Martes, 13 de mayo de 2008

Artículo publicado en el Boletín "X tantos", MAYO 2008,  recibido en la parroquia para su distribución entre los fieles con motivo de la campaña para colocar la "X" para la Iglesia en la Declaración de la Renta. (Publica Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia)


El sostenimiento económico de
la Iglesia depende de los católicos

JESÚS DE LAS HERAS

 

Desde la llegada de la democracia a España, hace ya más de treinta años, unos y otros -católicos y no católicos, practicantes y no practicantes- venimos repitiendo, como en el Guadiana, la misma cantinela: la Iglesia se ha de autofinanciar. A veces hasta se eleva el tono de este deseo y con é. en forma de reclamación e incluso de ultimátum, se hace toda la demagogia del mundo. Y se olvida que la Iglesia es expresión y canalización de un derecho humano sagrado e inviolable como el de la libertad religiosa, que, como derecho fundamental que es debe ser articulado, desarrollado, protegido y fomentado por los poderes públicos.

La realidad, no obstante, es que la Iglesia ha vivido habi­tualmente, a través –eso sí– de distintos sistemas y modos, de lo que la misma Iglesia gene­raba. Sí, de sus propios recur­sos, de sus propios medios, de sus propias personas, porque la Iglesia no es una realidad abs­tracta e inconcreta, sino que es --somos— todas las personas, todos los ciudadanos que per­tenecemos a ella y vivimos en el gozo y en el reto de la ver­dadera comunión y correspon­sabilidad eclesial.

 

El acuerdo alcanzado entre la Santa Sede y el Estado Es-pañol es positivo y beneficioso para la sociedad y sus admi­nistraciones públicas, para la libertad y la misión de la Igle­sia y para la responsabilidad de los católicos y de otras per­sonas de buena voluntad. La Administración del Estado se convierte en mero intermedia­rio –ya lo era–, en mero gestor de la voluntad y decisión libre de los ciudadanos.

 

Una Iglesia que merece

ser ayudada

 

La Iglesia hace el bien y me-rece ser ayudada por los cató­licos --para quienes colaborar con ella es un deber de corres­ponsabilidad– y por aquellas otras personas que lo deseen. Y es que, al menos, son ocho las grandes aportaciones que la Iglesia presta a la socie­dad. La primera de ellas es la constatación de que la Igle­sia está presente en los acon­tecimientos más importantes y más cotidianos de millones de ciudadanos. La Iglesia —en se­gundo lugar— brinda a la socie­dad valores permanentes que nos ayudan a crecer como per­sonas y mejorar la convivencia entre las personas. La Iglesia es la gran abanderada de la causa del hombre y de sus ver­daderos derechos.

La Iglesia ayuda a los más necesitados de la sociedad y lo hace con la entrega generosa de la vida de sus agentes de pastoral y de tantos y tantos colaboradores, benefactores y voluntarios con que cuenta. Un ejemplo bien luminoso y elocuente al respecto lo cons­tituyen los cerca de 20.000 mi­sioneros españoles dispersos por todo el mundo. Asimismo, la Iglesia contribuye al desa­rrollo cultural y educativo de sus miembros y de todas aque­llas personas que participan en sus iniciativas de esta natura­leza. La Iglesia a lo largo de la historia y también en la hora presente ha creado, conserva y fomenta un impresionante patrimonio cultural y artís­tico, que configura la imagen de nuestras ciudades y pueblos y que es expresión de su fe.

 

Finalmente, la vida de la Iglesia como comunidad cris­tiana da lugar a múltiples asociaciones y a un amplio vo­luntariado que promueven ac­tividades sociales, religiosas, recreativas y culturales, como acontece con cofradías, movimientos laicales e iniciativos de ocio, tiempo libre y promo­ción humana emitidas desde la Iglesia.

 

Una Iglesia que no busca privilegios

 

Esta Iglesia no busca privile­gios ni vive de las arcas públi­cas. Vive de la voluntad de sus miembros y el Estado es úni­camente el gestor, el cursor de esta voluntad de los contribu­yentes en lo relativo al 0,7% del IRPF, que, en cualquier caso, le será deducido al ciu­dadano. La financiación de la Iglesia a través de la asig­nación tributaria constituye un cuarto de los recursos que precisa para poder realizar su misión. Los otros tres cuar­tos llegan de donativos, sus­cripciones periódicas, cuotas, aranceles, colectas, rendi­mientos financieros y buena y austera administración.

 

Que el sistema de la asig­nación tributaria —tanto la que entra ya en vigor en 2008 como la vivida en los 20 años anteriores— no es nin­gún privilegio lo demuestra la panorámica sobre la fi­nanciación de otras Iglesias europeas. En los países con­fesionales (Reino Unido, Di­namarca, Noruega, Finlandia y Grecia) el sostenimiento de la Iglesia confesional angli­cana o luterana corre a expensas del Estado. En Alemania existe un impuesto directamente religioso a voluntad de los contribuyentes. En Holanda, Bélgica y Luxemburgo las Iglesias se mantienen a través de un sistema de do­tación presupuestaria pú­blica, sistema similar, con algunas variantes, en Austria.

 

Así, pues, a partir de ahora el sostenimiento económico de la Iglesia católica en Es­paña va ya a depender ex­clusivamente de la voluntad de sus fieles y simpatizantes, a través de la declaración de la renta y de los donativos y aportaciones en sus parro­quias y diócesis. Es precisa una nueva mentalidad, acorde a la realidad de la nueva regu­lación y acorde al bien que la Iglesia hace a tantas personas y a la entera sociedad. Porque la Iglesia no busca privilegios, porque la Iglesia es una insti­tución que merece ser ayudada y porque ahora nos toca ya del todo a nosotros autofinanciarnos, autofinanciar a nuestra Iglesia, esa Iglesia que somos todos los católicos.

 


Publicado por verdenaranja @ 0:14  | Art?culos de inter?s
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