.000 jóvenes, varones (la peregrinación femenina llegaría unos días después), llenaban el campus universitario de Santiago de Compostela. Casi veinticuatro horas de oración y vigilia, sólo interrumpidas para un corto descanso nocturno. Alegría y entusiasmo juvenil y cristiano. Junto a los peregrinos españoles, peregrinos de Hispanoamérica, de Europa, de otros lugares del mundo.

Al anochecer de aquel día, llegaba a los peregrinos la voz del Papa Pío XII, quien en su mensaje, tras una bella evocación histórica de Compostela, del Camino de Santiago y del término de las peregrinaciones con el abrazo a la imagen del apóstol, se preguntaba: «Pero ¿habría de quedarse todo en recuerdos añejos o en memorias muertas?». Y el Papa se respondía, diciendo: «He aquí que vosotros, para mostrar vuestra juventud intacta, para proclamar la sublime locura de un Dios crucificado y para forjar en vosotros mismos una Cristiandad ejemplar, habéis respondido rotundamente que no. Los añejos recuerdos y las vetustas memorias, al conjuro de vuestro vibrante entusiasmo juvenil, se han convertido de nuevo en realidad». Y añadía: «Porque si el peregrino fue pieza indispensable en el tablero del mundo medieval [...], hoy, entre las enormes dificultades y dolores de la hora presente, sigue siendo una bendición para el mundo».

Luego, el Pontífice glosó las virtudes del peregrino: «El peregrino vive de la fe y por esta fe lo deja todo, arrastrado por aquella luz que atrae su alma para purificarla; el peregrino es una llama viva de piedad, cuyo ardor ha de consumir la escoria de sus pecados; el peregrino es generosidad y arranque, que quiere ir siempre adelante y figurar en vanguardia; el peregrino es amor, respeto y adhesión a la Iglesia, a cuyas penitencias se somete y cuyas gracias busca; es amplia y cristiana universalidad, que no resiste estrecheces de estirpes, de patrias o de fronteras, sino que se lanza resueltamente al ancho cauce de la catolicidad».

Y antes de terminar con la invocación al Apóstol Santiago, el Papa Pío XII se dirigió a los peregrinos exclamando: «¡Adelante, pues, juventud brillante, creyente y peregrina! ¡Adelante con vuestra venera y vuestro bordón, que hay mucho que peregrinar hasta dar todo el corazón a Dios y todas las almas a Jesucristo, hasta el Cielo, que es vuestra meta!»

Tras la Misa de pontifical y el acto de afirmación de ideales, a la mañana siguiente, terminaron las históricas jornadas de Compostela.

La cita soñada por Manuel Aparici y la Juventud de Acción Católica, se había hecho realidad. Entre los peregrinos, y ya sacerdote, Aparici. Al finalizar los actos, y entre la multitud, le encuentra un amigo y antiguo compañero de Juventud, que, emocionado y sin poder contenerse, le grita: «¡Manolo, ésta es tu obra! ¡Tú eres el papá!».

 

Éste fue el ideal de Manuel Aparici

 

         El Ideal peregrinante hacia la santidad y la Vanguardia de Cristiandad lo concibió Manuel Aparici, lo definió con rigor, lo difundió con todas sus fuerzas, lo vivió apasionadamente y lo entregó, antes de irse al Seminario, a la Juventud de Acción Católica Española. Fue efectivamente su ideal.

         Él lo concibió. Así se lo dice, a su buen amigo Joaquín Ruiz–Giménez, en la carta en que le pedía que fuera su padrino de honor en la primera Misa. En ella, recordando los tiempos de la guerra, dice con sencillez y humildad: «Entonces también ante el Sagrario y sintiendo en mi alma el estímulo del dolor de nuestros mártires y el gozo de vuestro heroísmo es cuando Él me hizo concebir el Ideal de España y lo Hispánico Vanguardia de Cristiandad».

         Él lo definió así, resumiéndolo como en una ficha de trabajo: « ... El Ideal de la Asociación de la Juventud de Acción Católica (Ganar a todo el mundo para Cristo, por el impulso y la fe del alma hispana); el instrumento para ganar el mundo (La Hispanidad: Comunión de Pueblos al servicio de la misión apostólica y evangelizadora de la Cristiandad ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo); las etapas necesarias para su consecución u objetivos parciales y el modo de realizar ese Ideal (Peregrinar: Que los jóvenes caminen sobre las huellas de Cristo y de la mano de María hacia la Casa del Padre por la acción del Espíritu Santo y abran camino a las almas hermanas)».

