Jueves, 29 de mayo de 2008

Artículo semanal del Padre Fernando Lorente, o.h., publicado en EL DÍA el miércoles 28 de Mayo de 2008 en la sección CRITERIOS bajo el epígrafe "Luz en el Camino".

Luz en el Camino Fernando Lorente, o.h. *


Estoy enfermo y me siento enfermo


QUIZÁS por esto sean más valoradas las reflexiones que ofrezco desde esta situación a a todos los enfermos y lectores en este espacio semanal Son sencillas, sobre la marcha, durante más de un mes doliente.


La medicina actual reconoce abiertamente que las enfermedades modernas que padecen muchas personas tienen su origen en un nivel más profundo que cualquier trastorno que mina y destruye la salud de tantas personas; que no es sólo un mal funcionamiento bioquímico ni siquiera un psiquismo alterado. El mal es más profundo. Es el mismo ser de esas personas el que está enfermo y necesitado de ser curado. Por eso no es de extrañar que nuestra sociedad esté tomando cada vez mayor conciencia de la importancia de las dietas, de los hábitos de vida y los diferentes métodos de relajación para una vida más sana. Es algo más todavía.


La enfermedad más profunda de todo ser humano es su caducidad, su infidelidad a sí mismo, su limitación y su impotencia para darse a sí mismo, lo que da lugar a considerarse inútil y a sentir miedo en su existencia y más como enfermo. Momento complicadillo. Cuanto antes hay que salir de él.


Por más que nos empeñemos en no sentir nuestro estado de enfermo, la pregunta que hemos de hacernos es ésta: ¿qué es lo que nos puede permitir sentirnos bien desde la raíz misma de nuestro ser en nuestra condición de enfermos?


La respuesta verdadera, muy compartida actualmente por muchos estudiosos del ser humano, apunta en una misma dirección: la verdadera seguridad y curación del ser humano nace de la experiencia de saberse amado de manera total y absoluta. Esta experiencia, en último término, es una experiencia religiosa. Toda persona enferma y no enferma se siente salvada cuando vive la experiencia de que es aceptada y amada de una forma incondicionalmente.


Aquí no se trata de que soy amado porque soy bueno, santo y sin pecado. Es algo mucho más decisivo y asombroso. Soy amado por Dios tal como soy, con mis pecados y mediocridad. Soy amado de Dios aunque no cambie. Esta es una experiencia que nos permite vivir con confianza total a los niveles más profundos de nuestro ser y nuestra conciencia, porque nos ayuda a liberarnos de tantas inquietudes negativas, tanto en la buena salud como en la persistente enfermedad. Aquí, sólo se cotiza el amor, sólo el amor es verdad y sólo el amor (de Dios) es fecundo.


¿Qué más podemos ofrecer cuando estamos enfermos y nos sentimos enfermos? Esto será materia del próximo artículo.


* Capellán de la Clínica S. Juan de Dios.


Publicado por verdenaranja @ 0:31  | Espiritualidad
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