Lunes, 28 de abril de 2008

Artículo semanal del Arzobispo de Valencia Don Agustín García-Gasco Vicente para el domingo 02 de Marzo de 2008.

Servir al bien común

 

 

La tarea del político es servir al bien común y custodiar, proteger y fomentar sus valores fundamentales.


Si los políticos no tienen como perspectiva primera el bien común, sus propuestas políticas carecen del peso adecuado. No bastan las frases bonitas, los eslóganes y las promesas. Los electores saben distinguir perfectamente quiénes están apoyados por hechos que benefician a todos y quiénes se representan a sí mismos, o a una facción ideológica de la sociedad. Sin referencia al bien común, la acción política pierde su sentido principal.

La Iglesia siempre ha enseñado la primacía del bien común, y al hacer esto, ha estado educando buenos ciudadanos para cada Estado. Quien quiere crecer en el amor según el modelo de Jesucristo, no puede poner entre paréntesis sus obligaciones con respecto a la comunidad en la que vive. Al contrario, ha de poner todo su empeño en contribuir al bien común, que se realiza plenamente cuando todos los ciudadanos están seguros de sus derechos.

La mejor educación en las virtudes cívicas no se identifica con la imposición más o menos sutil de la ideología que acompaña a un gobierno, sino con el compromiso eficaz y perseverante por conseguir que todos los derechos humanos sean verdaderamente para todos, y especialmente para los más débiles y necesitados.


Cuantas más personas se muevan en pro de los derechos y de la dignidad de la persona humana, mejor democracia. Cuantos más ciudadanos se escuden en las libertades públicas para agredir a los que no piensan como ellos, más nos alejamos de la verdadera democracia. Los hombres y mujeres que aspiran a adquirir o a mantener una responsabilidad pública han de tener muy presente que su conducta es un lenguaje de educación ciudadana.

La democracia se verifica o se desmiente cada vez que uno de sus actores se mueve en pro o en contra de los derechos y la dignidad del hombre. Los hombres y mujeres que aspiran a adquirir o mantener una responsabilidad pública han de tener muy presente que su conducta es un lenguaje de educación ciudadana, a veces más elocuente que los gestos mediáticos o las frases de impacto calculado. Las acciones, palabras y gestos de los políticos y de los personajes públicos pueden contribuir a enriquecer o empobrecer la convivencia ciudadana. Ellos son el espejo en el que los ciudadanos se miran en espera de ver confirmados los valores humanos y políticos deseados.

A pesar de los golpes de efecto que se pueden conseguir con los artificios propios de una sociedad mediática, nada puede borrar la responsabilidad ética y social del cometido político. Los derechos humanos, especialmente los derechos de los más vulnerables y desprotegidos, son las claves éticas objetivas del bien común, que exigen que los actores públicos sintonicen con ellos como un ideal de profundo aprecio para las personas, mucho más allá de los cálculos de oportunidad o de rentabilidad electoral.

La campaña electoral es una oportunidad para presentar un escenario de educación en valores. Mal les irá a los programas y las propuestas que estén guiados por rencillas, oportunismos o gestos de estrategias mentirosas, más allá del instante efímero de gloria mediática. Cuando el político se dirige a la ciudadanía ha de expresar un profundo respeto hacia un electorado que pide a sus representantes coherencia y dignidad a la hora de dinamizar la vida comunitaria.

 
La Iglesia católica quiere contribuir a la renovación de los valores verdaderamente democráticos y aportar su convicción de la primacía de los valores espirituales sobre los materiales. Nunca será justo construir artificialmente una cultura atea, una sociedad sin referencias religiosas. La democracia se justifica plenamente cuando permite al ser humano vivir con más dignidad, con iniciativa y creatividad, con altura de miras y con más preocupación por el bien y los derechos de los demás, especialmente de los que más sufren o están más desasistidos.


El juego democrático no coincide con la búsqueda de victoria electoral a cualquier precio, sino que es la expresión de haber aprendido a vivir con pleno respeto de la mutua dignidad, según el ideal de que “todos los derechos sean para todos”.


Con mi bendición y afecto,


Publicado por verdenaranja @ 22:53  | Hablan los obispos
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