Viernes, 30 de mayo de 2008

Palabras del Santo Padre  Benedicto XVI a los Obispos de Tailandia, recibidos en audiencia para la visita quinquenal Ad Limina Apostolorum el 16 de Mayo de 2008.

 

 

Queridos Hermanos Obispos,

“Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra” (cf. Sal 104,30).  Con estas palabras de la antífona de Pentecostés doy cordialmente la bienvenida a vosotros, los obispos de Theilandia. Doy las gracias al Obispo Phimphisan por sus amables  sentimientos expresados de vuestra parte. Calurosamente correspondo a ellos y os aseguro  mis oraciones por vosotros mismos y por aquellos encomendados a vuestro cuidado pastoral. Vuestra visita ad Limina Apostolorum es una ocasión para fortalecer vuestro compromiso de hacer que Jesús sea cada más visible dentro de la Iglesia y conocido en la sociedad a través del testimonio del amor y de la verdad de su Evangelio.

 

La gran fiesta de Pentecostés que hemos celebrado recientemente nos recuerda que el Espíritu del Señor llena todo el mundo y nos impulsa a llevar a Cristo a todos los pueblos. En vuestro país esta misión de la pequeña comunidad cristiana es asumido dentro del contexto  de relaciones, muy especialmente con los budistas. De hecho, de  buena gana me habéis expresado  vuestro gran respeto por los monasterios budistas y la estima que tenéis por la contribución que ellos hacen a la vida social y cultural del pueblo Thai.

 

La coexistencia de diferentes comunidades religiosas hoy día  se desarrolla contra la situación general de globalización. Recientemente observo que las fuerzas de globalización ven a la humanidad  colocada entre dos polos. Por un lado está la multitud creciente de lazos económicos y culturales que normalmente realzan un sentido de solidaridad global y responsabilidad compartida por el bien de la humanidad. Por otro lado hay signos inquietantes de una fragmentación y de un cierto individualismo en el que el secularismo toma agarre, empujando lo trascendente y el sentido de lo sagrado a los márgenes y eclipsando la verdadera fuente de armonía y unidad dentro del universo. Los aspectos negativos de este fenómeno cultural, que causa  consternación a vosotros mismos  y a otros líderes religiosos en vuestro país, de hecho señala la importancia de la cooperación interreligiosa. Claman por un esfuerzo coordinado en mantener el alma espiritual y moral de  vuestro pueblo. De acuerdo con los Budistas, podéis promover entendimiento mutuo  que se preocupe de la transmisión de tradiciones a las generaciones futuras, de la articulación de valores éticos perceptibles a la razón, de la veneración por la trascendencia, de la oración y de la contemplación. Tales prácticas y disposiciones sirven al bien común de la sociedad y maduran la esencia de cada ser humano.

 

Como pastores de pequeños y dispersos rebaños, recibís el consuelo del envío del Paráclito, que defiende, aconseja y protege (Cf Jn 14, 16). ¡Animad a los fieles a abrazar todo lo que engendra la nueva vida de Pentecostés! El Espíritu de la verdad nos recuerda que el Padre y el Hijo están presentes en el mundo a través de aquellos que aman a Cristo y mantienen su palabra (cf. Jn 14, 22-23), llegando a ser discípulos enviados a dar fruto (cf. Jn 15, 8). El flujo del Espíritu es por eso un don y una tarea; una tarea que a cambio llega a ser ella misma un don epifánico: la presentación de Cristo  y de su amor en el mundo. En Thailandia, ese don se encuentra particularmente a través de las clínicas médicas de la Iglesia y de asuntos sociales así como  a través de sus escuelas, porque es ahí que el noble pueblo Thai  puede llegar a reconocer y conocer el rostro de Cristo.

