Martes, 27 de mayo de 2008

Artículo publicado en el Boletín mensual de información misionera "MISIONEROS JAVERIANOS", Nº 441 - ABRIL 2008.


DIÁLOGO, CONVERSIÓN Y COLABORACIÓN

 

P Carlos Collantes

 

 

En el número anterior aludíamos a una serie de actitudes: la escucha, el respeto, el conocimiento de la propia identidad religiosa, el progreso en el conocimiento mutuo y en la liberación de prejuicios, entre otras. El concilio Vaticano II, al valorar de forma positiva las religiones no cris­tianas, introdujo algunos presupuestos necesarios para el diálogo: la ac­titud de estima y de valoración positiva, de amistad y de colaboración. Actitudes que deben hacerse presentes en la tarea evangelizadora.

 

La profunda actitud de respeto de la que hablamos, brota de la fe-convicció en la presenci universal del Espíritu en las reli­giones, presencia reco­nocida y acogida. Como nos recuerda Juan Pablo II: «La relación de la Iglesia con las demás religiones está guiada por un doble respeto: «Respeto por el hombre en su búsqueda de res-puesta a las preguntas más profundas de la vida, y respeto por la acción del Espíritu en el hombre».» (RM 29)

 

Peregrinos de la verdad

 

La plenitud de la verdad sólo la alcan­zaremos al final, entre tanto todos estamos en camino, peregrinos somos hacía el único Dios, sólo en El confluiremos; caminamos con interrogantes, entre luces y sombras y nuestras preguntas sólo entonces desaparecerán. Y en ese cami­no hacia la verdad no caminamos solos, la experiencia religiosa de otros herma­nos nos acompaña, enriquece e ilumina. Peregrinos en una Iglesia peregrina que forma parte de una humanidad también peregrina, Pueblo de Dios en marcha ha­cia el Reino. Y el peregrino no se aferra, camina libre, despojándose cada vez más de realidades accidentales, accesorias, buscando lo esencial: el rostro de Dios en Jesucristo, en el hermano. Dios habita también en mi hermano, aunque piense distinto o crea de forma distinta o expre­se su fe de forma, para mí, extraña. Se trata de caminar _juntos, humildemente hacia la Verdad. Viajamos juntos descu­briéndonos mutuamente hacia el único Dios, la única Verdad; y cuando le veamos cara a cara no habrá preguntas sólo co­munión, entre tanto nuestros caminos son paralelos, a veces divergentes pu­diendo ser hermanados o «humanados», sólo Dios ve el corazón, nosotros las apa­riencias.

 

Diálogo e identidad

 

La Iglesia camina en la historia, a veces con lucidez, otras con paso lento y desconcertado, en esa historia que Dios ha querido que sea de salvación; Iglesia samaritana y solidaria con la humanidad dolorida y esperanzada de la que forma parte y que se autodefine como «sacramento universal de salvación», como signo e instrumento de esa voluntad salva-dora de Dios en el camino hacia la meta que anhelamos, y siempre al servicio del Reino de Dios.

Si la fe es un don de Dios, es necesa­ria una actitud de sincera humildad para dialogar y para caminar juntos y, mientras cami­namos, apertura para co­nocer y reconocer a Dios en el hermano. Vaya por delante que ni podemos ni debemos renunciar a lo que somos, a nuestra identidad más profunda, en ese caso no habría diálogo, ya que no se tra­ta de llegar a posiciones sincretistas en el nombre de una falsa y cómoda paz, de un falso e impo­sible consenso. Ningún diálogo se puede construir sobre la renuncia u ocultamiento de la propia identidad. Las diferencias están ahí no para ocultarlas sino para conocerlas y respetarlas, exigiéndonos una acti­tud de permanente honradez.

 

Las formas de diálogo son variadas. Cuatro evoca el documento Diálogo y Anuncio en el n° 42: El diálogo de la vida, un diálogo que va más allá de la coexistencia pasiva o indiferente, o de una tolerancia interesada, calculada: te acep­to mientras no me molestes; se trata de establecer relaciones humanas cordiales, de convivencia positiva. El diálogo de las obras, más allá de la convivencia, se trata de establecer relaciones de colabo­ración en importantes dimensiones de la vida humana buscando trabajar juntos en proyectos humanizadores. El diálogo de los intercambios teológicos, que se realiza a nivel de «expertos» y permite una comprensión renovada de tradiciones y herencias religiosas. Y finalmente el diálogo de la experiencia religiosa, al alcance de todos para compartir dones, valores y riquezas espirituales, como vi-vimos a Dios o como El vive en nosotros. Al estar más cerca de Dios, los místicos dialogan mejor, entre ellos las diferencias y fronteras se borran más fácilmente por-que están más cerca de la Fuente, y aun así persisten, fronteras de una humani­dad limitada, en camino.


