Martes, 29 de abril de 2008

Artículo publicado en la revista de la Diócesis de Tenerife "Iglesia Nivariense", número 82 - MARZO 2008.


Ser Mujeres

plena y radicalmente

 

María José García Cabrera

Profesora del ISTIC

Delegada de Apostolado Seglar

 

 

Desde hace un tiempo siento que el mundo respira a un ritmo y que nosotros, como Iglesia, a veces no somos capaces de seguir. Nos aturde el buscar modos de salir airosos de situaciones y olvidamos que siempre lo más importante es salvar a la persona.

 

¿Por qué nos cuesta responder y dar sentido a muchas cuestiones importantes? Muchas veces hacemos guerra de género, guerras de dejación y de omisión. Creo también que las verdade­ras razones de la vida están ocultas en pequeñas cosas, y la mayoría de las veces se corresponden con ser y con hacer bien lo que toca.

 

No pretendo hacer una apología sobre el papel de la mujer en la Iglesia y sus posibilidades o imposibili­dades respecto al ministerio sacerdotal. El ministerio sacerdotal, importante, fun­damental en la vida eclesial, tiene un valor insustituible, pero se complementa y se manifiesta por medio de muchos puentes que recaen en manos que ofertan y pres­tan otros servicios, otras posibilidades, otras maneras de amar.

 

En la historia de la salva­ción, además de la existen­cia de la propia Iglesia, hay muchos nombres femeni­nos, unos conocidos y otros callados y ocultos en medio de vidas que van y vienen, que son manifestación del amor de Dios al mundo y del amor del mundo a Dios.

 

Dentro de la Iglesia no todo se reduce a determina-dos ministerios, se va más allá. Así tenemos la labor desarrollada por las religio­sas operantes, misioneras valientes, voluntarias ague­rridas, monjas de clausura fieles, madres de familia entregadas, profesionales comprometidas, consagra-das presentes en el mundo, viudas serviciales, ahí sigue habiendo posibilidad real de que la ternura de Dios se manifieste por medio del carisma de cada una. Y hoy nuestros templos, nuestra sociedad y nuestras tareas pastorales cuentan con muchos rostros femeninos que siguen haciendo vida el milagro de creer.

 

Somos de Cristo y ser de Cristo es imitarlo, es llegar a vivir como El vivió: pendiente de los pobres, acogiendo a los necesitados y lo nuestro es hacerlo desde lo que somos, sintiéndonos profundamente amadas por Dios que nos ha regalado ser mujer, y ello supone serlo en plenitud. Juan Pablo II, tanto en Mulieris dignita­tem como en su Carta a las mujeres, destaca el valor del ser, de cuánto ofrecemos eclesial y socialmente, y de cuánto aportamos "a partir de las relaciones cotidianas entre las personas, especial-mente dentro de la familia, la sociedad es en gran parte deudora precisamente al genio de la mujer" (de la Carta del Papa Juan Pablo II a las mujeres).

 

Lo mayor que podemos hacer por la iglesia es ser mujeres plenamente y serlo radicalmente: en cualquiera de las misiones de la Iglesia, ser mujer en lo profundo de la palabra y derramar gotas de constan­cia, de ternura, de entrega, de gratuidad para bien de los demás y para gloria de Dios. Ese es nuestro mejor y nuestro mayor ministe­rio: ser instrumentos de Cristo desde lo que somos. El tuvo especial delicadeza al hablar a la mujer de su tiempo: a su madre, a la samaritana, a la adúltera, a la Magdalena, a Marta... Y ninguna permaneció impa­sible ante sus palabras: aco­gió, animó, invitó a llevar otra vida; se fijó en ellas y fueron fieles a su palabra. Experimentemos el gozo de la misión bien asumida: arrostrar ser mujer y sen­tirnos iglesia viva, recono­ciendo que la formación es, también para ello, una baza fundamental.


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