Viernes, 16 de mayo de 2008

El Arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, ha aclarado que la Iglesia Católica no se opone a la educación sexual en las escuelas sino que pide a las autoridades proponer programas de "educación para el amor, la castidad, el matrimonio y la familia".



EDUCACIÓN SEXUAL: SÍ, PERO ¿CUÁL?

 

            Corre la voz, frecuentemente, de que la Iglesia está en contra de la educación sexual. Falso. En cierto modo la ha impartido desde siempre al exponer en su predicación, ejercida de diversas formas, la ley de Dios; dos de los diez mandamientos se refieren a ese ámbito de la conducta humana. Pero más recientemente lo ha hecho de manera explícita y en todos los niveles de su magisterio y de su acción pastoral. La Conferencia Episcopal Argentina publicó un plan general de enseñanza y cartillas de estudio y trabajo de Educación para el Amor y en la arquidiócesis de La Plata tenemos en vigencia desde hace varios años nuestro propio plan y textos escolares indicados para todos los cursos. Nos empeñamos también en la preparación de directivos y docentes para aplicar el programa. Tenemos una fuente cercana de inspiración en las numerosas intervenciones de Juan Pablo II y de la Santa Sede; aquel inolvidable pontífice dedicó una serie amplísima de catequesis semanales a desarrollar una teología del cuerpo, de la sexualidad y del amor conyugal.

 

El título de la asignatura Educación Sexual podría traducirse, en un lenguaje inequívocamente humanista: educación para el amor, la castidad, el matrimonio y la familia. Así se vería con claridad que se ocupa de una dimensión esencial de la vida humana, en la que se pone en juego la orientación ética y religiosa de la existencia, la felicidad y la salvación. Entiéndase bien, entonces: no nos oponemos, sin más, a la educación sexual escolar. Nos oponemos a la transmisión en la escuela de una noción de la sexualidad humana que elude toda referencia fundante a la naturaleza de la persona y de sus actos y que se agota en información parcializada y en la recomendación de la sospechosa seguridad que brindan anticonceptivos y condones. Esta instrucción incompleta, y a la vez explícita, no toma en cuenta la dimensión afectiva y relacional, la necesidad de la autodisciplina y del respeto a valores objetivos; tal enfoque conlleva el riesgo de estimular en los adolescentes el acceso prematuro e irresponsable a la experiencia sexual. Los fundamentos de esta versión reduccionista de la educación se encuentran en la ideología de género, en la sociología constructivista y en las ideas de Michel Foucault, según el cual la sexualidad habría sido confiscada por la familia conyugal para absorberla en la seriedad de la función reproductiva. El propósito implícito es, entonces, liberar a los adolescentes argentinos de ese estereotipo cultural. Con estas orientaciones sólo puede temerse la destrucción de la familia y la consiguiente ruina de la sociedad.

 

En las últimas semanas ha cobrado notoriedad un proyecto legislativo que propone difundir en las escuelas bonaerenses la esterilización quirúrgica. La iniciativa estaría ordenada a tutelar los derechos a una educación sexual integral. En su momento publiqué en El Día una crítica de la ley que garantiza el derecho a recurrir gratuitamente a esa práctica. La norma merece un reproche ético gravísimo, ya que promueve una mutilación contraria al bien integral de la persona: la pérdida de la capacidad de engendrar o concebir. Implica también un rebrote malthusiano que responde a la ideología de la seguridad demográfica análoga a la de la seguridad nacional- que fue expuesta en el célebre Informe Kissinger de 1974: se debe impedir el crecimiento de la población de los países pobres porque constituye un peligro potencial para los denominados centrales. ¡Ahora habría que instruir a nuestros niños sobre la feliz posibilidad de renunciar a ser padres y madres de futuras generaciones argentinas! ¿Se piensa acaso que el territorio nacional ya está colmado y que carecemos de reservas alimentarias? 


Un grupo de diputadas del oficialismo ha expresado su preocupación por la
eventual intromisión de las autoridades eclesiásticas en funciones que son de competencia exclusiva de los poderes del Estado. Llama la atención esta inclinación totalitaria de las legisladoras, ya que no sólo los obispos, sino cualquier ciudadano y en el caso comentado los padres de familia, tienen el derecho y el deber de peticionar y de emprender toda gestión legítima para procurar que las leyes que se dicten no contradigan el orden moral. Se ha dicho también que una gestión de esta índole pone en duda la independencia del Poder Legislativo. Con todo respeto: lo que eventualmente pone en duda la independencia de los legisladores es su obediencia debida al Ejecutivo Nacional. 


Tampoco se puede considerar un avance la promoción de ese presunto derecho a mutilarse. Habremos avanzado cuando se logre superar la crónica pobreza en que ha caído gran parte de nuestra población, cuando haya oportunidad abundante de trabajo genuino, cuando el Estado pueda asegurar efectivamente la vida y los bienes de los ciudadanos, cuando las familias argentinas puedan criar y educar con dignidad una prole numerosas, cuando por fin se haga realidad una justicia demasiado largamente esperada. Y los legisladores pueden hacer mucho para alcanzar estas metas. 

 

+ Héctor Aguer

Arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 22:49  | Hablan los obispos
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