Domingo, 18 de mayo de 2008

Comentario a las lecturas del domingo de la Santísima Trinidad - A, publicado en Diario de Avisos bajo el epígrafe "el domingo, fiesta de los cristianos".

 

Tres en uno


DANIEL PADILLA


Herbert Marcase, el filósofo estadounidense origi­nario de Alemania, queriendo retratar al hombre del siglo XX, dio una definición ya famosa. "Es un ser unidimensional" -dijo-. Se refería a que este hom
bre de hoy, movido por la sístole y diástole de la produc­ción y el consumo, no tiene otra dirección que ésa: "Pro­ducir para consumir". Este es el latido de su corazón. Su única dimensión.


Sin embargo, el niño que viene a este mundo, pronto descubre, desde su mínima experiencia vital, que él, igual que los cuerpos, tiene tres dimensiones: hacia arri­ba, hacia los lados, hacia dentro. Desde su cuna observa, encima de él, unos ojos brillantes que le miran, una voz recia que le susurra y habla, unos brazos poderosos que le alzan. ¡Aupa! Cuando un niño dice "aúpa" ha descu­bierto su dimensión vertical. Ahí está su "padre". Ce­rrarse a esa mirada, a esa voz, a esos brazos, es ignorar la paternidad, la primera dimensión del hombre.

Pero no tardará mucho en descubrir su dimensión ho­rizontal. Mirando a los lados, verá a otros niños, a otros seres, que juegan, que se mueven, que se apoyan. Pronto él también se sentirá inmerso en ese grupo, necesitando a esos seres y reclamado por ellos. Cerrarse a esa comu­nidad es vivir en una isla solitaria, cortando toda posibi­lidad de comunicación.


Pero hay más. Un día, quizá adolescente, advierte los caminos de su propio interior. Se percata de que discu­rre, de que se le ocurren cosas, de que tiene imaginación y creatividad, de que es capaz de soñar un ideal, de que es muy bello el mundo de su espíritu. Es su tercera di­mensión. Cuando ha descubierto estas tres dimensiones en su propia vida -altura, anchura y profundidad- es cuando el hombre se siente de verdad "hombre".


Pero es que, además, amigos, nuestra fe, es decir, la óptica que nos trajo Jesús, eleva estas tres dimensiones a unos mundos mucho más amplios y trascendentes. Y así, nuestra mirada a lo alto pronto distingue la existencia de un ser altísimo e inmenso, que ha creado el cosmos para nosotros. Constatamos su ternura, el cuidado asombroso con que nos trata, el detalle de sus desvelos, el mimo con que dirige nuestros pasos. Ignorar esta luminosa filia­ción es caer en la noche más negra, en el sinsentido del vivir. Del mismo modo, hacia los lados, no sólo descu­bro a mis hermanos, sino que, entre ellos, veo al "hermano de los hermanos", al que ha querido ser "semejan-te al hombre en todo, menos en el pecado", al que "cargó
nuestros dolores y soportó nuestras enfermedades", al que se hizo tan solidario con todos, que dijo: "Lo que hagan a uno de estos pequeños, me lo hacen a mí". ¡Qué egoísmo tan peligroso ignorar esta dimensión!


Finalmente, profundizando en mi "yo", descubro al "Consolador", al "Dulce huésped", al "dulce refrigerio". Va diseñando perfiles en nuestro interior. Y, con su gra­cia, con sus virtudes, con sus dones, día a día y paso a paso, va trasladando a la dura piedra que soy yo, el ideal que le dio el Padre. Este ideal es Jesús, el modelo de to-t da la perfección.


Pregunta concreta para este día. "¿Me voy parecien­do a ese modelo?". Ya comprenden, amigos, que, vistas así las cosas, el Misterio de la Trinidad cobra vida. Deja de ser un problema teológico y matemático —"tres en uno y uno en tres"- y se convierte en tres espléndidas pistas para aterrizar en Dios. El Dios "en el que vivimos, nos movemos y existimos", como decía Pablo.


Publicado por verdenaranja @ 19:38  | Espiritualidad
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