Domingo, 18 de mayo de 2008

Reflexión sobre la "La Palabra en el Silencio" de Lourdes Grosso García, M. Id, Directora del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada en la Jornada Pro Orantibus el 18 de Mayo de 2008, solemnidad de la Santísima Trinidad (De los materiales para su celebración).

 

La Palabra en el silencio

 

Antes de que el hombre escuchara la Palabra, la Palabra estaba en Dios (Jn 1, 1). Ella era al principio, existía al principio. Existía la Palabra de Dios y el silencio del hombre. Luego se rompió el silencio y vino la revelación del misterio guardado en silencio desde la eternidad (Rm 16, 25). El silencio humano fue una precedencia preparatoria a la Palabra de la Salvación: «Un

silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos» (Sab 18, 14-15). Así la Palabra se encarnó en el seno de una virgen en silencio y en medio de un silencio virginal. Sólo de este modo quedaba de manifiesto que la Palabra es pura Gracia de Aquel que es comunicación por esencia. El Dios Trinitario es comunicación y relación de Amor. Pero para que el hombre pueda conocerlo necesita el silencio de la espera y la expectación: ¡Silencio, tierra entera ante Él! (Hb 2, 20), ¡que calle ante el Señor todo ser vivo, porque sale de su santa morada dispuesto a intervenir! (Zac 2, 17).

 

Hay un silencio que precede a la Palabra, hay un silencio que interrumpe la Palabra y hay un silencio que prolonga la Palabra. Del primero ya hemos hablado más arriba. Del segundo sólo decir que acontece cuando la misma Palabra pide nuestra conversión y toca nuestras miserias para sacarnos de ellas:

 

el hombre, denunciado por la Palabra, se silencia para convertirse y solloza dolido hasta balbucear la súplica del perdón y la misericordia del Dios que le

ha herido para curarlo. El tercero es la respuesta orante y agradecida de quien ha comprendido que su silencio adorador es el mejor tributo a la Palabra que le ha visitado sin merecerlo y le ha salvado sin exigir nada a cambio.

 

Cuando no amamos a alguien, lo primero que le retiramos es la palabra, rehuimos la comunicación y la relación. Dios, en cambio, que nos ama con amor eterno (desde siempre y por siempre, cf. Is 54, 8), no deja de comunicarse con nosotros dirigiéndonos su Palabra, su mirada, su atención. Su amor le ha llevado a buscarnos siempre, ya desde los inicios, cuando el hombre, avergonzado por su pecado se escondió de la presencia de su Hacedor (cf. Gn 3, 8ss).

 

Dios es Palabra; Palabra de Amor que busca respuesta. Para acogerle es necesario hacer silencio de tantas otras palabras menores que aturden nuestros sentidos y embotan nuestro espíritu. «Escucha Israel» (cf. Dt 6, 4). ¿No es ésta la primera actitud de fe ante la presencia del Altísimo? Esta es la voluntad de Dios sobre cada creyente necesitado de tiempos de silencio y espacios de desierto para acoger la brisa suave y el susurro del Espíritu divino. Sólo quien se retira libre y voluntariamente a los aposentos interiores del alma, en el silencio y la soledad de la vida interior, se capacita para escuchar a Dios en el corazón y darle una respuesta en la dinámica del amor (cf. Os 2, 16).

 

Sólo quienes han sido visitados por la Palabra del Amor pueden adentrarse en el misterio de un silencio que se convierte en la experiencia de un amor sin palabras.

 

El fin de la vida de quien ha sido alcanzado por la Palabra del Eterno no es callarse, sino anunciar el Evangelio, con su ser y su quehacer. El silencio no es el refugio de quienes no tienen nada que comunicar o la guarida de aquellos que, saturados de la vaciedad de un mundo con millares de palabras fugaces, no encuentran razones para vivir con alegría, esperanza y plenitud de sentido.

 

Los que traspasados por la Palabra se han dejado herir por ella son los que han encontrado la perla preciosa y están dispuestos a adquirirla a cualquier precio (cf. Mt 13, 44-46); ellos son los que han comprendido que el Padre busca adoradores en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 22-24).

 

El fin de la vida de un convocado al silencio orante y contemplativo no es la huida del ruidoso mundo en que nos encontramos, sino amar a los hermanos y glorificar a Dios con todo el ser.

 

Existe un falso silencio taciturno, ceñudo, triste, tenso o indolente; existe un silencio meramente disciplinario y fríamente sistemático. Existe un silencio que se convierte en mutismo y en el que no hay virtud sino esclavitud. Hay un falso silencio que se utiliza como arma arrojadiza contra otros o sirve de «trinchera» para no sufrir en la relación con el prójimo que resulta incómodo.

 

En este sentido puede haber un silencio «satánico». Sólo engendra soberbia

y orgullo. A veces vale más hacer reproches que guardar rencor en silencio

(cf. Eclo 20, 2-3). El silencio del cristiano nunca es pasivo. El silencio, si es verdadero, nunca te aísla de los otros ni te desentiende de ellos. El que ama, se comunica. El que ora, intercede.

 

La Palabra de Dios es ciertamente una espada de doble filo que entra hasta

las junturas del ser y discierne los pensamientos y sentimientos del corazón

(cf. Hb 4, 12). Cuando la recibes tu ser se silencia para comunicarse. Palabra y silencio se reclaman mutuamente. Silencio y Palabra se remiten para darse cabida. La Palabra necesita del silencio; el silencio necesita de la Palabra.

 

A la Santísima Virgen María, primera consagrada a la contemplación del Amor de Dios y madre de toda consagración, se le anunció una espada que traspasaría su alma y dejaría al descubierto la intención de muchos corazones (cf. Lc 2, 35). En nosotros, pobres pecadores, la espada de la Palabra, recibida en el silencio de una auténtica acogida, nos abre a la sinceridad y a la verdad, visitando nuestras «voces calladas», nuestros «aullidos interiores» y llegando a descubrir los «reclamos» del hombre viejo. Pero también, porque es espada de doble filo, inicia en nosotros una curación sin vuelta atrás, porque ha sido enviada para no volver al Cielo sin cumplir su encargo (cf. Is 55, 11) y, entrando en nosotros, ella hace su camino más allá de nuestra pobre y, a veces, miope percepción.

 

En la Bendita Madre, el silencio de su virginidad visitado por la Palabra traspasó su vida entera, desde la Anunciación hasta la Cruz, desde Nazareth hasta Jerusalén, desde el pesebre hasta el Calvario. Ella fue la Mujer traspasada, la Madre del Hijo traspasado. Y nosotros, hijos de Eva, pero por la Pascua de Cristo hijos de María engendrados al pie de la Cruz, somos en la Iglesia testigos del poder transformador, curativo y salvífico de la Palabra pronunciada en la historia, acogida en el silencio, guardada en el asombro y constituida, de generación en generación, en la lámpara de nuestro camino hacia la Casa del Padre.

 

¡Alabado sea Jesucristo, encarnación de la Palabra y salvación para el mundo entero!

 

Lourdes Grosso García, M. Id

Directora del Secretariado de la Comisión Episcopal

para la Vida Consagrada


Publicado por verdenaranja @ 0:35  | Espiritualidad
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