         Se sintió llamado por el Señor para difundir ese Ideal. Y lo hace con todas sus fuerzas: En marzo de 1946 escribe en una carta: « ... El Señor quiere utilizarme a mí, pobre instrumento, para difundir ese Ideal de España y todo lo hispánico Vanguardia de Cristiandad ejemplar».

         Vivió apasionadamente el Ideal. Y lo vivió no sólo como apóstol seglar, durante los años de su Presidencia, sino también como seminarista y como sacerdote.

Como Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica realizó una inmensa labor promoviendo y realizando Cursillos de Cristiandad por España, que se llamaron «Cursillos de Militantes de Cristiandad», porque de eso se trataba: de formar militantes de una Cristiandad ejemplar, a los que se inculca el Ideal peregrinante; por eso, el libro de oraciones del cursillista se llama «Guía del Peregrino», en él se lee su definición de peregrinar, el examen de conciencia es el «Examen del Peregrino», etc. ...

¡Cuánto bien han hecho desde entonces los Cursillos de Cristiandad por todo el mundo!

En sus frecuentes viajes visitando Diócesis y Centros, Manuel Aparici seguía infundiendo el Ideal peregrinante. Como muestra, recordemos la visita que hizo al Centro de Linares (Jaén), a principios de 1951. En ella, dirigió a los jóvenes unas palabras especiales para la revista «Cruzada», órgano de los Jóvenes de Acción Católica y suplemento al «Boletín Oficial del Obispado», que aparecen en el número de enero–febrero de ese año, Año Santo. Llama a todos a caminar hacia la santidad heroica. Estas son sus palabras:

 

«Sólo vive como vanguardista de Cristiandad, no el que se contenta sólo con no pecar, sino el que se hace sed de Cristo en su cruz y, clavado a la cruz  de los pecados de la humanidad del siglo XX, hace de su vida una perpetua Misa y sabe recoger en su oración católica a todos los hombres de la tierra, para hacerse hostia y víctima de propiciación en el exacto cumplimiento de la Santísima Voluntad de Dios, por dura que parezca».

 

Así vivió Manuel Aparici el Ideal Peregrinante. Desde que lo descubrió, vivió toda su vida con vocación de crucificado, y el Señor quiso aceptarlo como hostia y víctima en su larga y penosa enfermedad.

Éste fue el Ideal de Aparici, y el Ideal de la Juventud de Acción Católica, que lo recibió de él. Este Ideal empezó a brillar en las almas de los jóvenes del Consejo Superior en 1936, se utilizó durante la guerra y en la inmediata postguerra, para disponer las almas de los jóvenes a entenderlo, amarlo y servirlo (¡y cómo lo vivieron!), pero no se propuso formalmente como Ideal de la Juventud de Acción Católica hasta 1941.

Lo propuso Manuel Aparici, un año antes de dejar la Presidencia Nacional, en las Primeras Jornadas de Oración y Estudio de Presidentes Diocesanos, celebradas en Madrid a finales de enero de 1941.  Según publicó SIGNO con fecha 8 de febrero, Manuel Aparici señaló, clara y concretamente, los motivos y circunstancias que movieron a los Jóvenes de Acción Católica a elegir como Ideal el que propuso Su Santidad Pío XI como remedio a la situación del mundo. Finalizaba su intervención pidiendo a los Presidentes y Secretarios de los Consejo Diocesanos de España, en nombre de sus jóvenes, se abrazasen con el Consejo Superior a la consecución de este Ideal. Ni una sola objeción, ni una sola duda. Todos los presentes, y en ellos representados todos los jóvenes de España, asintieron con él que éste debía ser el Ideal de los Jóvenes de Acción Católica y él constituiría su afán y sus desvelos hasta que se lograse. En realidad ya estaban todos comprometidos con este Ideal.

Y el día de su despedida en Valladolid como Presidente Nacional deja a todos los jóvenes de España su herencia y les dice cuáles son sus poderes: “¡Antonio García–Pablos! ¡Consejo Superior! ¡Presidentes de los Consejos Diocesanos! ¡Jóvenes de Acción Católica de España! ¡Esta es la herencia que recibís!: Un compromiso rubricado con sangre de edificar la Vanguardia de Cristiandad... Ellos, los primeros peregrinos, dejaron abierto un camino, pero nosotros hemos de recorrerlo... ¡Vuestros poderes! ¿Cuáles son? La sangre de los mártires y las vocaciones eclesiásticas nacidas en el seno de nuestra propia Obra.”

