Domingo, 27 de abril de 2008

Comentario a las lecturas del domingo sexto de la Pascua – A publicado en el Diario de Avisos el DOMINGO, 27 DE ABRIL DE 2008 bajo el epígrafe “el domingo, fiesta de los cristianos”.

 

El amigo invisible

 

DANIEL PADILLA

 

 

No les dejaré desamparados. Rogaré al Padre que les envíe otro Defensor, que esté siempre con us­tedes: el Espíritu de la verdad". Me parece, Señor -y perdona el tono coloquial- que tus palabras debieron de sonar a los apóstoles a "música celes-tial". Creo que ellos, tan acostumbrados a lo tangible, a ver-te en cualquier peligro, -como en la tempestad del lago, por ejemplo- se quedarían bastante escépticos ante la promesa de ese extraño Defensor, que les "iba a enseñar toda la ver-dad". "Tú eras el camino, la verdad y la vida", pensarían. "Tú tenías palabras de vida eterna", había confesado Pedro. ¿Para qué irte, pues, dejándoles desamparados? ¿Qué nece­sidad tenían de ese otro "amigo invisible"? Durante tres años, tú habías sido para ellos todo: padre y amigo, herma­no y confidente, animador del grupo y solución de los pro­blemas. Si ahora te ibas, ¿qué quedaba? La soledad, la tris­teza, el miedo y, acaso, el abandono del camino recorrido. ¿Con qué suplirte? Así debieron de pensar. Y mucho me temo que después de 21 siglos, incluso después del Vaticano II, que nos ha aclarado bien el papel del Espíritu y su efica­cia salvadora en nuestro crecimiento, mucho me temo, sí, que ese Abogado siga siendo el "gran desconocido”.

 

Y, sin embargo, ese Defensor del que Tú hablabas, no era una entelequia, tu recuerdo "hecho espíritu" viviendo dentro de cada uno y dándonos energía. Algo así como el buen ejemplo que me dio mi padre y que me alienta en los momentos duros. No. Yo sé que ese Espíritu -todo amor, to-do luz, todo fuego, según se expresa en la liturgia-, es el gran enviado del Padre y el gran enviado tuyo para conti­nuar y completar tu obra en cada uno de nosotros.

 

Tu obra ya estaba completa, por supuesto. Al morir y re­sucitar, habías consumado la redención. Pero hacía falta que esa redención, desde dentro y con pujanza, fuera creciendo en cada uno. ¿Cómo conseguirlo?

 

He ahí la necesidad de la presencia del Espíritu. Y ahí anda El: mientras en el mundo levantamos rascacielos, ciu­dades y aeropuertos, silenciosamente El va construyendo nuestro edificio espiritual. Lo recordaba Pablo: "¿No saben que son templos de Dios y que el Espíritu habita en uste­des?". Lo olvidamos los hombres a cada paso. Y, mientras vivimos en devaneos, El, "dulce huésped del alma", no se queda pasivamente, como en un hotel, dejándose querer y obsequiar. Igual que Jesús, "no vino a ser servido, sino a servir". Por eso, gratificantemente, puesto que es Don y Gracia, lo mismo que el conquistador que fortalece las ciu­dades conquistadas, fortifica nuestras facultades con sus dones espirituales, si no oponemos resistencia. Y así, nues­tra inteligencia, que ya por naturaleza razona y ordena las cosas, queda impulsada por los dones de sabiduría y enten­dimiento, consejo y ciencia. Nuestra voluntad, que necesita decisión y tacto para convivir con los hermanos, se ve ani­mada por el don de piedad. Hasta nuestras apetitos sensi­bles, nuestras inclinaciones, se ven protegidas por el temor de Dios y por la fortaleza. Queda así nuestro castillo interior profusamente enriquecido.

 

Quizá aquellos apóstoles, tan amenazados de soledad, no lo entendieron hasta que llegó Pentecostés. Seguramen­te nosotros, tan problematizados por nuestros propios deberes, lo olvidamos también. Pero El está ahí, inundándonos de "amor", porque "El es Amor". Y justamente amor es lo que necesitamos. Nuestras angustias y complejos, nuestras dificultades, más que con técnicas psicológicas, se pueden superar con amor. Lo dijo Jesús: "Si me aman, guardarán mis mandamientos".


Publicado por verdenaranja @ 18:28  | Espiritualidad
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