Domingo, 04 de mayo de 2008

Comentario a las lecturas del domingo de la Ascensión publicado en Diario de Avisos el 4 de Mayo de 2008 bajo el epígrafe "el domingo, fieta de los cristianos".


El hijo pródigo


DANIEL PADILLA

 

 

Permítanme, amigos, que hoy les cuente una parábo­la. Érase un Padre, Eterno y Único. Omnipotente y Sapientísimo. Este Padre tenía un Hijo, de su misma naturaleza, en todo semejante a El. Era su viva Imagen. En­tre los dos existía el Amor. Un Amor tan grande, tan ver­dadero y profundo, que este Amor -todo Espíritu, todo Vi-da- era semejante también a ese Padre y a ese Hijo. Era una familia feliz, completa. Podía haberse llamado: "El Triángulo de la felicidad" o "El Idilio trinitario". Pues bien, un día ese Hijo le dijo a su Padre: "Padre, dame la heren­cia que me corresponde, porque me voy a una tierra leja­na". El Padre no se puso triste, contra lo que podía pensar-se. Porque, mira por dónde, ése era también su deseo. Y así es cómo aquel Hijo se fue de su casa y se vino a nuestra tierra. No crean que la gente le recibió muy bien. A pesar de que venía a repartirlo todo -"yo he venido para que ten­gan vida y la tengan abundante"-, las gentes le cerraron sus puertas y "prefirieron las tinieblas a la luz".

 

Para no deslumbrar con su grandeza, para no humillar a nadie con sus dádivas, se disfrazó de hombre, más aún, de mendigo. Y aunque "no tenía una piedra donde reclinar la cabeza", seguía repartiendo riquezas. A los enfermos les daba salud. A los niños, caricias y afecto. A los engreídos de la época, advertencias y correcciones claras. A los pe­cadores, el perdón y la esperanza. A los tristes, consuelo. A las mujeres descarriadas, ternura y comprensión. Y a los pobres, les explicaba el evangelio. No lo hacía con lengua-je de escuela, pensando en los sabios y prudentes, sino con parábolas sencillas, para que entendieran todos. Hablaba de lirios y de pajaritos, de pastores y ovejas, de invitados a una boda y de su Padre del cielo. "Pasó haciendo el bien". Y, aunque disimulaba su alcurnia, se le escapaban a veces gestos que le delataban. Así, convirtió el agua en vino, multiplicó unos panes, caminó sobre las aguas y resucitó algún muerto.

 

Pero a los listillos de la época les molestaba tanta bondad. Por eso, decidieron "quitarlo de en medio". El ya sabía que le sucedería eso. Incluso lo anunció: "Ahora se cumplirán las cosas que dijeron los profetas...". Así ocu­rrió. Lo mataron como a un maldito. Y al morir, como ya no le quedaba nada por repartir, entregó su vida por los hombres; "por nosotros los hombres y por nuestra salva­ción". A partir de entonces, "nosotros fuimos rescatados, no con oro ni con plata, sino con la sangre del cordero in­maculado". Luego, lo enterraron en un sepulcro nuevo y sus amigos perdieron la esperanza. Pero su Padre -que era Omnipotente, ya se los dije-, lo libró de la muerte y lo re­sucitó. Y, durante cuarenta días, con una vida distinta y nueva, fue explicando a los suyos que, además de su Palabra, les dejaba "siete fuentes", de las que podrían beber un agua "que salta hasta la vida eterna". Por fin, una mañana clara, ante el pasmo y el asombro de los suyos, "se fue ele­vando a los cielos, hasta que una nube lo ocultó de su vista". A eso se le llama "La Ascensión", uno de esos días "que relucen más que el sol". Pero yo, por las cosas que les he contado, prefiero llamarlo "La vuelta del Hijo Pródigo a la casa del Padre". Aquí, en esta tierra extraña, entre hombres y mujeres bastante malos, pasando El hambre y sed, gastó todos sus bienes. Hasta que como una estrella, que, al terminar su giro, vuelve al punto de origen, decidió El volver a su Padre. Cuando llegó a los cielos, hubo fies­ta completa. La fiesta del Cordero Inmaculado. Parece ser que, desde entonces, los coros y orquestas del cielo no dejan de entonar cantos de alabanza.


Publicado por verdenaranja @ 17:04  | Espiritualidad
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