 

Queridos  hermanos, habéis apuntado correctamente que las escuelas católicas y colegios hacen una contribución notable a la formación intelectual de numerosos jóvenes Thais. Deberían también hacer una contribución destacada a la educación espiritual y moral de la juventud. En verdad, es por estos aspectos cruciales de la formación de la persona que los padres – sea católicos o budistas – vuelven a las escuelas católicas.

 

En este aspecto, deseo pedir a los muchos religiosos y religiosas que diligentemente sirven en instituciones católicas de enseñanza  en vuestras Diócesis. El suyo no debería ser primeramente un papel de administración sino de misión. Como personas consagradas están llamadas a ser “testigos de Cristo, epifanía del amor de Dios en el mundo”, a exigir “el valor del testimonio y la paciencia del diálogo” sirviendo “a la dignidad de la vida humana, a la armonía de creación, y a la existencia pacífica de pueblos” (Personas Consagradas y su Misión en las Escuelas, 1-2). Es de suma importancia, por eso, que el Religioso permanezca cercano a los estudiantes y a sus familiares, muy especialmente a través de su enseñanza en el aula del catecismo para los católicos y para otros interesados, y a través de la formación moral y el cuidado de las necesidades espirituales de todos en la comunidad escolar. Animo a las Congregaciones en su compromiso al apostolado de la educación, confiando que las estructuras de honorarios sean justas y transparentes, y confiando que las escuelas lleguen a ser cada vez más accesibles a los pobres que tantas veces añoran el abrazo de fidelidad de Cristo.

 

Un buen ejemplo de la proclamación de las grandezas de Dios (cf. Act 2, 11) es el servicio asumido en  vuestras comunidades por los catequistas. Han abrazado con gran celo y generosidad la convicción ardiente de San Pablo: “Hay de mí si no predicara el Evangelio” (1Cor 9, 16). Esta tarea no puede, sin embargo, ser dejada a ellos solos. Está el ministerio de vuestros presbíteros “para anunciar la palabra divina a todos” y  para “trabajar en la predicación y la enseñanza” (Rito de la Ordenación, núm. 102). Esta tarea sacerdotal fundamental que, para ser efectiva, requiere una sana formación filosófica y teológica, no puede ser delegada a otros. Además, cuando los catequistas bien preparados trabajan conjuntamente con los párrocos las ramas de la viña llevan mucho fruto (cf. Jn 15, 5). Por ello, vuestros propios informes aluden a las tareas carismáticas que requieren atención, incluyendo la formación de los cónyuges que no son católicos y la solicitud pastoral por las muchas personas y familias católicas que moviéndose de zonas rurales hacia la ciudad corren el riesgo de perder  contacto con la vida parroquial.

 

Finalmente, queridos Hermanos, deseo expresar mi aprecio por los esfuerzos de toda la comunidad católica de Thailandia por defender la dignidad de cada vida humana, especialmente la más vulnerable. De particular preocupación para vosotros es el azote  del tráfico de mujeres y niños, y la prostitución. Indudablemente la pobreza es un factor subyacente a estos fenómenos, y en este aspecto sé que se está consiguiendo mucho a través de los programas de desarrollo de la Iglesia. Pero hay un aspecto adicional que debe ser  reconocido y colectivamente afrontado si esta aborrecible explotación humana debe ser eficazmente enfrentada. Estoy hablando de la trivialización de la sexualidad en los medios de comunicación e industrias del espectáculo que estimulan un declive en los valores morales y conduce a la degradación de las mujeres, a la debilidad de la fidelidad en el matrimonio e incluso al abuso de niños. ¡Con afecto fraternal ofrezco estas reflexiones, deseando afirmaros en vuestros deseos de recibir la llama del Espíritu de modo que podáis con una sola voz proclamar la Buena Nueva de Jesús! A todos vosotros, a vuestros sacerdotes, religiosos, seminaristas y fieles laicos, os imparto con mucho gusto mi Bendición Apostólica.


(Traducción particular no oficial desde el Inglés)

 


Publicado por verdenaranja @ 23:19  | Habla el Papa
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