Martes, 27 de mayo de 2008

Artículo publicado en el Boletín mensual de información misionera "MISIONEROS JAVERIANOS", Nº 441 - ABRIL 2008.

EMIGRANTES, UNA LLAMADA A LA SOLIDARIDAD

 

«Necesitamos un nuevo concepto de calidad de vida, porque la senda del consumismo es insostenible; siempre que­rremos más y más, seremos infelices y nunca nos daremos por satisfechos». Lo reconocía el Worldwatch Institute, en su informe «El estado del mundo 004». La advertencia no era gratuita: el 20% de la Humanidad acapara el 80% de los recursos del planeta, y esta voracidad es el motor que mantiene un sistema de injusticia que sume en la pobre­za a millones de personas.

 

En los años 70 y 80 se defendía qu! el desarrollo la modernización de la sociedad tenían una dirección única: mediante el crecimiento económico y el consumo, todos llegaríamos a dis-frutar del bienestar, tanto las personas como los países. Era una simple cues­tión de tiempo: poco a poco todos disfrutarían del bienestar del desarro­llo. En los llamados países desarrolla-dos se instauró el «Estado de Bienes-tar» y a los países empobrecidos se les llamaba «países en vías de desarro­llo». La sociedad tenía una dirección incluyente. 

 

Pero ese sistema ideal de crecimiento económico no ha funcionado como pensaban sus defen­sores. Aquel modelo de desa­rrollo tenía graves defectos de fondo. Aparecieron las altas tasas de paro y la ex-tensión de la pobreza; se acabó el sueño de aquellos países que un día esperaban poder entrar en el club de los ricos, pero que se despertaron con el peso de una deuda externa agobiante.

 

Origen de la inmigración

 

 

Esa realidad es la que ha llevado a que unos 200 millones de personas en todo el mundo, una tercera parte de ellas africanas, se
vean afectadas hoy día por el fenómeno migratorio, frente a los 80 millones que existían en 1970. Sin duda, un desafío para las sociedades occidentales y el equilibrio humano del planeta.

 

La inmigración, en sus múltiples y variadas formas, no es un fenómeno nuevo, ni siquiera moderno. El hombre, desde la más remota prehistoria, ha sido un emigrante en busca del susten­to, de mejores condiciones de vida. Lo que sí es novedoso —y lacerante— es la desigualdad entre los hombres, ese «Muro de Berlín» que separa un he­misferio de otro. El intento de llegar a Europa es la consecuencia del marasmo económico y de una ausencia total de perspectivas para los jóvenes de los pa­íses del Sur.

 

Causas de la inmigración

 

Aunque las causas de las mi­graciones pueden ser de muy diversa naturaleza, las que ge­neran la actual presencia de inmigrantes en España son casi exclusivamente de origen económico: subdesa­rrollo, hambrunas, pobreza, injusticia, paro...; la búsqueda de unas mejores condiciones de vida que satisfagan las caren­cias económicas, la búsqueda de la paz o el lícito propósito de la unidad que supone el reen­cuentro familiar.

 

El fenómeno migratorio, cada vez más amplio, constituye hoy un importante elemento de la interde­pendencia creciente entre los esta-dos, que contribuye a definir el evento de la globalización, que ha abierto los mercados pero no las fronteras, ha derrumbado las barre-ras a la libre circulación de la infor­mación y de los capitales, pero no lo ha hecho en la misma medida con las de la libre circulación de las personas. Y, sin embargo, ninguna nación puede sustraerse a las consecuencias de al­guna forma de migración, a menudo ex­tremamente vinculada a factores nega­tivos, como el retroceso demográfico que se da en los países industrializados, el aumento de las desigualdades entre el norte y el sur, la existencia en los in­tercambios internacionales de barreras de protección que impiden que los pa­íses emergentes puedan colocar sus propios productos, en condiciones competitivas, en los mercados de los países occidentales y, en fin, la proliferación de conflictos y guerras civiles.

 

Interpelaciones

 

La actual realidad de las migracio­nes en Europa y en España supone una seria interpelación a todos: indi­viduos, sociedad y sus organizacio­nes, administraciones públicas e Igle­sia. Nadie puede permanecer ajeno ni indiferente ante un fenómeno de tal envergadura.

 

Las respuestas que se están dando por parte de la sociedad son muy di-versas. A veces condicionadas por prejuicios o estereotipos o por el te-r mor a lo extraño y desconocido. Es la reacción que revela actitudes xe­nófobas, racistas, violentas o discriminatorias.

 

La Iglesia, con un compro­miso económico, social y político, ha de defender, con ges­to y palabra, la dignidad del inmigrante.

 

En cuanto a la respuesta de las administraciones pú­blicas, las leyes de extran­jería son, por regla general, restrictivas y tendentes a priorizar los llamados «in­tereses nacionales», como la demanda interna de mano de obra, la «seguri­dad nacional»... El trabaja­dor extranjero puede con­vertirse en factor de equili­brio, en «colchón de la econo­mía» o en «ejército de reserva para la economía sumergida» del país receptor, sometido a los vaivenes del mercado de trabajo.

 

Solidaridad y respeto

 

La inmigración, en la forma en que está teniendo lugar,
desempeña un papel económico y laboral de carácter dual.
?or un lado está contribuyendo al crecimiento económico de España y, de manera particular, está permitiendo cubrir determinadas actividades y  servicios, generalmente con notables reba1s en los costes laborales. Por otra parlas restricciones que viven muchos inmigrantes en sus derechos laborales y sociales, sus menores niveles salarias y la carencia de derechos políticos y jurídicos, da lugar a que muchos de ellos sean de facto ciudadanos de segunda o tercera categoría; lo cual abre el riesgo de evolución hacia un modelo dual de sociedad, con un doble circui­to de ciudadanía, con derechos, opor­tunidades y niveles de vida diferencia-dos entre sí.

 

Si la inmigración se ve como un pro­blema de orden público por parte de nuestros políticos, se corre el riesgo de que las medidas que adopten para re­solverlo vulneren los derechos más ele-mentales. Los problemas que plantea la inmigración no se verán realmente re-sueltos sí no se apuesta por la solidari­dad y el respeto.

 

Desmontemos tópicos que preten­den convencernos, contra toda eviden­cia, de que los inmigrantes vienen a qui­tarnos algo nuestro. Asumamos el mes­tizaje como una revitalización de la cul­tura y fortalecimiento de la dimensión de futuro, para normalizar el hecho de la inmigración.

Si no nos planteamos la gran meta de la igualdad en los derechos —pri­mer paso para la integración—, segui­remos manteniendo para los inmi­grantes posiciones de esclavitud o, al menos, de infraciudadanía. Si no tra­bajamos por este gran objetivo, se agu­dizarán los procesos de exclusión so­cial; más aún, los procesos de violen­cia simbólica y real (xenofobia y ra­cismo) se instalarán como un cáncer incurable en nuestras sociedades oc­cidentales. n

 

Si cuarenta mil niños sucumben diariamente
en el purgatorio del hambre y de la sed;
sí la tortura de los pobres cuerpos
envilece una a una las almas;
y si el poder se ufana de sus cuarentenas
o si los pobres de solemnidad
son cada vez menos solemnes y más pobres,
ya es bastante grave que un solo hombre o una sola mujer
contemplen distraídos el horizonte neutro,
pero en cambio es atroz, sencillamente atroz,
si es la humanidad la que se encoge de hombros.

 

(Mario Benedettí)


Publicado por verdenaranja @ 23:10  | Migraciones
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