Antes de terminar esta parte de la ponencia, quiero hacer dos aclaraciones, sobre los conceptos «Cristiandad» e «Hispanidad» según Manuel Aparici.

Para Aparici, «Cristiandad« no es una concepción político–social, no es un concepto filosófico, histórico o político, es un concepto teológico. De ella dice: “Es la porción del Cuerpo Místico que se desarrolla y crece en el tiempo, el Reino de Dios que, aun estando dentro de nosotros, se proyecta y aflora al exterior en la organización familiar, social, política e internacional» ... «La Cristiandad no sólo hay que verla en la dimensión del espacio, sino también en la del tiempo ... No basta, no, que sintamos la comunión de los santos sólo en los que peregrinan en este momento sobre la tierra. Es menester que sintamos también la unión con todos los que peregrinaron».

En cuanto a la «Hispanidad», la concibe como el conjunto de pueblos nacidos de la vieja raíz de la Hispania romana: España y Portugal, con las naciones nacidas de ellas; es decir, toda la Comunidad Iberoamericana. Por eso dice en uno de sus escritos:

 

«A España y Portugal corresponden ir en Vanguardia de la empresa de rehacer la Cristiandad. Si ellas la acometen, si en su independencia mutua estrechamente se abrazan en la cruz de Cristo para levantarla como estandarte de su vivir, sus hijas, las que llevan su sangre y hablan su idioma y tienen la fe en Cristo porque un día se la llevaron nuestros mayores, se incorporarán a la empresa, se unirán en apretado abrazo a la cruz, y la Iglesia de Cristo, regida por Pedro, dispondrá de la Comunidad espiritual más grande que han visto los siglos para acometer la gesta de rehacer la Cristiandad y de evangelizar a los pueblos».

 

Un Ideal que permanece vivo

 

Si el 29 de agosto de 1948 acabó «aquella» peregrinación al sepulcro del Apóstol, el Ideal de santidad y apostolado que la animó siguió vivo durante muchos años. Y, cada año, los Centros de Juventud celebraban la «Conmemoración anual de la peregrinación a Compostela» y formulaban en ella su “Compromiso de fidelidad al Ideal peregrinante”. Porque –se decía– “la Peregrinación espiritual está apenas comenzada”».

         En 1958, al cumplirse los diez años de la histórica peregrinación a Compostela, el Cardenal Primado, don Enrique Pla y Deniel, reitera la vigencia del Ideal Peregrinante al escribir en SIGNO (6 septiembre 1958) que: «al rememorar la Peregrinación de los jóvenes acampados en Santiago, representando a todos los Jóvenes de Acción Católica Española, con verdadero espíritu de “peregrinos”, que es espíritu de piedad, de entusiasmo idealista, de penitencia y de sacrificio, ¿yo qué os voy a decir, yo qué os puedo y debo decir? “Conservad el espíritu” ... el espíritu de aquella Peregrinación, pues sólo así seguirá siendo lo que debe ser la Juventud de Acción Católica Española».

         Los años sesenta son difíciles para el Ideal peregrinante. La generación de peregrinos a Santiago –y más aún la que vivió los primeros años de preparación espiritual– no está ya en las filas de la Juventud. La propia Acción Católica va a entrar, a mediados de esta década, en un proceso de crisis interna. Manuel Aparici, entretanto, vive con espíritu de victimación su penosa enfermedad, a la que se añade su sufrimiento moral al percibir los síntomas de crisis de su amada Acción Católica. Y el 28 de agosto de 1964 –aniversario de la gran peregrinación a Compostela– culmina santamente su oblación, y entrega con plena lucidez su alma a Dios. Junto a su cadáver se reúnen familiares, amigos, dirigentes de la Acción Católica. Uno de ellos –nos consta–, al despedirse, besa las heladas manos del Capitán de Peregrinos, y en su interior le pide con fe que el Ideal peregrinante no muera con él, y se le ofrece a trabajar por ello cuanto sea preciso. Al año siguiente, 1965, se abre ya claramente la larga y profunda crisis de la Acción Católica Española. El Ideal peregrinante parece muerto. Sin embargo, –podría decirse de él como de la hija de Jairo– no estaba muerto sino dormido.