Diálogo y conversión


Cuando hablamos, por tanto, de diálo­go interreligioso no tenemos que pensar en el diálogo estrictamente teológico rea­lizado por un grupo de expertos, en ese caso sería una tarea de unos pocos, un pri­vilegio, «un producto de lujo para la mi­sión de la Iglesia»; el diálogo no es una ac­tividad reservada a un grupo selecto y re­ducido de especialistas, a una elite quedan-do excluidos todos los demás, el pueblo sencillo, los creyentes de a pie. No podemos olvidar el inmenso campo lleno de po­sibilidades que se abre para una colabora­ción entre creyentes en ámbitos tales como la defensa de los derechos humanos, el compromiso a favor de la justicia y la paz, la exigencia de leyes más justas en el comercio internacional, leyes que protejan los derechos de los más desfavorecidos, o la promoción de valores humanos, valores no exclusivamente pero sí profundamen­te evangélicos, la defensa de la creación, el respeto por el medio ambiente.

 

Al eliminar prejuicios y permitirnos un mayor y mejor conocimiento mutuo, el diálogo elimina tensiones y posibles con­flictos, es por ello un camino que exige pu­rificación personal, un cultivo permanen­te de nuestras raíces, un contacto fresco y renovado con la Fuente de la Vida que hace posible nuestro ser. Un contacto -en nuestro caso- con el Espíritu de Jesucris­to en la oración. Un compromiso de puri­ficación también de nuestras culturas o vi­siones parciales siempre limitadas, una purificación de todo lo inhumano presente en nosotros, en nuestras culturas (Cf. DA 46). El diálogo es un camino hacia la conversión, de todos a Dios.

 

Jesucristo por y en su encarnación ha asumido toda la variada y rica experien­cia humana, dándole un sentido misterio-so, escondido, real. Siendo el camino, acompaña a todos los que caminan a tien­tas, siendo la vida plena, la ofrece a quie­nes de ella están hambrientos y viven in-satisfechos, siendo la verdad, la muestra a quienes la buscan en el claroscuro de la vida, entre intuiciones y fracasos, entre anhelos y decepciones, a quienes la nece­sitan, la persiguen honradamente o la im­ploran con humilde sinceridad. Y Dios nos encuentra a todos en su Hijo, rostro suyo y búsqueda nuestra, anhelo humano y divino, porque Dios también suspira por encontrarnos, hasta ese día en que «Dios será todo en todos». La gracia de Dios, adquirida por Cristo, actúa en el corazón de todos de un modo que sólo Dios conoce, la salvación en Cristo está abier­ta —como su costado— y ofrecida —como su espíritu— a todos. Podemos entrar y respirar esperanza. n

 

 

«Es preciso destacar la impor­tancia del diálogo en lo que respec­ta al desarrollo integral, la justicia social y la liberación humana. Las Iglesias locales, como testigos de Jesucristo, están llamadas a empe­ñarse en este campo desinteresada e imparcialmente. Tienen que lu-char en favor de los derechos huma­nos, proclamar las exigencias de la justicia y denunciar las injusticias no sólo cuando son víctimas de ellas sus propios miembros, sino también independientemente de la pertenencia religiosa de las vícti­mas. Es imprescindible, además, que todos se asocien para resolver los grandes problemas que la socie­dad y el mundo deben afrontar, así como para promover la educación en favor de la justicia y la paz». (Diálogo y Anuncio 44)

 

 

«No podemos invocar a Dios, Pa­dre de todos, si nos negamos a con­ducirnos fraternalmente con algu­nos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y con los demás hom­bres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritu­ra: "el que no ama, no ha conocido a Dios" (1 Jn 4,8). Así se elimina el fundamento de toda teoría o prácti­ca que introduce discriminación en­tre los hombres y entre los pueblos, en lo que toca a la dignidad humana y a los derechos que de ella dima­nan». (Vaticano II Nostra Aetate 5)

 


Publicado por verdenaranja @ 23:50  | Misiones
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