Viernes, 16 de mayo de 2008

Guión litúrgico para el Día de la Caridad (Corpus Christi) que nos ha sido enviado con los materiales para celebrar esta jornada.

MONICIÓN DE ENTRADA

 

Hoy celebramos solemnemente el misterio eucarístico, que es sacramento de cartidad. Todo el amor de Cristo concentrado en el sol del pan y del vino sacramentados. Es un misterio que debemos creer, celebrar y vivir (Sacramentum caritatis). Misterio, porque nos desborda y nos asombra. El Espíritu y la caridad son el alma de este misterio. Por amor se entrega Jesús y se queda con nosotros. En la Eucaristía nos alimentamos de amor, en todas sus dimensiones. Por eso la Eucaristía entraña un compromiso con los pobres, con los excluidos, sin bienes ni derechos.

 

Entre ellos hoy nos fijamos particularmente en la marginación de la mujer, especialmente vulnerable y "utilizada”. Sin duda la mayor parte de los sin-derecho llevan nombres femeninos.

 

Acto penitencial

 

La Eucaristía es sacramento de piedad. Pero nosotros no te­nemos piedad ni con los débiles ni con los pobres.

 

Señor, haznos piadosos, y ten piedad

 

La Eucaristía es signo de unidad. Pero nosotros multiplicamos las divisiones y los rechazos, las intolerancias y olvi­dos.

 

Cristo, haznos acogedores, y ten piedad.

 

La Eucaristía es vínculo de caridad. Pero nosotros somos egoístas, cómodos e individualistas, no queremos compro­misos...

 

Señor, haznos solidarios, y ten piedad.

 

LECTURAS

 

Dt 8, 2-3. 14b- 16ª; 1Cor 10, 16-17;

Jn 6, 5159

 

• El desierto supuso para unos la apostasía, para otros aumento de fe. Las dificultades a unos les tumban, a otros les hacen crecer. Pero son necesarias.

 

Dios alimentó a su pueblo en el desierto con la palabra y el maná, para hacerles sentir su presencia y para que confiaran en su providencia. No sea que te olvides del Señor, tu Dios.

 

Hay que re-cardar. Hoy olvidamos que son muchos los que carecen de pan y de palabra. Quizá nosotros estamos llamados a ser su "providencia”.

 

La Eucaristía es signo y causa de fraternidad, de común-unión. Cada vez que comulgamos hemos de comprometernos en de­rribar barreras y superar distancias, en multiplicar abrazos y aco­gidas. Ojalá pudiéramos poner la Eucaristía, no sólo en el corazón de la Iglesia, sino en el corazón del mundo.

Cristo es el verdadero maná, el verdadero pan de Dios. ¡Qué amor! Dios se hace pan para que lo comamos.

 

Una primera manera de comer a Cristo es la fe: escucharlo, acep­tarlo, acogerlo, compenetrarse con su palabra y con sus senti­mientos. La segunda es la Eucaristía, llenarse de la misma vida de Jesús. El queme come vivirá por mí, vivirá en mí, vivirá de mí. Y esta vida es amor extremo.

 

Sugerencias para la homilía

 

  1. Creer en el misterio eucarístico 

La Eucaristía es misterio de fe. Nunca agotamos su riqueza. En la Eucaristía se concentra toda la realidad de Cristo, sus senti­mientos y actitudes, sus palabras y sus signos, su amistad y su servicio, su capacidad de perdón y de entrega.

 

No sólo de Cristo, el pan y el vino eucaristizados rebosan tam­bién el amor del Padre y del Espíritu Santo; están impregna-dos de amor trinitario.

En la Eucaristía se hace presente el pasado —memorial— y se anticipa el futuro —profecía—. Anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección y esperamos su vuelta. Pregustamos el banquete del Reino.

Reafirmamos nuestra fe en el misterio eucarístico, pero he-mos de creer también en otros "misterios eucarísticos". Son nuestros hermanos los pobres, los que sufren, las víctimas de nuestro consumismo globalizado, los que no tienen voz ni derechos. Delicados misterios eucarísticos son las mujeres marcadas en muchos países y culturas por la sumisión más humillante y la utilización más hiriente. A veces no tienen de­recho ni ala vida —el mayor porcentaje de los abortos en algunos países es femenino, hasta el 80 %—. Ser mujer es casi una vergüenza y una carga. En ellas Cristo sigue padeciendo.