         Ocho años después de la muerte de Aparici surge el Grupo de Peregrinos. Su primer documento –“Carta abierta: Por una Cristiandad ejemplar”– es un grito de llamada que quiere poner de nuevo, en pie de marcha, el Ideal peregrinante: un ideal que sigue vivo.

         Por eso, cuando, en 1973, los iniciadores del Grupo de Peregrinos –para preparar el 25 aniversario de la histórica peregrinación– recorren España, y visitan a Obispos y establecen contacto con sacerdotes, buscando antiguos peregrinos, escuchan expresiones como éstas: «Siguen estando encendidas las brasas de aquel Ideal. Soplad sobre ellas y levantaréis una hoguera». Y se les dice también: «Donde hay una comunidad viva de Iglesia o un movimiento activo de apostolado, allí están presentes, en primera línea, los miembros de aquella generación del 48».

         Y cuando encuentran, por todos los lugares de España, a los antiguos peregrinos, les impresiona comprobar la fuerza con que viven aquel Ideal: «Si permanezco fiel a mi vocación cristiana, se lo debo al Ideal peregrinante que nos llevó a Santiago». Y les conmueve el profundo afecto sobrenatural que los une a todos, cuando oyen que les dicen: «Acabamos de conocernos, pero somos amigos desde hace veinticinco años».

         Pasaron otros veinticinco, y en Santiago de Compostela se vivió la conmemoración del cincuenta aniversario. Y a lo largo de todos estos años, el Grupo de Peregrinos –hoy Peregrinos de la Iglesia– ha permanecido fiel, con la gracia de Dios, al compromiso que constituye su vocación y su carisma: no sólo alentar en la perseverancia del Ideal peregrinante a quienes lo vivieron desde sus años jóvenes, sino también y sobre todo, a proclamarlo y a tratar de difundirlo entre las nuevas generaciones, entre todo el Pueblo de Dios. Porque es consciente de que este Ideal, no sólo permanece vivo, sino que ahora, en este alborear del tercer milenio cristiano, es más necesario y urgente que nunca.

 

El Ideal Peregrinante, hoy

 

         Es evidente que hoy, cuando ya hemos vivido el gran Jubileo del año 2000 y nos adentramos en el nuevo milenio cristiano, la plena expansión del mensaje de Jesucristo está aún muy lejos. Por eso su Vicario, Juan Pablo II, desde América, hace unos años, ya nos dio su consigna: «Es precisa una nueva Evangelización: nueva en sus métodos, nueva en su ardor, nueva en su expresión». Una evangelización que siga ampliando las fronteras de la fe cristiana, y la reavive en las viejas cristiandades de Occidente, amenazadas de descristianización por las corrientes secularistas y agnósticas que las asfixian.

         El Papa marcó el camino hacia la «Civilización del amor», y sigue ejerciendo su ministerio apostólico con una entrega total, hasta el heroísmo. Los Obispos, unidos a él le secundan, y pastorean con celo ejemplar al Pueblo de Dios que les ha sido encomendado. Surgen respuestas e iniciativas muy positivas, alentadas por la fuerza del Espíritu. Y en el horizonte se divisa claramente la luz de la esperanza.

         Sin embargo, pensamos que queda mucho por hacer. Porque es evidente que la mayor parte del pueblo que se dice católico no ha escuchado la llamada o no ha tomado conciencia de su importancia. Y aun fieles activos, incorporados incluso a asociaciones y movimientos de Iglesia, no han dado todavía –no hemos dado seguramente– ese paso firme, decidido, radical, a que estamos llamados. Y entretanto, como dijera Pío XII, «el mundo se pierde por el cansancio de los buenos».

         Es preciso, pues, promover una gran movilización apostólica del Pueblo de Dios. Y, con una especial urgencia, del Pueblo de Dios que peregrina en los países de habla hispana y portuguesa, porque ellos solos constituyen, hoy, más de la mitad de los católicos del mundo. Estamos firmemente convencidos de que el Ideal de Manuel Aparici –conocido, vivido y difundido– puede ser el gran revulsivo que ponga en pie de marcha a la Comunidad cristiana hispano y luso hablante.

