Mi?rcoles, 14 de mayo de 2008

Artículo semanal del Padre Fernando Lorente, o.h., publicado en EL DÍA, el miércoles 7 de Mayo, en la sección CRITERIOS bajo el epígrafe "Luz en el Camino".

Luz en el Camino Fernando Lorente, o.h. *


Los náufragos de Armas

ACTUALMENTE, sobre todo, uno de los principios que más está determinando las relaciones y convivencia de las gentes, dentro de la sociedad que estamos viviendo y determinando, es el intercambio. Lo vivimos como si fuera el factor que lo condiciona casi todo o todo. Lo intercambiamos todo: artículos, objetos de todo género, servicios y favores. Pero se intercambian, además, los sentimientos, los cuerpos y hasta la amistad. Todo puede ser objeto de contrato.

Nos encontramos ante la "cultura del intercambio", que se nos está imponiendo como una moda muy particular. Cada uno trata de conseguir las máximas ventajas para uno mismo, dentro de ese "mercado general". La honestidad consiste simplemente en lograrlo sin recurrir a la fuerza o al fraude. En esta sociedad así dirigida y vivida, los cristianos corremos el riesgo de pensar que estamos viviendo ya el amor cristiano con tal de no abusar de los demás o no engañarlos injustamente. Sin embargo, el amor fraterno del que habla Cristo es algo radicalmente diferente.

Sentirnos cristianos significa estar siempre preocupados desinteresadamente por el prójimo, es sentirse responsables de nuestra fidelidad como creyentes, es acercarse cuando más nos necesitan, compartiendo con ellos lo que poseemos. El intercambio honesto, por el contrario, exige respetar los derechos de los demás, pero no significa amarlos, ni sentirse responsables de su felicidad o preocupados por sus necesidades.

Un gran pensador europeo, haciendo un análisis de la sociedad moderna, llegó a decir: "La gente capaz de amar, en el sistema actual, constituye por fuerza la excepción; el amor es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea".

Para vivir el amor cristiano es necesario resistir al espíritu que invade nuestra sociedad y que se aumenta aun más en nuestros días con las imposiciones ideológicas de una política que ya está rayando en un manifiesto totalitarismo de ropaje democrático. Pero con la misma exigencia hay que advertir que el criterio para reconocernos como verdaderos creyentes cristianos sigue siendo el amor. Que el amor divino o cristiano de las personas creyentes es más, pero no menos que el amor humano. Un amor deshumanizado no es humano ni divino: es una falsificación del amor. Hemos de entender que Dios asumió en Cristo al ser humano para humanizar el amor divino y divinizar el humano.

El ser humano, en lo más profundo de su conciencia, descubre la existencia de una ley que él no se dictó a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y evitar el mal: haz esto y evita aquello. Porque el ser humano tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del ser humano, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con las demás personas, creyentes o no, para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se le presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y someterse a las normas objetivas de la moralidad

En este camino encontraremos el verdadero intercambio político, social y religioso. Pero para alcanzarlo antes tenemos que conocerlo, asumirlo, vivirlo y transmitirlo durante toda nuestra existencia.

* Capellán de la Clínica

S. Juan de Dios


Publicado por verdenaranja @ 22:39  | Espiritualidad
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