 

  1. Celebrar el misterio eucarístico 

La Eucaristía tiene que ser celebrada en la Iglesia y por la Iglesia, el Christus totus. No podemos celebrar ni comulgar a solas. Si proclamamos la palabra es para que sea comunitaria-mente acogida. Si partimos el pan es para que todos repartan y compartan. Si lavamos los pies es para que nos hagamos diáconos unos de otros.

Esta participación comunitaria exige sentimientos de fra­ternidad y solidaridad. Cuando nos sentamos a la mesa del Señor, no puede haber diferencias: judíos y griegos, ricos y pobres, amos y esclavos, nobles y plebeyos, "hombre y mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 28; cf Col 3, 11). ¿Cuándo lograremos este ideal eucarístico?

Y la Iglesia debiera invitar con preferencia a los más desvali­dos y excluidos. «Sal enseguida a las plazas y calles de la ciudad y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, ciegos y cojos (...) Sal a los caminos y cercas y obliga a entrar hasta que se llene mi casa» (Lc 14, 21.23). 

Esto sería poner la Eucaristía en el corazón del mundo dolien­te y excluido.

 

  1. Vivir el misterio eucarístico 

No basta creer y celebrar, hay que vivir la Eucaristía, que es la mejor manera de creerla y celebrarla. El que me come vivirá por mí. Es cuestión de vida, no sólo de precepto o de rito. Hemos de hacer de la celebración una vida y de la vida una celebra­ción.

 

Vivir la Eucaristía es ser eucaristía, como vivir de Cristo es ser "Cristo" (cf Ga 2, 20). "No sólo nos hemos convertido en cristia­nos, sino en Cristo mismo"(S. Agustín). Convertirse en Cristo es compenetrarse con él, llenarse de su amor.

 

Un amor que permanece.

Un amor que sirve, capaz de lavar los pies.

Un amor que sienta a la mesa y crea fraternidad.

Un amor que comparte y parte solidariamente el pan. Un amor que se hace pan y se parte y se deja comer. Un amor hasta la muerte, pero que vence la muerte.

Un amor que se atreve a sufrir —"dolere aude"— con los po­bres y a dignificarles.

Un amor que transforma el mundo.

 

"La Eucaristía viene a ser una fuerza de transformación del mundo, como la levadura que hace fermentar la masa" (Con­greso Eucarístico de Lourdes, 1987). El que comulga está lla­mado a ser fermento de solidaridad. Para ello tiene que salir de sí mismo, acercarse samaritanamente al hermano que sufre, profetizar contra la injusticia, irradiar el amor de Cristo en la sociedad. "La Eucaristía imprime en quienes la celebran con verdad una auténtica solidaridad y comunión con los más pobres"(Conferencia Episcopal Española, La Caridad de Cristo nos apremia, 8). 

 

Oración de los fieles

 

Unidos a Cristo, nuestro Salvador, que se ha quedado con no­sotros como compañero y viático, pedimos al Padre:

 

Envuélvenos en tu misericordia

 

Mira con amor a este mundo nuestro, tan violento y dividi­do, que progrese en justicia y solidaridad.

 

Mira con amor a tu Iglesia, que sea pan eucarístico y fermento de unidad.

 

Mira con amor a los que son víctimas del egoísmo humano, a cuantos carecen de derechos y de los medios necesarios para su desarrollo, que sean todos respetados y ayudados.

 

Mira con amor a las mujeres maltratadas y olvidadas, alienta a cuantos trabajan por su dignificación.

Mira con amor a todos los que comulgamos el Cuerpo de Cristo, para que sepamos comulgar también con los hermanos.

 

Oremos: Míranos, Padre, con amor para que también noso­tros aprendamos a mirar con amor a los hermanos...


Publicado por verdenaranja @ 23:40  | Liturgia
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