Jueves, 08 de mayo de 2008

Carta Semanal del Arzobispo de Valencia Don Agustín García-Gasco Vicente para el domingo  09 de Marzo de 2008.

 
Elegir la defensa de los derechos humanos y de la familia

 

  

         Los derechos humanos y de la familia constituyen una concreción muy apreciable del bien común de toda sociedad humana. Benedicto XVI hace especial énfasis en ellos en su Mensaje de la Paz para el 2008, cuando se cumple este año el 60º aniversario de la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el 25º aniversario de la Carta de los Derechos de la Familia, que la Santa Sede propuso como complemento necesario a la anterior.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos realiza, de modo principal, tres consideraciones. En primer lugar, que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana. Los católicos proclamamos que el ser humano es digno por él mismo, porque así ha salido de las manos de Dios, su Padre y Creador.


En segundo lugar, la Declaración Universal considera que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos ha originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad. Esto sigue siendo de dramática vigencia entre quienes practican el terrorismo, o lo legitiman, o lo vienen a situar como representantes válidos de la sociedad.
 

El terrorismo, con sus muertes y coacciones expresas y latentes, envenena la convivencia, y sólo puede ser vencido desde la razón y la supremacía de la ley. Considerar a los terroristas como interlocutores representativos de la sociedad, es un grave error que ofende a la cultura de los derechos humanos. La violencia asesina del terror no es un argumento ni se funda en la libertad. Propuestas de este tipo jamás merecen ser escuchadas. Nunca son oportunidades para la paz. Siempre prolongan el desprecio a la dignidad humana.

En tercer lugar, la Declaración Universal considera que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria disfrutan de la libertad de palabra y de la libertad de creencias. Nadie puede usar el poder político para coartar la libertad de palabra y de creencias de quienes tienen propuestas políticas distintas. En los últimos años y en los últimos meses, hemos asistido al lamentable espectáculo de quienes, bajo capa de defender la laicidad, pretendían acallar a quienes ejercemos nuestra libertad de palabra y de creencias. Cuando la legítima laicidad del Estado aparece como excusa para atacar las libertades de los demás se convierte en un laicismo radical que atenta contra la libertad religiosa y cuyas últimas consecuencias resultan impredecibles.


Los derechos humanos se complementan con los derechos de la familia. La familia es una realidad natural que surge de la complementariedad entre el varón y la mujer en la tarea de procrear y educar a los hijos, y no puede ser utilizada como campo de experimentación de otro tipo de reivindicaciones.

La Declaración Universal deja claramente sentado que nada de su contenido puede interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendentes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en la misma. Las libertades civiles no pueden ser argumentadas para vaciar de contenido el matrimonio y la institución familiar, reduciéndolas a meras asociaciones voluntarias. La Carta de los Derechos de la Familia presenta desarrollos lógicos de los derechos humanos que ayudan a la comprensión de la importancia de la familia en la sociedad.


La dignidad humana se ve amenazada cuando el matrimonio entre varón y mujer queda diluido en la legislación del Estado generando confusión en la sociedad; cuando la vida humana no es protegida incondicionalmente desde la concepción hasta la muerte natural; cuando no se valora la vida de las personas con discapacidad o enfermedad terminal, cuando no se garantiza el derecho de los padres a la educación de sus hijos, especialmente a la educación de la sexualidad humana; cuando no se promueve el protagonismo de las familias en las políticas familiares y en la creación y desarrollo de los centros educativos; cuando las políticas económicas no reconocen adecuadamente la aportación de las familias al bienestar general; cuando no se ayudan a las familias inmigrantes en su reunificación y en su incorporación a la convivencia civil responsable; cuando no se ataja de raíz la violencia machista.


Derechos humanos y derechos de la familia son una urgencia social que debemos respaldar con todas nuestras actuaciones privadas y públicas y en todas las circunstancias. Elegir la defensa de la familia y de los Derechos Humanos es una elección diaria para construir entre todos un futuro mejor que el actual.



Con mi bendición y afecto,


Publicado por verdenaranja @ 23:11  | Hablan los obispos
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