         Este ideal de santidad y apostolado se sintetiza en cuatro ideas fundamentales, unas ideas–fuerza, que si movieron un día a las juventudes iberoamericanas camino de Compostela, hoy hemos de transmitirlas, con claridad y ardor, a las mentes y a los corazones de los hombres y las mujeres del mundo hispano. Son éstas:

 

           Compromiso de santidad. Es necesario plantearnos en serio la exigencia de ser santos. Dios lo quiere, nos llama y nos ayuda; la Iglesia nos apremia al proclamar, con el Concilio, la universal vocación a la santidad (LG, capítulo V); el Papa nos anima insistentemente: «¡No tengáis miedo a ser santos!». Santidad, que es vivir una vida de Gracia –consciente, creciente y difundida–, caminando en constante tensión hacia una meta infinita: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».

 

           Espiritualidad peregrinante. La que vivió y enseñó Aparici. La que se deriva del carácter peregrinante de la Iglesia, proclamado por el Concilio: Toda la vida es una peregrinación, y hay que vivirla como peregrinos: sintiéndonos extranjeros sobre la tierra, caminar hacia la Patria definitiva; pero abriendo camino a los hermanos, construyendo un mundo más justo, más humano, más solidario, más sobrenatural..., más conforme al plan de Dios.

 

           Vocación comunitaria de los Pueblos Hispanos. Estamos llamados a una gran tarea apostólica. La soñó Aparici. La desearon los papas Pío XI y Pío XII. La espera –sin duda– Juan Pablo II, quien, en su reciente visita a España, nos recordó lo que ya dijera en su primer viaje: que la fe cristiana y católica constituye la identidad del pueblo español. Y unos días antes, en Roma, Joaquín Navarro Valls, portavoz del Santo Padre, manifestaba a la agencia Efe: «El Papa está convencido de que España tiene que seguir jugando un papel muy importante en el mundo actual». No es de extrañar, pues, que Juan Vicente Boo, corresponsal en Roma de ABC (2 de mayo de 2003), escribiera: «Juan Pablo II confía en que España asuma una mayor responsabilidad en el futuro de la Nueva Evangelización, repitiendo globalmente en el Tercer Milenio la epopeya realizada desde 1492 en el Nuevo Mundo».

Es una vocación a la que estamos obligados. Por el deseo y la voz de los Papas, por el peso numérico del catolicismo hispano, por nuestro historial misionero a lo largo de los siglos. Nuestro compromiso, por tanto, ha de ser: Trabajar sin descanso para forjar en nosotros mismos, en nuestras comunidades de Iglesia, en nuestras patrias respectivas y en toda la Comunidad hispana (Comunidad Iberoamericana de Naciones), la Vanguardia de esa Evangelización que pide el Papa.

 

  Devoción mariana y jacobea. Devociones de profundo arraigo en nuestros Pueblos, y que hemos de vivir y fomentar. Porque necesitamos la ayuda de María y de Santiago. María, presente en todos nuestros Pueblos en sus diversas advocaciones: Inmaculada, Pilar, Guadalupe de España y de México, Fátima... etc. Y Santiago, nuestro padre en la Fe, cuyo sepulcro en Compostela, cerca de Portugal, mirando a América y abriendo sus caminos a todos los lugares de Europa, fue y sigue siendo foco universal de evangelización.


Imitemos a Manuel Aparici, gran devoto de María y de Santiago. Congregante mariano, peregrinó a la Virgen del Pilar con los Jóvenes de Acción Católica, que él presidía, en 1940,  y a la Virgen de Guadalupe con sus compañeros sacerdotes, a los pocos días de su ordenación sacerdotal, en 1947. Impulsor de la gran peregrinación a Compostela en 1948, la Archicofradía del glorioso Apóstol Santiago le nombró Hermano Mayor de la misma «atendiendo –dice– a las ejemplares dotes de amor al Apóstol Patrón de España y de afanoso interés por el fomento de la devoción y esplendor del culto a él debidos, que  concurren en el Rvdo. D. Manuel Aparici». Bien dijo el Cardenal Arzobispo de Madrid, D. Antonio María Rouco Varela, cuando era Arzobispo de Santiago de Compostela: «Desde 1948 está vivo en Santiago el recuerdo de Manolo y su obra».

 

Apoyados sobre estos cuatro pilares –Compromiso de santidad, Espiritualidad peregrinante, Vocación comunitaria de los Pueblos hispanos y Devoción mariana y jacobea–, vivamos y difundamos el Ideal Peregrinante de Manuel Aparici, para hacer realidad cada vez más plenamente, con la ayuda de Dios, la Unidad en la Fe de los Pueblos hispanos, al servicio de la Iglesia, para gloria de Dios y salvación del mundo.


Publicado por verdenaranja @ 23:09  | Espiritualidad
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